Estaba cómoda y calentita. Suspendida en un silencio tibio. Aunque había crecido bastante en el último tiempo, mi cabeza estaba boca abajo, y yo toda contorsionada. Sentía el corazón de mi mamá latir como nunca. Galopaba, no paraba. Me preocupé por ella y me asusté bastante. ¿Qué estaba pasando afuera? Parece que llovía, sentía que algo me empujaba. No estaba lista aún. Ni ella tampoco. Podía percibir todas sus dudas y miedos. Yo tenía los mismos. Ella no sabía cómo ser mamá y yo no tenía idea de cómo iba a ser su hija. Decían que iba a ser linda, fuerte, grande, poderosa, hermosa, valiente, única, perfecta. No quería salir. Estaba demasiado cómoda y no estaba para nada segura de poder cumplir al menos con una de las características que me asignaban.

El trabajo de parto llevaba tres días. Las contracciones eran cada minuto, fuertes. La bebé estaba posicionada, mientras todo parecía estar más listo, más lejos se sentía. La madre ya estaba cansada, sentía que no tenía fuerzas y dudaba tenerlas cuando fuera el momento necesario. La partera había decidido doce horas antes romper la bolsa para inducir el parto, pero nada pasaba. Nada.

Empecé a escuchar su voz y la música del piano. Alguien me decía con mucha ternura que todos me estaban esperando afuera, con amor y alegría. Que lo que estaba a punto de conocer iba a ser maravilloso. Que la vida estaba cargada de experiencias, vivencias, sensaciones, emociones e historias, aunque a veces se sintiera como una montaña rusa. Que tenía que ser valiente y dar el paso. Sentí sus manos, su energía. No sé qué hizo, pero me bañó de colores y me sentí lista. Una luz blanca me encandilaba, cerré los ojos, muy apretados, y me dejé guiar por la energía. Sentía que nadaba en el aire, flotando. Mi mamá pujó una vez más. La escuché gritar. Sentí el contacto con el aire, el frío, abrí los ojos, y lloré. Lloré muy fuerte, lloré todos mis miedos. Un llanto poderoso y liberador. Me cortaron la conexión con mamá y me sentí perdida hasta que me envolvió con sus brazos, y la vi. Reconocí su piel y su olor, su aroma al perfume de jazmines, sonreí y me quedé en calma. Inhalé. El primer día de mi vida.

Estaba liviana y en calma. Suspendida en un silencio frío. Uno de los aparatos que tenía a la izquierda había estado haciendo un sonido insoportable por horas. Trataba de entender dónde estaba. Trataba de entender qué había pasado. Todos lloraban y se lamentaban alrededor. Yo tenía los ojos abiertos, pero estaba perdida. No veía nada. Mi respiración estaba tranquila, calmada, larga. ¿Quién era? ¿Quiénes eran las personas que estaban alrededor? Esas voces me sonaban familiares, pero no podía ponerles nombres. Hacía días que parecía estar en la misma posición. Estaba cansada. Sentía que estaba lista.

Llevaba tres días en estado de coma. La enfermedad había avanzado tanto que hasta los órganos ya se estaban olvidando de ellos mismos. El Alzheimer se había apoderado de ella cinco años atrás. Había olvidado todo, sus recuerdos más preciados ya no estaban. Ni nombres, ni caras, ni lugares. Ni experiencias, ni vivencias, ni sensaciones, ni emociones, ni historias. Nada. Su cerebro también estaba olvidando, poco a poco, sus funciones vitales. En ese cuarto, la gente que estaba sabía que no había vuelta atrás. Pero nadie se lo decía. Ella tenía los ojos abiertos, extraviados y confusos, como cada vez que la cara de su hija le sonaba familiar, pero la sentía como una completa extraña.

Sentí su voz, que a lo lejos estaba más cerca que nunca. Supe que era ella, no recordaba su nombre, pero sí su cara. Me acordaba de cuál era mi nombre y de que me gustaba jugar a las cartas, pero no podía recordar nada más. La vida debió de haber sido muy generosa conmigo, porque estaba rodeada de amor. Sentí el piano, y su energía. Estaba lista, pero tenía miedo. ¿A dónde iría? Me contó que había tenido una vida hermosa, que había vivido experiencias únicas, que la gente me amaba y respetaba, que había sido la mejor abuela del mundo, y que por siempre iba a ser recordada. Me contó que había sido la protagonista de una hermosa historia de amor, que siempre ganaba jugando a las cartas y que me encantaba rezar el rosario antes de la misa. Me sentí profundamente agradecida. Mientras me hablaba, algunos recuerdos vinieron a mi memoria. Una lágrima corrió por mi mejilla. Me dijo que mamá me estaba esperando. Su voz y su energía me bañaron de colores. Sentía que nadaba en el aire, flotando. Sonreí. Cerré los ojos. Respiré profundo y sentí el olor a jazmines. Una luz blanca me encandilaba, la seguí. Exhalé. El último día de mi vida.