Una de las obras más notables del Universo –y por qué no de las más enigmáticas– se emplaza en las orillas de dos ciudades fantasmas: Chaco y Corrientes. La Gran Muralla China habrá tenido sus avatares, pero empalidece ante el trabajo, hasta canchero y aburrido, del huraño titán del Nordeste. Sea de él la gloria de tantos escapes clandestinos, de tantos sueños universitarios, de tantos clásicos entre Mandiyú y For Ever, que reñían más en las tribunas que en el pálido juego.

And when the fight is over where will I fall?
What if I'm already dead, how would I know
(…)
And now the night is over there'll be no sound, sound…

(Stop the clocks - Noel Gallagher)

Algún amanecer en un automóvil, bajo una niebla de lluvia, el magíster y amigo Rafa C. nos refirió la historia siguiente: que había una mujer de rasgos y cuna alemana, que había estudiado con Borges y Bioy, y que había logrado contraer nupcias con un portentoso arquitecto de procedencia y linaje desconocidos, pero que tanto más la empequeñecía a ella cuando más se lo acercaba a él. Sea por circunstancias del camino o el caprichoso azar, pronto la historia de la mujer dio paso a la del hombre. El magíster amigo nos reseñó que –entre diversos méritos colosales– la leyenda de este profesional descansaba en la construcción de un puente, casualmente este derruido viaducto del Chaco–Corrientes por el cual ahora andábamos rodando: tan grandiosa es esta obra para el imaginario mesopotámico y sin embargo el tipo –nos aseguró– lo había planificado de punta a punta en una siesta de aburrimiento, base por base, torre por torre, ladrillo por ladrillo.

Imaginamos al arquitecto: una mole profunda emergiendo de repente como un latigazo gris, atravesando como herida dolorosa el lomo escandaloso del Paraná, listo para cumplir con su laburo.

—Es la obra de un Titán —debí decir—, el trabajo de un monstruo formidable e insensato, capaz de levantar en sus amplios hombros una estructura tan compleja y tan enorme como esta –debí agregar, aunque con palabras más pobres y más chuscas–. Solo un Coloso es capaz de cargarse el trabajo de miles.

Mi otro amigo, el profesor de Literatura, aún entre carcajadas, coincidió con mi apreciación.

En ese instante, alcanzamos el punto más alto. A través de las ventanillas castigadas, los tres admiramos la portentosa edificación. Tan contundente y magna se sentía, que –ahora dudamos– resultaba improbable de ser realizada hasta para un hombre solo, aún con esas cualidades de semidiós. Seguramente –razoné en alto– el Gran Arquitecto debió haberlo construido por etapas; sea armando el puente de pie, tobillos y media pantorrilla en el agua, encastrando bloques, vigas y cables de acero, unos contra otros, como en un juego de tetris o de rastis; sea descansando entre columnas, echado sobre sus espaldas, su pecho y algunas costillas altas bañados por el sol, el agua en oleajes buscándole las clavículas; sea poniéndose de rodillas, ajustando bases, pilotes y columnas, sus más leves movimientos devastando a inundaciones las costas aledañas; sea echado pleno frente al sol, haciendo plancha brazos a la nuca o tomando tereré desde la boca del más grande surubí, una canoa de mallonero como termo, un tubo de cañería subfluvial a modo de bombilla; todo a su ritmo cansino de una jornada, que para nosotros podría representar algunos siglos detrás.

Al instante, como en un sueño, asistimos al cuadro de época: fines de los 60, muchos como nosotros subiendo en masa sobre el inacabado puente, avanzando diminutos, apresurados, en fila de autos o a pie, llegando al límite de la construcción y esperando se colocara el próximo bloque para adelantar, para pasarnos de una provincia a la otra. Y ante la poca celeridad del Titán, nos vimos de pronto reaccionando como muchedumbre, profiriendo obscenidades a la madre del constructor aquel. Insultos del calibre del ¡Metele, Hijo de Puta! seguidos de puños agitados al alto aire, señalándolo con dedos graves y burlándonos de su calvicie intuida, pues nada más que sus rodillas podíamos ver. Y arriba de nosotros su barriga como baúl oscurecía el cielo y de ella llovía agua del Paraná, y caían cenizas incendiarias de la chimenea de algún pucho de cigarro, que allá en la estratósfera de su boca apenas se dibujaba como hilito de un avión de chorro.

Pero nosotros nos mofábamos de él, de su trabajo, o lo puteábamos a sabiendas de que en sus alturas nuestras voces serían zumbidos de mosquitos. Y su tos o su canto, o lo que el tipo hablaba tal vez para sí mismo, semejaba una batería de truenos que nos echaba por tierra como a paganos castigados por ese dios ignorante de nuestro desbande, de nuestra religión tambaleante, de la necesidad imperiosa de cruzar de ciudad.

Pero el Titán construía y seguía construyendo, y así posibilitaba que los efímeros pudiésemos hermanarnos y fuésemos a vernos el uno con el otro, y pudiésemos llevar estas historias a nuestros comprovincianos cualquier día, cualquier noche, o una madrugada de lluvia como la de hoy. Pero nosotros más lo insultábamos. Y el Coloso, acaso avivado por un carancho amigo, supo luego de nuestro incorrecto proceder, y se hartó de nosotros y quiso corrernos, pero a cada paso que daba, sus piernas lo avanzaban días y nos dejaban muy detrás, así que volteaba y volvía a alejarse y lo único que conseguía era continuar arrasando ambas provincias a pura calamidad, accidentes que lo obligaban en su nobleza a recomenzar con la construcción no solo del puente, sino de todo el Litoral. Y así, cansado de cosas que no entendía, el Gran Arquitecto apenas sí tuvo el humor y el espacio para ignorarnos, dejarnos este puente enclenque y mandarse a mudar.

Por eso, hoy cruzar el Chaco–Corrientes es una maldición. Pero en los libros sapienciales, o en las noticias de la radio local, se ha escrito o leído que un equipo de excelentes, el mejor en 50 años, vendrá un día a trazar los planos de un puente segundo, el que todos nos merecemos por ser buenos ciudadanos y dejarnos domesticar. Con la tecnología de hoy, y la alineación de municipio, provincia y nación –esas voces nos aseguraron– hoy ya no se necesita de un Titán que nos haga el trabajo, debemos hacerlo nosotros, porque sí se puede, y en seguida escuchamos que el pueblo aplaude y grita un sapukay fuerte, aunque ya no tenga fuerzas ni para comer. Porque el futuro –nos señalaron– finalmente llegó con ellos para salvarnos a todos los provincianos, quienes con lágrimas en los ojos hoy lo piensan, y se estremecen en la maltratada esperanza.

El magíster Rafa C. –no obstante– nos confió lo contrario: nada fue como lo intuimos y el puente se montó sobre el Paraná gracias a una vasta cuadrilla de obreros pobres y peronistas que, mientras trabajaban a destajo, cantaban la marcha que –por un instante inmortal– los convertía en héroes anónimos, aún cuando los vientos de la derecha se encargaban de desbarrancarlos una y otra vez, como cascotes de hormigón; o, peor aún, numerosos accidentes librados por dioses oligarcas los hundían en sus vidas ya hundidas, en caída libre al infierno de cemento o al hosco Paraná.

—Ya ven, muchachos —nos asegura el magíster, mientras inicia el descenso—. Al final, ningún trabajo es tan agradable.

Pero nosotros marchamos contra la corriente y nos hundimos en resistencia. Como aquellos héroes, avanzamos cantando a pecho inflado. Y nos los imaginamos con orgullo mientras la lluvia nos borronea la cara.