Si alguien pregunta: “¿Confías en mí?”, mala tarde. Eso significa que quien cuestiona detectó una chispa de desconfianza y, la verdad sea dicha, por algo se encienden las alertas. Deberíamos hacer más caso a nuestros instintos que a ChatGPT o a GeminiAI.

Era el fin de la primavera, de una primavera pegajosa de esas que, como cada año decimos, hizo más calor que el anterior. Había estado solo por quince días porque mi esposa había viajado a París por cuestiones de trabajo, así que me encontraba en total libertad para caminar por las calles de la Ciudad de México, visitar museos, sentarme en alguno de sus numerosos parques, tomar café en alguna terraza. En fin, gozar de mi libertad.

¿Qué hice? Sentarme a ver series sin parar hasta quererme sacar los ojos de aburrimiento. Me olvidé de la rasuradora por algunos días y debo confesar que tampoco entré a la regadera por algunos cuantos días. Así que, al regreso de París de mi esposa, ella estaría llena de historias maravillosas, me contaría sus aventuras en territorio francés, de los restaurantes deliciosos en los que se sentó a comer y las espléndidas vistas que contempló y yo ni siquiera podría narrarle que fui a disfrutar una mañana primaveral con nubes blancas flotando como crespones en el cielo ni mis aventuras por las calles de San Ángel porque no me atreví a salir de casa. En fin, tendría que darle cuenta de mis cuitas interiores en tono sentimental. Mejor no. Pero ¿quién diría que le tendría preparada una historia que preferiría no haberle tenido que contar?

Cada espera marca una ilusión en forma espesa. Quería que regresara a platicarme cómo le había ido y que sus andanzas parisinas volvieran a llenar de flores y frutos esta casa que sin ella se apaga. Aunque cada espera marca también un miedo: que el espacio no vuelva a llenarse con su perfume, con sus risas, con sus reclamos y sus malos humores. Porque, aunque parezca increíble, hacen falta. Por lo que, para no estarme lamiendo heridas autoinfligidas, decidí salir al jardín a hablar un rato con la higuera. Saqué una chamarra polvosa que he guardado en el clóset por años, esa que no he usado por la simple razón de que a ella no le gusta, aunque a mí sí.

Ese fue mi acto de rebeldía. Como es de esperarse, me salió mal. ¿Quién se pone una chamarra de piel con estoperoles en pleno mes de abril? Lo hice porque sí, sin pensar en que no me cierra porque ha pasado el tiempo y se han quedado los kilos acumulados en el diámetro del abdomen. Luché para entrar en la chamarra y debo admitir que el tufo a encierro se parecía mucho al de los orines de todos los gatos que hemos tenido a lo largo del matrimonio.

Sería mejor que me despidiera de ella, de la chamarra, claro está. Le conté a la higuera que en esta ciudad de más de diez millones de habitantes me siento raro. Solo. Aislado. Un pájaro carpintero decidió ignorar mi presencia y con gran arrojo empezó a picar el único higo que había protegido con tanto afán para dárselo a ella cuando llegara. Corrí a buscar la resortera que Erick, el odioso hijo de la amiga de mi esposa, dejó olvidada en su última visita a la casa y que jamás regresó por ella. No le atiné. El carpintero voló antes de que la piedra llegara a su destino y el higo estalló en mil pedazos.

Azoté la resortera contra el suelo. Me quité con mil trabajos la estúpida chamarra que, por lo apretada, me quitó puntería. La odié —la iba a odiar más—. La odié con toda la pasión con la que la había amado. Salté sobre ella, que había quedado en la tierra del jardín, y me metí a la casa, dando azotones de puerta. Entré a la cocina y me preparé un café. De inmediato, sentí remordimiento y fui a recoger mi pobre chamarra. Ya no estaba donde la dejé. Se empezaron a tejer hipótesis en mi cabeza. Era claro que la chamarra no le salió patas ni salió corriendo. Llegué a sospechar que jamás la saqué del clóset ni la maltraté. ¿Me guardará rencor por haberla pisoteado? Lo que tampoco encontré fue la resortera.

Arrastré los pies y me senté un buen rato en las sillas del jardín a pensar en las posibilidades de la chamarra y la resortera. Me ganó el aburrimiento y entré en un sueño tan profundo que ni cuenta me di de a qué hora se oscureció. Mientras abría y cerraba los ojos para despertar y salir de la ensoñación, escuché lo que creí que era el picoteo del pájaro carpintero. Me levanté como si dos resortes se hubieran accionado para ponerme de pie. El pájaro no estaba y el sonido seguía. El sonido venía de más allá de mi jardín; llegaba desde la casa del vecino.

Aparte, las hojas de los helechos y del trueno que hacen la barda perimetral entre las propiedades. Vi a una chica que lanzaba piedritas con la resortera a la ventana de en medio del segundo piso. La hija de en medio salió por el balcón. Me hice bolita para que no me descubrieran espiando. Baja, le pedía. Baja y vámonos. Es que no me dieron permiso. No importa.

“Baja, antes de que se nos haga tarde. ¿Qué, no me tienes confianza?”

Afoqué bien la vista y casi me voy de espaldas: la chica de los resorterazos traía puesta mi chamarra. Y, efectivamente, era la resortera de Erick. Me apoyé en el tronco de la higuera para asomarme mejor y verificar lo que mis ojos ya me informaban. Sí. Eran mis cosas; bueno, la resortera es de Erick. La hija de mi vecina salió por la puerta trasera y con gran sigilo se aproximó a la chica que traía puesta mi chamarra. No había duda de que era la mía. Quise reclamar que me la devolvieran —ojalá lo hubiera hecho—, pero me dio pena que descubrieran que las estaba espiando.

Confía en mí, le decía la ladrona, porque de que me había robado, me había robado. Así que no exagero al denominarla de esa forma. La lámpara que ilumina la casa de al lado detectó movimiento y se encendió. Ya no había espacio para la imprecisión: esa era mi chamarra. La hija de mi vecina dudaba, pero para salir de casa estaba preparada. Iba con una minifalda de mezclilla, una blusita roja de tirantitos bordada con brillitos y los labios pintados de rosa fosforescente.

La ladrona era una chica con melena negra alborotada y tenía un septril en la punta de la nariz y salía por debajo del cartílago nasal. Le debió haber dolido cuando la perforaron. Eran dos conos puntiagudos idénticos a los estoperoles de mi chamarra. Llevaba las uñas negras tan largas que parecían las garras de un puma. Sacó una bolsita de plástico con polvos blancos. Ven, te va a gustar.

“¿Qué, no me tienes confianza? Si no me tienes confianza, me voy.”

El cuerpo de la hija de mi vecina tembló como las hojas de mi higuera cuando llueve. No te vayas, le dijo con un susurro que casi no alcancé a escuchar.

“Bueno, me quedo, pero sólo si me tienes confianza.”

“Sí, sí, quédate. Ahorita nos vamos.”

“¿Qué, no quieres ir? Sí, sí quiero. Quiero ir.”

“Bueno, pues, vamos.”

La hija de mi vecina parecía estar enraizada en el lugar; no se movía.

“¿Qué, no me tienes confianza? No me tienes, ¿verdad?”

“Que sí, que sí te tengo confianza. Demuéstrame que me tienes confianza de verdad. Toma.”

La ladrona usó la uña del dedo meñique como cucharita, la metió en la bolsita de plástico y se la acercó a la nariz de la hija de mi vecina, le pidió que inhalara, luego que abriera la boca y le frotó algo en las encías.

El cuerpo de la hija de mi vecina se desplomó. Antes de salir corriendo, la ladrona se quitó la chamarra y la aventó encima de la chica inconsciente. También colocó la resortera a un lado y dejó la bolsita vacía sobre la resortera. En un tris, trepó por los matorrales del trueno como si fuera un gato, entró a mi jardín y huyó por la puerta de atrás de mi casa. Esa que mi esposa me pide que cierre con llave y que yo, por flojera, dejo abierta.

Ahora, sí que tengo una historia que contarle a mi mujer ahora que regresé de París. La misma que tuve que contarle al Ministerio Público para justificar por qué encontraron mi chamarra y la resortera de Erik sobre el cuerpo de la hija de mi vecina. Espero que ella sí confíe en mí y sepa que le estoy diciendo la verdad. Eso espero, porque ella sabe que, hace mil años que no uso esa chamarra, que la resortera no es mía sino del hijo de su amiga que dejó olvidada en la casa. Porque no veo muy convencido al agente del Ministerio Público de que un resorterazo me haya despertado y me haya permitido ser testigo de un crimen.