Lobo

Me estoy yendo, despidiéndome en la puerta trasera de la casa que da al patio y que, siguiendo el pasillo por el costadito, sale al portón de madera que me lleva a la calle. Este recorrido es habitual cada vez que voy a la casa de Daniel y Mariana, como también es habitual quedarnos charlando los tres en esa zona afuera de la casa, por la puerta trasera. Allí, mientras nos despedimos, es cuando intercambiamos las últimas palabras con Mariana; luego, Daniel me acompaña hasta la salida por el costadito, hasta el portón de madera, que lo abre, y unos pasos afuera de la propiedad intercambiamos —ahora sí— las definitivas últimas palabras, y emprendo viaje caminando hasta mi apartamento en Treinta y Tres y Sarandí.

El número Treinta y Tres, para el fernandino o el uruguayo en general, es histórico. Para mí, un mendocino que jugó en Gimnasia y Esgrima, en el Lobo del Parque, significa otra cosa: es el nombre de la hinchada, Los Gloriosos 33. En blanco y negro, como los colores de su camiseta, la espléndida bandera con el número en el centro es una obra de arte que cruza la tribuna y las caras de todos mis amigos que están allí desde hace años, desde que nacieron, desde la cuna, cantando:

Lobo, mi buen amigo, esta campaña volveremo’ a estar contigo…

O en algún partido del imposible Argentino A o B —que sería la categoría C—, jugando contra un equipo sanjuanino, se cantaba, con esa hermosa y delicada melodía:

Y dale alegría, alegría a mi corazón,
cincuenta gramos, un porro y un Termidor,
matar a un sanjuanino es mi obsesión,
clavarle una puñalada en el corazón,
ya vas a ver…
los tiros que vos tiraste van a volver.

En fin, ese día, Gimnasia y Esgrima de Mendoza —ese mismo día que fui a lo de Daniel y Mariana— ascendía a la primera división del fútbol argentino, marcando un hecho histórico en el club y lágrimas de emoción en todos los que alentamos esos colores.

Paisaje

Cada vez que llego a la casa de Daniel y Mariana, antes de ingresar al comedor y empezar a charlar de arte mientras miramos la colección, le pregunto a Daniel, que me abrió por el portón de madera y, por ende, fuimos por el costadito hasta la puerta trasera, desembocando en el patio:

—¿Cómo están las orquídeas?

Hacemos un pequeño recorrido y me muestra las que están en flor, y me cuenta sobre las que ya no y las que vendrán. Daniel pertenece a la organización de Cultivadores de Orquídeas de Maldonado y da charlas al respecto. También —aprovecho para presentarlo— es parte del equipo editor de la Revista Histórica de Maldonado. Es profesor de filosofía especializado en lógica, ya jubilado. Dio clases y fue director del Colegio de las Hermanas Capuchinas de Maldonado. Lo convocan regularmente para dar charlas en diferentes instituciones culturales y es coleccionista.

Su colección, modesta pero no menos importante, tiene como tema el paisaje de Maldonado. Posee pinturas, grabados e ilustraciones de artistas que pasaron por este lugar y lo pintaron. Paisajes de artistas locales y de todo Uruguay. Nombres históricos como Petrona Viera o Cúneo. Incluso escribió un libro sobre el paisaje de Maldonado en el arte, editado por Torre del Vigía, que me regaló en alguna ocasión.

Yo lo conocí en una charla de un artista que estaba haciendo residencia en SAE (Solanas Art Experience), y desde allí tenemos este hábito de juntarnos a tomar un café en su casa y hablar sobre arte. Ahora está estudiando arte contemporáneo, y está pensando en incorporar a su colección ese tipo de obras.

Su colección es hermosa, muy bien mantenida y con piezas espectaculares. Al mejor estilo, los cuadros están colgados por toda la casa, uno arriba y al costado del otro. Y, por sobre todos los artistas expuestos, hay uno que a mí me fascinó: José Trujillo y sus dos pinturas surrealistas sobre el centro de Maldonado. La paleta, en tonos azules desaturados que llegan al violeta y, no sé cómo, al rosado, y el vacío de la calle con la cúpula de la catedral que asoma, pero que no llena para nada ese vacío que se siente inmenso: el centro de un pueblo, el centro chiquito de una ciudad, que en esos cuadros de formato pequeño se percibe infinito.

Yo vivo a la vuelta de esa escena que pinta Trujillo. El centro de Maldonado, como lo pinta Trujillo, es. No hay mejor postal, porque la postal estándar es quirúrgica: todo está allí, y aunque fiel en imagen, es insuficientemente estética. La percepción se amplía y profundiza en la imagen que pinta Trujillo, porque lo que pierde en detalle ideático favorece a que la síntesis de ese ángulo o vista te ofrezca una mayor experiencia contemplativa que el fiel detalle naturalista de la foto.

En otras palabras: la síntesis del paisaje que logra Trujillo representa mejor la sensación de estar allí, en esa esquina de calle Treinta y Tres y Dodera, que cualquier foto tipo postal o souvenir. Porque Trujillo logra, a través de la síntesis de las arquitecturas, los colores, las perspectivas y las sombras, ubicarte en un día cualquiera en el centro de Maldonado. Y un día cualquiera no es fácil de representar. Es fácil cuando sucede un evento y el paisaje solo funciona como contexto que contiene esa situación.

Esa serie es mi preferida. Conocí a su familia en la muestra en la Fundación Kavlin, y su esposa, Adriana, me regaló el catálogo que editó el Museo Nacional. He quedado en tomar un café con su hijo.

Barack

Me estoy yendo con un ramo de orquídeas Cymbidium para mi esposa, despidiéndome en la puerta trasera de la casa que da al patio y que, siguiendo el pasillo por el costadito, sale al portón de madera que me lleva a la calle. Como es habitual, nos quedamos charlando los tres en esa zona afuera de la casa, por la puerta trasera. Allí, mientras nos despedimos, digo:

—Esperá un momento, falta alguien.

—Sí —me dice tristemente Mariana—, se murió de viejito Barack, su perro ovejero de toda la vida.

Parecía un lobo negro descansando en el bosque de orquídeas multicolores. Le doy un abrazo a Mariana, y Daniel me acompaña hasta la salida por el costadito, hasta el portón de madera. Lo abre, y unos pasos afuera de la propiedad intercambiamos —ahora sí— las definitivas últimas palabras. Me dice:

—Se llamaba Barack porque el día que se unió a la familia salió elegido presidente Barack Obama.

Un abrazo, y emprendo el viaje de vuelta a casa.