Las penumbras del bar arrimaban un poco de calor en aquellas rondas de invierno: algo peculiar se nos encendía con cada trago en El Mariscal, como miembros de una secta apartada del ser humano. Cada martes o viernes, la esquina de Salta y Pellegrini nos amuchaba en alcohol, nos apretaba con canciones de garganta exigida, nos alentaba a brindarnos con cada vaso olvidado como nosotros, simples sombras de murmullo inabarcable y de risa igualadora: y todos los fantasmas del misticismo revoleaban cada una de nuestras miserias, todas nuestras horas adjudicadas al demonio, cada punto ciego patrullando nuestra hermandad.

Fue una noche de miércoles cuando conocimos a don Hipólito. Se nos apareció de golpe con su bolso exhausto, sus zapatos descosidos y la sed genuina de esos desterrados que no se rinden: un personaje total, el viejo. Lo tentamos con una ginebra y se nos unió sin protestar. Y al tenerlo en nuestra mesa, consideramos una obligación desafiarlo a cualquier historieta, aunque más no fuese una biografía esencial. El hombre vaciló: la tos infaltable, el rodeo de manos, la mirada lineal. Pero cuando selló la vista en el vidrio y persignó su espíritu, no nos quedó ninguna alternativa más que dejarnos enroscar en su ilusión.

—Yo vengo de las zonas altas, allá donde la luz se pierde por espantadiza. Lugares en los que la sola presencia humana causa estupor y recelo. En mis pagos, nadie se acostumbra a nadie. Nunca. Ni siquiera a su propia sombra. ¡Qué se puede esperar de una negada aldea india, de la que se decía era capaz de trabar amistad con el mismo diablo! Un poblado donde la mejor actividad estaba dada por las curiosas misas de los jueves. Porque cuando llegaban los ancianos obispos…

—No nos irá a decir que eran partidarios de misas negras, don.

—Negras. Como una especie de insecto —soltó don Hipólito. A grandes carcajadas. Enseguida, tal vez por nuestras vergonzosas risotadas, mantuvo la postura. Y quién sabe por qué, se pareció demasiado a un sabio profesor. Callamos al unísono, unidos por un tácito esfuerzo de ubicación. El viejo prosiguió:

—Decía, jóvenes, que mi región era un dibujo: troncos gruesos como bosques se encargaban de darnos hogar. Un puñado de viviendas, separado por flacos riachos de agua verde. ¡Pero verde esmeralda, eh! Nadie, fuera de nuestra sangre, podría sobrevivir en esas condiciones. Y hasta nuestra subsistencia estaba limitada por la soledad. Yo no veía otra cara, mas que la cara de mis padres. Y mi mejor amigo era un rojo saltamontes que solía visitar mis paredes.

(¿Y los obispos, don Hipólito? Bah, déjelo estar.)

»Y una vez, llegaron los visitantes. Imagínense el revuelo que ocasionó la irrupción del circo en la ciudad. Un circo belga, si bien no recuerdo. A veces, es tan difícil el no recordar. No sé si me entienden. Era, cómo decirlo, sí, era justo como hoy recordamos a los circos. ¡Un circo! ¡Sí señor! ¿Entienden lo que eso significa?

Ninguno de nosotros sabía si lo sabía. Lo sospechábamos. O tal vez, no. Mejor era dejar que el silencio lo obligara a continuar.

»De pronto así, una luz de vida se apoderó de aquellas tierras. Todavía los veo, patente. Y cómo mis hermanos huyeron, como vaporizados, a esconderse detrás del gallinero. ¡Tanto temor injustificado! Ellos no eran más extraños que nosotros para ellos. Pero eran buenos tipos: comerciantes al palo, pero muy tratables. Yo me animé a estudiarlos un poco cuando me incitaron a enamorar a la chica contorsionista.

— ¿Y ahí cómo anduvimos, don Hipo?

—Nada. Una mina muy retorcida. Pero, sírvanme otro vaso y déjenme continuar.

Ya no nos atrevimos a interrumpir.

»En el día del debut, nos hicimos tan amigos que los panas –sobre todo el domador– me confesaron su intención de quedarse hasta siempre, maravillado por la quietud de muerte. Pero con tal escasez de público, era lógico que su espectáculo tendiera al fracaso. Se anunciaron seis funciones, o capaz nueve. Nadie se acercó, siquiera en huellas, a la carpa apolillada. Para mi gente, esos tipos semitransparentes que hablaban largo no podían venir menos que del espacio. Y su nido servía como cocina donde se amasaban a las víctimas del caso. Hasta los ancianos obispos se mostraban reacios, tan amigos ellos de lo oscuro. ¿Qué les parece eso?

»Y una noche, el circo se fue como había venido. Y yo, joven rebelde, me fui con ellos. Creo que mis tres brazos representaban un número suficiente como para ser tenido en cuenta. Para alentar su morbo: yo era un fenómeno más. Y, ¿les cuento algo? Me sentí mucho más a gusto que en mis tierras. El único que constituyó una pérdida para mí fue Rodolfo, mi rojo saltamontes. No obstante, algún día volveré por él.

» ¿Que cómo perdí el tercer brazo? Me lo comió un león. ¡Palabra! Pero yo ni ahí que me hice mala sangre. Si cualquiera sabe que un brazo sabe cómo regenerarse. Es cuestión de paciencia. Pero el león, ¡pobre bicho! Esa misma tarde comenzó a correr como poseído, envuelto en terribles convulsiones. Anduvo por toda la carpa, vomitando sangre, tendones y uñas con suciedad. ¡Ah! Pero ésa es otra historia.

»Una historia extraña, en verdad.

—Pero, don Hipólito, lo que dice no tiene sentido.

—Tal vez... Pero para un viejo mutante como yo, que ha amanecido bajo los cielos más incontables, la historia de un león que gusta de comer carne de brazo puede ser merecedora de otro trago. Uno más. Como final.

—Vamos, don Hipo. Usted sabe a cuál nos referimos.

— ¿La del circo? Ehmm, muchachos. Ahí me atraparon. Para ser sincero, nunca me fui con ellos. Me dijeron que a lo mejor más adelante, cuando creciera. Además, habrán notado ya que nunca perdí el brazo. A lo sumo me lo olvido en algún que otro rincón. Ustedes saben, mi memoria no es tan fresca como antes. Pero, ¿qué importancia tiene? Afuera llueve vacío y el viento te sabotea el alma. ¿Qué más da un mitómano más entre tantas botellas de alcohol?

Y esa noche poco hospitalaria, don Hipólito se quedó entre nosotros, alentado por el trago fácil y la pitada amistosa, mientras la alta hora de un lunes nos iba justificando con recuerdos de niñez y juventud. Luego, fue el turno de partir. Y allá fue don Hipólito, con su promesa de volver alguna otra madrugada, con su sed adulterada, su bolso exhausto y sus zapatos descosidos.

Pero nosotros ya jamás fuimos los que solíamos ser. Porque si algo nos dejó ese viejo loco, ese algo fue la convicción de que la vida tiene un sentido en las cosas que nos sorprenden, aunque vengan en forma de una voz que, en cualquier lugar, se alzara con alguna historia por decir, por no callar.

Porque siempre se aprende algo, hasta del más fallado.

A don Hipólito nunca más lo volvimos a ver. En El Mariscal, todo sigue más o menos como antes. Mis amigos parecen haberse acostumbrado a su ausencia. Sin embargo, a mí no me cabe la resignación. Y aún sentado a la misma mesa de martes, aún desafinando las mismas canciones de sábado, yo aún lo espero. Sé que en otros inviernos de cualquier día, una noche lo veremos entrar a pasos destartalados, empujado desde las tormentas contra las puertas invictas del bar, sentándose a cambiar un vaso por un relato. El más extraordinario que pudiese impostarnos su imaginación.

Han pasado 7 meses, me han dicho los mozos. Tal vez se haya muerto. Pero yo no les llevo el apunte. Doy por descontado que el viejo va a regresar. Aunque, cuando miro al rincón de nuestra mesa, me preocupo un poco. Su brazo se está poniendo algo morado.