La primera vez que tuve una mochila de mochilera, mi madre ya se estaba muriendo de cáncer. Yo no lo sabía, claro. Nadie lo sabía. Lo del cáncer, sí. Pero la muerte no parecía inminente. El oncólogo nos sonreía cuando íbamos a la consulta. Y eso tenía que significar que todo iba bien. No podía significar otra cosa. Sí, todo iba bien. Porque el oncólogo nos sonreía y una vez hizo un chiste sobre lo triste que sería prescindir del increíble busto de mi madre. Supusimos que eso era buena señal, así que nos reímos. Lo del cáncer era anecdótico. Anécdotas de humor afilado. Anécdotas tristes también. Anécdotas escatológicas sobre los baños de oncología, porque la quimio suelta la barriga. Pero anécdotas, al fin y al cabo.

Me gustaba pensar que la enfermedad de mi madre me haría mejor escritora. Que un día relataría lo del cáncer en un libro de cuentos. O en una novela, ¿por qué no? Mi madre me lo decía: un día tienes que escribir sobre mi vida.

Así que para el viaje a Tailandia, mi amiga María me prestó su mochila de cuarenta litros. Y yo me compré un cuaderno. Escribí en aquel cuaderno únicamente dos frases en un mes de viaje. En el vuelo de ida, garabateé: “Siempre que vuelo, mi vida se disipa mientras asciendo. Igual que Sevilla cuando la cubren las nubes”. En aquel momento no entendí de dónde salió aquella frase. Hoy la miro con ternura. Con rabia, a veces. Porque si aquello de verdad me hubiera estado haciendo mejor escritora, habría captado una metáfora tan obvia.

En el vuelo de vuelta, escribí la segunda frase. “La gente se va a Tailandia a encontrarse a sí misma. Yo perdí a mi madre." Me creí graciosísima por haber escrito aquello. Se la leí a mi madre a la vuelta, cuando estaba ingresada en paliativos y ya apenas podía articular palabra. Dedicó todas sus fuerzas a intentar reírse.

María nunca me pidió que le devolviera su mochila. Hay que ser muy hija de puta para pedirle algo de vuelta a alguien que acaba de perder a su madre. Así que vino a mi casa a darme el pésame y me dijo que podía quedarme la mochila. Cuando se te muere tu madre, tus amigos y familiares te dan muchos premios de consolación. Te regalan libros sobre las fases del duelo. Te invitan al desayuno. Te hacen crema de verduras. Y te permiten quedarte el táper.

Gracias a la muerte de mi madre, pude conservar una mochila de cuarenta litros. Y esas mochilas, no sé si lo saben, suelen ser bastante caras. Unos meses después de aquello, entré en Decathlon y rompí a llorar frente a los artículos de montaña. Un muchacho vestido de celeste, que me estaba atendiendo, puso su mano sobre mi hombro y me ofreció un descuento. No, gracias, respondí entre lágrimas. Tengo una igualita. El dependiente me dejó llorando sola en el pasillo de senderismo. En el libro no aparecía aquella fase del duelo.

Mi mochila de mochilera es verde militar y tiene cinco bolsillos. Durante estos años, la mayoría de las aerolíneas me la han dejado pasar como artículo personal. Claramente no cumple las medidas establecidas. ¿Cómo llamarías, si no milagro, al hecho de que el amable personal de Ryanair no me pida que compruebe las dimensiones de mi mochila en el huequito diminuto de la puerta de embarque? Por ello, siempre les digo a mis compañeros de viaje que mi mochila de mochilera está bendecida y poseída por el espíritu de mi madre.

Usé mucho mi mochila durante los meses después de que mi madre murió. Me fui a Marruecos unas semanas para despejarme. Pero estaban asesinando corderitos por la calle justo cuando llegué. Yo ya sé que los corderitos y mi madre no guardan relación. Pero entiéndanme, yo no estaba de humor para presenciar masacres. Y en aquella época yo era bastante animalista. La fiesta del cordero la llaman. La fiesta de recordarte que tu madre acaba de morir de cáncer. Tremendo festival. Luego se lo conté a mi hermana por teléfono. “Pero a mamá no la degollaron.” Eso fue lo único que supo decir para animarme.

Me fui al desierto y dormimos en unas jaimas. Éramos un grupo variopinto. Una pareja de recién casados que se referían el uno al otro como cosita. Cuatro jubilados que no paraban de preguntar dónde podían conseguir cervezas. Una anciana que portaba su propia caca en una bolsa que conectaba con sus intestinos. Una madre con su hija de siente años que le preguntó al guía en un par de ocasiones que por qué los beduinos eran marrones (el guía era beduino). Y yo. Al principio aquel grupo me hizo sentir superior. Pero la realidad es que al final tuve que decirles a todos que era alérgica a la arena del desierto para justificar que me ponía a llorar cada cinco minutos. La mentira se me fue de las manos. La anciana me cedía el asiento durante las excursiones porque decía que con mi enfermedad no debía caminar tanto.

La verdad es que, después de aquel viaje, quise comprarme una mochila nueva. Pero no podía permitirme volver a hacer el ridículo en el Decathlon del centro. Así que mi abuela cosió algunos desperfectos que había sufrido. La llené de bikinis y pareos y puse rumbo a Panamá. Yo no sabía gran cosa de Panamá. Pero había visto fotos. En las fotos no aparecía ninguna muchacha llorando y eso me convenció. Me quedé allí seis meses. A veces lloraba mientras me bebía un coco, que es el equivalente viajero a llorar en la limo.

En el vuelo de vuelta a España, no había espacio en los compartimentos de arriba para mi mochila. Así que me pasé las diez horas con las rodillas encogidas. Cuando llegué a Sevilla, ya no funcionaba la cremallera de los bolsillos pequeños. Indudablemente, no tenía remedio: mi madre había decidido abandonar la mochila.

La última vez que la usé fue para ir a la playa. Mi hermana, mis tías y yo metimos la urna de cenizas en la mochila y condujimos un par de horas. El problema de Cádiz, no sé si lo conozcan, es el levante. Un viento fuerte y seco que sopla desde el este. Nos dimos cuenta, ya tarde y con la cara gris, de que no habíamos sido las niñas más listas de la clase.

Mi hermana sugirió dejar la mochila en la basura de la playa.

―Amore, deja eso ahí. ¿Qué no ves que es basura? Se me llenaron los ojos de lágrimas.

―¿Junto a las litronas del botellón? Ni pensarlo. Me llevé a casa la mochila. La guardé al fondo de mi armario.