He tomado la nueva costumbre de, cada tanto, salir a tomar un café a lugares concurridos. Me acompañan un libro y también un cuaderno (uno nunca sabe si puede caer una idea digna de ser impregnada en esas hojas en blanco). En los últimos días venía sintiendo una preocupación, una picazón detrás de las orejas; repetía, al borde del reproche, que tenía que buscar un tema para escribir, pero en ese momento surgían algunos comentarios de soslayo y, en uno de esos escapes, alguna frase quedaba anotada en el cuaderno. Quedaba entregado a que cayera alguna idea, que cayera frente a mis pies, locuaz y evidente.

En uno de esos paseos, con el fin de visitar un lugar, ingresé en una cafetería céntrica e iluminada, movido no solo por la curiosidad, sino también por una corazonada y por una chispa que el miocardio sintió como una punzada: acá es, me dije.

El lugar estaba muy concurrido y las mesas que veía más cómodas para mí estaban ocupadas. Hacía calor dentro, y opté por el resguardo de una recóndita esquina, casi sin ventilación, pero alejada de la masa de gente y, además, con una posición privilegiada para contemplar el lugar y el movimiento de los demás. Por suerte tenía mi cuaderno, y al sacarlo ya estaba transpirando. Pedí un café negro, fuerte. Recordé, de pronto, que la atmósfera del bar se hacía pesada; quizás ese café sería difícil de beber. Ese día peregriné bajo el peso de las responsabilidades cotidianas. Entonces vino a mí un personaje de una novela de César Aira. Ahí estaba la inspiración: apareció sin buscarla —igual que Mort Cinder moviendo las manecillas del reloj—, un peregrino que camina por una tierra de calor, humedad, polvo, candor y café.

El santo —mejor llamémoslo un peregrino— también se mueve por la curiosidad y por sus corazonadas. En su camino experimentó el amor, mordió el polvo, estuvo encerrado en calabozos oscuros y descansó debajo de las estrellas durante su largo transitar.

Como nuestro hábil personaje, una vez caído en una falúa helénica, en un mar envolvente, pesado y salino, los tripulantes lo sumieron en la tarea de desatar nudos, como lo hago mientras escribo. Voy desanudando mis recuerdos del libro que, en palabras de Aira, sería: eternizar despreocupadamente esta tranquilidad. A su vez dibujaba —como el santo, la cartografía del horizonte— el plan de este escrito.

Pero el calor del sitio sofoca y, como una tormenta que azota el mar, invadió el lugar. Creo que, por un momento de ensoñación, de volver a estar en esa falúa con nuestro amigo, me invadió la febril necesidad de escribir esos instantes: violentos remolinos, luces que refulgían en un horizonte sin referencias y una tormenta tan densa que parecía que llovía dentro de la lluvia y uno se sentía cada vez más pesado. Los truenos venían envueltos en discursos furibundos y atronadores.

Por suerte, en el bar prendieron el aire acondicionado, disolviendo así el fragor del recuerdo y sumiéndome, como al mismo santo, en la necesidad de poner los pies sobre la tierra, ahora un poco más seguro. Pedí un café más; quizás sirvió como un maná. Pero ello me sumergió en los siguientes movimientos de nuestro monje, envuelto en una cadena de tropiezos que termina con él como esclavo en una bodega oscura, lúgubre y hacinada. Un eco envolvente de gemidos y lamentos, de la catinga de hirvientes cuerpos humanos.

Pedí esta vez un poco de agua gasificada mientras el bar se iba vaciando, disminuyendo así la molicie del lugar. Además, cambiaban un poco los visitantes y podía disponer de más tiempo para seguir escribiendo y relajarme en mi mesa. Un tercer café aguzó y afinó algunos de mis sentidos, como ocurrió con los miembros de una caravana de esclavos en medio del desierto libio que acompañaban a nuestro cristiano amigo. Comprado por un guerrero abisinio, miembro de la más alta estirpe del reino de donde es originario el café, Etiopía, allí sirvió como consejero y amigo del magnánimo dueño del lugar, dándole un orden monástico al caos reinante. Como pasó en el bar, todo pasó de lo febril a lo reposado. Ya no hacía el calor de antes y la música ahora atenuaba el semblante de los trabajadores del negocio, ya más sueltos y sonrientes.

Por decantación continuaba con mi catártica escritura. Por fin avanzaba en algo, como nuestro santo, caminando por un sendero luego de ganarse su libertad y ser enviado como emisario del noble abisinio, sin saber a qué reinos ampararía, pero con el paso firme y la convicción de recorrer un camino que nos llama a la aventura desconocida.

Luego de recorrer zonas inimaginables, entró en unos valles verdosos, bajo montañas grises, de sembradíos en terrazas que recibían lluvias espontáneas, donde pastaban enormes rebaños de cabras. Sabía, por comentarios de otros caminantes, que eran tierras del reino de Poliania. Le sobrevino una pequeña corazonada, quizás similar a la mía: entraba en una ciudad que franqueaba un soñador despierto. Sintió que se internaba desnudo y expuesto, pero sumiso a sus designios, mientras el calor, como en el bar, cedía a una frescura envolvente. Yo me pedí un jugo y el santo un néctar. Hundido aún en mi fuero interno, se me apareció nuevamente una figura esbelta, como la reina Poliania, y casi por tropiezo me encontré con una mirada de ojos negros y firmes, cabello azabache y brillante, una sonrisa tierna y unas pequeñas muecas en las comisuras de los labios: una sonrisa, por momentos, pícara y cómplice.

Nuestro santo, durante su estadía en aquel reino, conoció y se entregó al amor, aquel resplandor etéreo que envuelve el corazón de los hombres, una inyección para el espíritu. Se entregó a un acto puro, aunque fugaz; sintió el poder de la carne, se envolvió en la ternura de un abrazo y el candor de los besos, en el baile abrasador del sexo. Sintió que entraba en un mar agitado en el que solo podía naufragar, pero de a dos.

Ese hacedor de milagros continuó su viaje y tuvo que desprenderse del halo de su pareja, como yo tuve que salir del bar porque ya era muy tarde.

Creo que ambos, al caminar bajo las estrellas, podemos hacer remembranza de nuestro devenir, de nuestro bamboleo sujeto a los aires como una hoja o como un barquito de papel. Es un buen libro ese, de Aira. Yo no hago milagros, pero ¿los conoceré?