Pamela es una niña que tiende a soñar despierta. Sobresale entre sus compañeros de escuela por su gran curiosidad y su voracidad por la lectura. Es bonita e inteligente, y no le es extraño escuchar: “Esta niña va a llegar muy lejos”. Sueña con vivir aventuras y emular a los exploradores, pero por ahora solo es un ratón de biblioteca.
En su continuo revolotear entre paredes que la privan de espacio, pero la protegen, descubre una caja de zapatos con papeles amarillentos. Decide escarbar en viejos recortes escritos en una lengua que no le es familiar, aunque imagina cuál es. Ahí descubre fotos semidestruidas por el moho y la humedad junto a un viejo documento de identidad. Agudizando el oído, a sabiendas de que su madre puede retornar en cualquier instante, siente un repentino impulso por beber agua.
Al continuar su búsqueda, halla una foto de su madre junto a un extraño. Al reverso se lee: Con amor, espero algún día me perdones. Al sospechar una conexión filial, continúa hurgando para descubrir más sobre ese desconocido y se pregunta: ¿por qué desapareció? Decide, sin embargo, confrontar a Ofelia, su madre, quien le promete contarle la verdad algún día. Pamela insiste y resuelve conformarse con el nombre: fue un antiguo novio llamado Marcial. Para descubrir más, tendría que pasar algún tiempo.
Pamela, un ser singular lleno de peculiaridades, tiende a vestir siempre de rojo. Al descubrir el significado de su apellido en chino ("rojo escarlata"), sufre un poderoso efecto en su psique. Cuando en la secundaria la maestra asigna la lectura de La carta escarlata, el adulterio le queda marcado como un estigma. Conmovida por una historia de más de 150 años, en su subconsciente queda grabado no comprometerse nunca con ningún hombre.
Su madre tenía un secreto; lo había escondido como se esconde un esqueleto. Pamela no estaba al corriente de que su apellido era falso, ni de que Ofelia sufría por viejas heridas que a veces volvían para perturbar su estado de ánimo. La relación sentimental de dos almas solitarias llegaba así con ribetes de fracaso: Marcial, un extranjero idealista que se unió a los tupamaros uruguayos para alzarse en armas como única opción para luchar contra las injusticias; y Ofelia, una luchadora que no se aventuró a las luchas sociales, sino a educar a su niña bonita y a sacar adelante una fonda de comidas.
Ofelia había huido de las Filipinas tras ser violada por el militar que ejercía de padrastro. Se embarcó como polizón sobornando al capitán de un viejo barco. Al finalizar una travesía marítima en la que se escondía para evitar a los rudos marineros, llega finalmente al puerto del Callao una mañana de julio, en el invierno del año 1968. Había optado por ir a Suramérica decidida a no cambiar de océano y a aprovechar su dominio del castellano. Espera a la noche para descender con una pequeña maleta de madera y latón, pocas pertenencias y mucho optimismo.
No le gustó el Callao. El desorden permanente, la gente atiborrando los muelles, los estibadores, los marineros de mundo, los bares y las prostitutas le recordaban demasiado a su isla natal. El poco dinero con el que contaba le fue sustraído al padrastro como venganza y lo llevaba cosido en la falda. Se instala en una pensión cerca de la Plaza San Martín y comienza a explorar el centro de Lima. En sus largos recorridos descubre la presencia de un importante número de asiáticos. A la tercera semana ya contaba con un plan: decide jugar el papel de víctima y denunciar la pérdida del pasaporte. Mientras tanto, se esmera en explorar la ciudad y aprender sus múltiples modismos.
Cuando conoció a un escribano que podría jugar una carta ganadora, se dejó seducir. Él, un ser solitario atraído por el físico de Ofelia, fue quien la ayudó a obtener papeles fraudulentos. Ella, con talento para las lenguas, usa distintas jergas para mimetizarse; por su apariencia, la gente la tomaba por una ciudadana china. Cuando obtuvo el documento que la acreditaba como peruana, abandonó al escribano —quien ya le había propuesto matrimonio— y escapó una mañana hacia el Norte Chico.
Llega a la costa de un océano privilegiado donde un antiguo castillo lucía erguido frente al mar. Esta fue una agradable sorpresa; le gustaron el mar prístino, las dunas y el desierto, así que decide permanecer un largo tiempo. Tuvo en la dueña de un restaurante, una abuela sin nietos, una conexión inmediata y comenzó a laborar como ayudante de cocina. Pasó a descubrir similitudes en el uso del arroz y la abundancia de mariscos, y concluyó que los productos de este mar exuberante tenían un mejor sabor que los de su isla natal.
Marcial nació en Montevideo, fruto del amor de dos sicilianos que habían escapado a la ley de la omertà. La mafia dominaba los bajos fondos cuando los fascistas se unieron a alemanes y japoneses en la segunda gran conflagración. Una infidencia lo había condenado a muerte y, tras convencer a su novia de viajar hacia Argentina, subieron a un barco mercante y escaparon del horror de la guerra. Por desconocimiento, bajaron en Montevideo y ese error los convirtió en uruguayos. Creció en una ciudad vibrante, tomando mate y jugando al fútbol, mientras la economía del país surgía junto a la vecina Argentina, que en aquellos días ya era la quinta economía del mundo. Al entrar en la universidad, sus ideas comunistas lo llevaron por la senda de los que creaban anarquía y se involucró con las guerrillas.
Ofelia estaba decidida a encontrar sola la felicidad en un país que no era el suyo, lo cual no era tarea fácil. Seguía intentándolo; merecía mejor suerte y se refugió en la iglesia, similitud hallada en estos pueblos que compartían el hado de los conquistadores ibéricos. Al poco tiempo, su abuela mentora en el arte culinario enfermó de gravedad y, sin familiares que la asistieran, tuvo en Ofelia a una aliada que no esperaba nada a cambio. Al empeorar su condición y perder la dura lucha, la mujer decidió traspasarle el negocio. Así pasó a ser la dueña de la fonda, a la que bautizó con el nombre de Manila.
En esas circunstancias apareció Marcial. De porte altivo y educado, ojos claros y piel blanca, él se esforzó por enamorarla. Ella se dejaba llevar; le gustaba, pero había algo que no la convencía del todo: su mirada, tal vez, o el misterio en el que venía envuelto. Daba respuestas cortas y evasivas a preguntas concretas. Ella no podía negar que soñaba con él, pues le atraía esa mirada intensa que la desnudaba o, tal vez, su desfachatez. Mientras tanto, él llegaba puntual a conquistarla con un verbo florido y a saborear como sibarita esa mano bendecida para crear potajes que combinaban el sabor agridulce filipino.
Marcial llegó a Lima para conseguir aliados para la revolución comunista. Tras esconderse en Chancay y llegar a la fonda donde cocinaba Ofelia, inicia un romance intenso y apasionado, pero de corta duración. Con una atracción magnética, la pareja disfrutaba de sus encuentros sexuales en una minúscula habitación, desvistiéndose en espacios reducidos donde solo cabían un ventilador y la radio en la que se oía música romántica. Lejos estaban de imaginar que el milagro de la concepción se había iniciado.
Marcial llegó con la misión de captar a un brazo armado de guerrilleros limeños y crear un movimiento capaz de llamar la atención mundial. Ofelia, quien aún culpaba a su madre por no haberse interpuesto a las violaciones, pudo finalmente perdonarla y mantener una discreta correspondencia. Mientras cocina en la fonda, los comensales elogian su sazón. Ella no es ambiciosa, sino más bien complaciente y fatalista; en eso se parecía mucho a la gente del otro lado de la cordillera de los Andes. El silbar la relajaba y lo hacía constantemente; pensaba que era una forma de meditar.
Marcial no pudo aceptar la paternidad y huyó. Luego se supo que cayó abatido en una refriega, un hecho que le fue ocultado a Pamela cuando Ofelia le habló acerca de su padre.
Cuando cumplió los dieciséis años, Pamela decidió emprender su propio camino. Muchos pretendientes ya habían sido dejados de lado. Decidió continuar su educación en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos después de graduarse en el colegio con honores. Su madre le dio su bendición y la apoyó económicamente para que pudiera instalarse.
Para saborear su independencia, se puso a trabajar de anfitriona en las competencias de boxeo vistiendo siempre de rojo, sonrojándose al principio por algunos fanáticos excitados. Con piernas largas y una figura exótica, atraía todas las miradas antes de cada asalto. Continuó un interminable desfile de pretendientes, pero uno tras otro fue rechazado. Mientras estudiaba la carrera de Derecho, consiguió trabajo como recepcionista en una agencia de viajes que tramitaba visas a Norteamérica. Ahí conoció al Padrino, quien con regalos exuberantes intentaba conquistarla; ella simplemente se dejó llevar.
El poderoso narcotraficante, que ya exportaba toneladas de cocaína al extranjero, estaba en la mira de la DEA. Como la policía nacional se encontraba en su planilla, las autoridades optaron por hacer explotar una bomba en el laboratorio de cocaína. Pamela Chu fue detenida junto a varios empleados y fue a parar a la cárcel, donde, sin recursos, recurrió de nuevo al apoyo de su madre. Al año fue liberada al no probársele culpabilidad alguna, aunque le fue difícil conseguir otro trabajo.
Al finalizar sus estudios, viajó a los Estados Unidos, donde al poco tiempo empezó a prostituirse. Muy solicitada por galanes adinerados, ganó ingentes cantidades de dinero que invirtió por completo en arriesgadas transacciones en la bolsa de valores. Ahorró cada centavo y, cinco años después, ya era millonaria.
Pamela Chu llegó muy lejos, pero nunca llegó a enamorarse.















