Según la Real Academia de la Lengua, un dilema es una situación en la que es necesario elegir entre dos opciones igualmente buenas o malas.
El sol ya había despuntado horas antes y la mañana estaba a punto de convertirse en tarde. El eterno desayuno de los martes se terminó un poco antes de lo acostumbrado. Era una buena costumbre la de reunirse una vez a la semana a convivir, a compartir y también —había que reconocerlo— a chismear. En realidad, la intención era hacer comunidad, enterarnos de la vida de nuestras vecinas y compartir momentos de buena plática.
También era una forma muy civilizada de evitar que la única conversación que entabláramos con gente real fuera con los repartidores de comida rápida, con el cajero del supermercado o con el empacador. Con el tiempo, los desayunos de los martes fueron un buen pretexto para forjar una amistad. Nos reuníamos en el café de la esquina, que a todas nos quedaba bien.
Preferimos eso a aceptar la idea de Nena de que fuera algo itinerante e ir de casa en casa. Ella fue la primera en ofrecerse como anfitriona y fue la última vez. Debut y despedida; todo lo que tenía que salir mal, salió peor. El café se quemó, los huevos revueltos estaban muy grasosos y lo peor fue ver a Antonio entrar al comedor gritándole a Nena, como si nosotras fuéramos personajes invisibles. Mejor el café de la esquina y cada uno con sus gustos.
Antonio era el novio de Nena, aunque referirse a esas relaciones de adultos nada jóvenes como noviazgo sea ridículo. Ambos se encontraron en alguna de esas plataformas para conocer gente y, según eso, como los dos estaban solos porque sus hijos ya habían volado del nido, fue fácil emparejarse. Nada es perfecto. Antonio era un hombre burdo, de apenas un metro sesenta de estatura, nariz ancha y torcida hacia abajo, manos diminutas y una boca que parecía estar dispuesta a aspirar la mar y todos sus pececitos. Nena era imperial: tenía modales pulidos, nariz respingona y pesaba más de cien kilos. Era más o menos de la estatura de su novio.
Nena se llenaba la boca presumiendo las maravillas de Antonio: lo gentil que era, lo brillante y sus innumerables monerías. Y, aunque ninguna de las vecinas lo decía en voz alta, todas nos dábamos cuenta. Solo Adamira, su cuñada, se atrevía a decir que ella era una tonta y él, un arribista.
Aquella mañana, Eva salió del café y se dirigió al mercado. Necesitaba comprar algo de fruta para llevar a casa. Por fortuna, Nena se acomidió a pagarle el desayuno. Eso le dejó lo suficiente para comprar lo que le faltaba e irse al salón de belleza a que le hicieran manicure. A Nena le gustaba tener esos gestos de generosidad cuando todas las demás se daban cuenta. A Eva no le hacía tanta gracia que todas se enteraran, pero hacía concha. Al fin y al cabo, ella no se lo pedía; se lo ofrecían. Eva se dejaba querer.
Estaba indecisa entre llevarse un kilo de peras o uno de manzanas cuando lo vio. Era Antonio; cruzó frente a ella. Iba de la mano de una muchachita muy joven, unos treinta años más chica que él. Podría ser su nieta. La soltó de la mano y le dio una pequeña palmada en el trasero. Eva no daba crédito. Pagó lo más rápido que pudo y se fue detrás de ellos. Estaban sentados en la zona de alimentos, esperando a que les sirvieran. Ambos se veían concentrados en mirarse a los ojos y en acariciarse las piernas por debajo de la mesa. «¿Y ahora qué hago?», se preguntó Eva, muy consciente de que el chisme se agradece y al chismoso se le aborrece.
Eva entró al salón de belleza. Pidió que le hicieran las manos. La manicurista se extrañó de verla con los ojos de plato y tan callada. Si me callo, me hago cómplice. Le debo lealtad a Nena. Si le digo, no sé cómo va a reaccionar. Dejó su bolsita del mercado en el suelo y siguió escuchando grillos en la cabeza. ¿Y si le digo a Antonio que ya lo sé y le doy la oportunidad para que se sincere con Nena? El silencio le pareció una traición. Buscar palabras cariñosas, hacerle saber a su amiga lo difícil que era compartir esta información y soltarle lo que había visto, tampoco le resultaba una alternativa.
Dialogaba con ella misma: Sí, díselo. No, no le digas. ¿Qué sentirías si estuvieras en sus zapatos? Eva buscaba la manera de hacerlo; pensaba en palabras cariñosas, en el tono, en empezar con mucho tacto, sin juicios. No, mejor no. Mejor no te metas. Se puede crear un chisme horrible y hacer que Nena se ponga a la defensiva o se enoje. No va a dudar de Antonio. Tal vez se trate de un error. Nah, yo sé lo que vi.
Aquella mañana en el café, Nena agarró la guitarrita y no la soltó. No dejaba hablar a nadie y se la pasó contando que su Antonio —ahora le anteponía un posesivo— era la divina envuelta en huevo, que era la quinta maravilla, y presumía de las atenciones que le tenía. Ninguna la interrumpió, aunque todas sabían que era mentira. Las amigas sentían una mezcla de fastidio y ternura. Otra vez, Nena pagó la cuenta de Eva y le preguntó si quería que la llevara en su carro a la casa. Eva prefirió caminar.
Otra vez, vio a Antonio con la muchachita. Ahora iban abrazados. Sintió deseos de pararse frente a ellos. Los siguió a una prudente distancia. Les tomó una foto. Entraron al motelucho de la esquina. ¡Ni siquiera se la lleva lejos! Es un cínico. Parece que quiere que lo agarren con las manos en la masa, pensó Eva. Volvió el dilema: ¿le digo o no le digo?
La muchachita era tan jovencita, nalgoncita, pechugona... De que era sexy, era sexy. ¿Qué haría con un cebollón como Antonio? Estaba claro qué era lo que hacían; lo que no le quedaba claro a Eva era la razón que una jovencita tendría para enredarse con un viejillo perejiliento y pobre. A Eva le dio rabia que se aprovecharan de la generosidad de Nena. De que le digo, le digo.
Era la quinta vez que Eva buscaba a Nena para decirle, y no se había atrevido. Se lo dijo. La reacción no fue la que esperaba: no hubo ni llantos ni desesperación, no hubo gritos ni sombrerazos. Nena sonrió y le apretó la mano a su amiga. Le agradeció sus palabras y la dejó colgada con la cuenta del café.
Nena no volvió a pagarle la cuenta a Eva. Nena siguió de novia. Nena empezó a tener gestos de generosidad con otra de las asistentes al café. Antonio siguió siendo una maravilla a los ojos de Nena. La muchachita ya no se vio ni por el mercado ni por el hotel. Antonio andaba con el rostro avinagrado. Nena andaba sonriente, pero con los ojos llorosos. Adamira opinaba que Nena era una tonta y Antonio, un arribista. A Eva le quedó un regusto amargo y ahora no sabía si seguir yendo o no al café. Ya no tenía quién le pagara la cuenta.















