Nunca pensé que el silencio bajo los cerezos en flor durante el sakura de 2022 quedaría grabado en mi memoria. Ocurrió cuando viví uno de los momentos más hermosos de mi vida: en plena floración, el mankai me encontraba en Hiroshima. Era el 3 de abril de 2022. Me encontraba en el Parque de la Paz, junto al monumento a Sadako.
Las flores dejaban caer sus pétalos sin marchitarse. Se desprendían cuando soplaba el viento, como si obedecieran a un ritmo secreto. Nunca mueren marchitas: simplemente vuelan. Es lo que llaman sakura fubuki, literalmente «tormenta de pétalos».
Pero llega un día en que esa lluvia cesa. Las flores se van, el tiempo se las lleva y el árbol queda sin ellas. El hanami, la contemplación, toca a su fin.
Amigos japoneses me contaron que todo esto es una metáfora de la fragilidad de la vida: lo hermoso es pasajero y refleja nuestra propia existencia. Primero llegan los brotes, el kaika; luego la plenitud, el mankai; y al final, esa lluvia que empapa el alma y que, de algún modo, es nuestra despedida.
Al caer, todos los pétalos lo hacen por igual, sin importar dónde estuvieran en el árbol. Cesa la floración, se apaga el ciclo, pero el cerezo sigue vivo y se renueva para otro año.
He oído también otras interpretaciones: que los pétalos son gotas de sangre de jóvenes samuráis que defendieron a la patria, sagrada e injustamente atacada. Como todas las patrias dicen lo mismo, este cronista prefiere quedarse con la lectura del ciclo de la vida.
A primeras horas de la tarde sopló una brisa muy tenue que apenas refrescó mi rostro, pero comenzaron a caer pétalos. Como si obedeciéramos a una consigna silenciosa, todos los que estábamos sentados nos pusimos en pie y levantamos los brazos al cielo mientras las flores nos inundaban y caían entre nosotros. Muchas personas incluso giraban lentamente con los brazos extendidos.
Nadie nos ordenó nada. Fue algo espontáneo, surgido de nuestro interior, como si participáramos del ciclo vital de los árboles.
Estábamos bajo los cerezos en plenitud y belleza, donde hubo tanta muerte y tanta tristeza hace apenas una vida.
Levantábamos los brazos y girábamos, girábamos como gira la Tierra, como gira la vida. En el mismo lugar donde, al año siguiente de la bomba atómica, cuando aún se recogían cuerpos calcinados, brotó la hierba.
Con los últimos rayos del sol ocultándose tras las colinas que rodean el monte Misen, emprendí el regreso.
Aquella noche volvió a mi memoria el último poema que le escribí a la niña hibakusha en el tren Nozomi, de regreso a Tokio. Me alejaba de ella y todo en mí era una brújula sin norte.
Pronto tendré que irme.
Decirte adiós no me gusta.
Suena a no dejar nada aquí:
ni palabras, ni versos errados
junto a las hortensias azules
y el río Ōta.
Pero este lugar volverá como el aire
que entra en mi ser sin pedir permiso,
o como el polen
que flota, como si nada,
pero fecunda.
No hablarás, eso ya lo entiendo,
pero explicas la vida.
Llenas las viviendas,
a sus ocupantes y a sus familiares
que las habitan, indiferentes.(Hiroshima Peace Memorial Park Calle Sin Olvido. Abril, 2022)
Al llegar a Barcelona me venció una nostalgia que no sabía dónde colocar. Caminé hasta el puerto, como si desde allí pudiera alcanzarse lo que ya se había ido. No quería que mi última tarde en el Parque de la Paz se convirtiera en una despedida de un tiempo que ya se aleja.
Aquel sakura de 2022, tan fiel y tan exacto, pertenece a un Japón que empieza a desdibujarse en mi memoria y en el tiempo.
A veces pienso que aquel día en Hiroshima fue también una despedida de un momento que no volverá. Fue justo esa sensación la que me volvió a la mente cuando, hace poco, hablé con mi amigo Antonio.
Antonio vive en el barrio de Tachikawa, en Tokio; es muy español y tan japonés a la vez. Al preguntarle por el sakura de este año, me recuerda que, desde 1953, la floración se adelanta 1,2 días por década. Un número pequeño, pero suficiente para desordenar un ritual que parecía eterno.
Le digo que tal vez sea el cambio climático. Él asiente, pero añade que también influye el crecimiento desmesurado de las ciudades: el asfalto, los edificios, la actividad humana que acelera la floración en las zonas urbanas. Hace menos frío; llueve cuando no toca. Y esa belleza adelantada, tan fuera de compás, parece decirnos que el mundo cambia más deprisa de lo que podemos asumir.
Además —me recuerda— hay grupos influyentes que lo niegan por motivos económicos, al tener que someterse a normas restrictivas. También, quizá, porque sus efectos se ven a largo plazo y eso minimiza el peligro.
Entonces escribo un poema sin motivo, sin rima, sin ritmo, sin ton ni son. Sin orden ni concierto. Y, claro, surge un bodrio.
Miro el crepúsculo, triste, como casi todos los crepúsculos en días así, y siento otras primaveras cercanas. Las que Antonio, cordobés, añora en la distancia. Pero tampoco ya son las primaveras que él recuerda: aquellos días en que abrías la ventana y olía a azahar, a procesiones y a reencuentros; a tierra nueva. Hace tiempo que dejó de ser una estación intermedia. Ya no es un puente: el frío se alarga y, de pronto, llega un calor veraniego. La primavera ahora es una estación que se contradice, que parpadea, como si dudara de sí misma. Aun así, el tiempo conserva sus colores. Llega marzo y florecen en mi balcón narcisos, tulipanes y jacintos.
Los planté con los primeros fríos del otoño pasado.
Y pienso entonces que, igual que aquel aire de Hiroshima entró en mí sin pedir permiso, también estos días inciertos acabarán fecundando algo. No sé qué será, pero sé que, como el polen que flota sin hacerse notar, la vida insiste.
No recuerdo cuántos días pasaron; serían los últimos de abril, cuando llegó un mensaje que me llevó de nuevo a una frase que escuché tiempo atrás, tras la muerte repentina de una conocida. Su hija me dijo entonces: «Felipe, la única condición para morirte es que estés vivo».
Pensé en ello al leer las palabras de Fernando Carlos Hiriart, periodista argentino afincado en Tokio desde hace décadas: «Ha fallecido nuestro amigo Antonio Duque, una buena persona y un excelente poeta». Había hablado con él pocos días antes sobre el sakura. Me explicó cómo la naturaleza va modificando la llegada de ese viento que florece y cómo, aun así, siempre llega a su hora, puntual.
Un día despiertas y nacen paisajes en tus ojos. Un rostro de madre. Una luz que se marcha cada tarde y vuelve. Un corazón que no cabe con el primer beso. Y hambre de verbo cuando intentas decir amor. Antonio se ha ido, quizá sin llegar a entender del todo. Ya no habrá dudas, ni dolor, ni asombro. Su conciencia se ha ido, y con ella la certeza de su amada de Oriente, sus hijos que lo miran desde allí. Córdoba se queda esperándolo.
Sin colores, sin fiestas, ni siquiera las cruces de mayo que se acercan.
Ahora llegan crisantemos blancos, flores de loto. Llegan lágrimas, Antonio
Y el sakura sigue, para recordarnos que lo que se va no desaparece del todo, que algo de su viento fecunda lo que viene. También ahora.















