La primera vez que Lorena me pidió que la acompañara fue hace un año. En ese entonces le había dicho que no. Me dije que no podía, que no era mi asunto. Y le advertí que esa aventura podría salir mal. Ahora, en cambio, insistió tanto que me oí decir que sí con una mezcla de curiosidad y cansancio, tal vez así se acepten las cosas que no se entienden del todo.
El pedido parecía simple: acompañarla al barrio viejo para buscar una casa que ya no figuraba en ningún plano. “Es ahí”, repetía, señalando un punto impreciso del aire, como si el dedo pudiera fijar lo que el tiempo había vuelto movedizo. Yo le dije que la memoria (la mía, la de todos) era tramposa, que confundía fachadas, que a veces inventaba escalones donde solo había veredas. Ella sonrió con esa confianza que tienen quienes creen que la voluntad ajena puede suplir las grietas propias.
Esa mujer había asistido con increíble puntualidad a cada encuentro del taller de escritura para que la ayudara a terminar su biografía inconclusa. Rozaba la edad que hubiese tenido mi bisabuela si viviera. Era responsable, creativa, amable, querible. Yo sabía que aquella casa y su búsqueda excedían mi rol como coordinadora del espacio de creación literaria, pero intuía que ese proyecto era demasiado importante para Lore y que mi tarea no estaría finalizada hasta que ella no pudiese redactar ese último párrafo.
Así que salimos temprano y caminamos sin apuro. Ella hablaba poco; yo, menos. El barrio se iba afinando cuadra a cuadra: las casas bajas, los portones con cicatrices de óxido, los árboles quietos, sin flores ni pájaros. Me pregunté qué buscábamos en verdad. Las casas, cuando se buscan, rara vez son únicamente casas.
Lorena llevaba una carpeta de cartón ajado bajo el brazo. La sostenía con cuidado, como si dentro hubiera algo frágil, aunque sospechaba que eran papeles comunes: escrituras viejas, recibos, una foto doblada en cuatro.
—Es por acá —dijo al llegar a una esquina—. O era.
La frase quedó suspendida. “O era” tiene esa capacidad de vaciar lo que viene antes. Miré alrededor: un almacén convertido en casa, una persiana pintada de un verde indeciso, una pared donde alguien había escrito un nombre propio con letras grandes, casi suplicantes. Sentí el impulso de decirle que nos volviéramos, que el barrio no iba a devolver lo que ella esperaba. No lo hice.
Avanzamos. A cada paso iba armando un relato para no sentirme tan inútil: que la casa estaría un poquito más allá, que el número había cambiado, que el plano municipal mentía. Me aferré a esas hipótesis con la fe de los improvisados. Ella se detuvo frente a una puerta blanca, recién pintada.
—Acá —dijo.
No hallamos las marcas ni la enredadera que ella había detallado en nuestras conversaciones de los martes. Ni el escalón torcido. Toqué la pared: la noté fría, lisa, ajena. Ella abrió la carpeta. Sacó la foto. Aparecía una casa con ciertos rasgos similares: la misma línea del techo, las mismas sombras en la medianera. Y detrás de la casa, dos personas borrosas. Ella señaló una.
—Es mi hermana.
La palabra hermana tiene un peso particular cuando se dice en voz baja. Me acerqué más a la imagen. Pensé en aquellos hermanos mayores o menores que han quedado fijados en fotos que nadie mira durante años. Pensé en la obstinación de los objetos por quedarse.
—Quizá no sea —empecé.
Ella negó con la cabeza. Cerró la carpeta. Tocó el timbre. Nadie respondió. Tocó otra vez, con una paciencia que parecía ensayada. Se oyó un ruido leve, un movimiento. Una mujer abrió apenas, lo justo para vernos. Nos miró sin curiosidad.
—Buscamos la casa de antes —dijo ella—. La que estaba acá.
La mujer nos miró como se mira una pregunta mal formulada.
—Siempre fue la misma casa—murmuró—. Desde que yo recuerdo.
Hubo un silencio breve. Agradecimos. Nos apartamos. Ella no lloró. Se adelantó unos pasos y se sentó en el cordón. Yo me quedé de pie, incómoda, como si el error fuera mío.
—Dije que por ahí no salía bien —susurré, repitiendo una frase que ya no servía. Y agregué: Me alegra que lo hayas intentado. Después le acaricié el mechón blanco de cabello que le cubría la frente.
—No importa —contestó—. A veces, hay que venir igual.
Me senté a su lado. El barrio seguía ahí, entero, indiferente. Ella abrió la carpeta por última vez. Sacó un papel que yo no había visto: una carta sin sobre, escrita con tinta desvaída. No la leyó. La dobló con cuidado y la guardó en el bolsillo del saco.
—¿Sabés? —dijo—. Encontrarla no era mi meta. Quería caminar hasta acá con alguien que supiera que podía fallar y, aun así, celebrara mi intento.
La frase me sorprendió. Pensé en la insistencia, en mi advertencia inicial, en la aceptación tardía. Pensé en el modo en que algunas personas precisan testigos para el error.
Nos levantamos. Volvimos por otra calle. El barrio parecía distinto, como si hubiera cumplido su parte. Al despedirnos, ella me abrazó con una fuerza inesperada. No dijo gracias. Yo tampoco. Había hecho lo único que podía: estar. Caminé hacia mi casa con una liviandad extraña, como si hubiera dejado algo que no sabía que cargaba.
Esa noche de enero soñé con aquella casa equivocada y las manos delgadísimas de Lore abriendo la puerta.
Al despertar, tenía su autobiografía completa en mi casilla de mails.
—Espero que puedas revisarla pronto —me desafió con ternura. ¡Me encantaría publicarla antes de fin de año!















