A Mateo le gusta tomar desayuno en el jardín para observar el sol, sintiéndose un astrónomo. Su mesa está ubicada estratégicamente para no ser molestado en su liturgia cafetal. En el fondo de esa pequeña cerámica, el café no es solo bebida, sino un fragmento del cosmos; un abismo líquido donde el azúcar se disuelve como polvo de estrellas y cada sorbo le permite beber la inmensidad de una noche eterna. Sin embargo, este Big Bang personal es un lujo efímero, un universo racionado a una sola explosión matutina; el resto del día, el destino lo condena a vagar por un purgatorio de café descafeinado, tan pálido y aguado como las promesas de un político.

La silla junto a él está ocupada por un canasto de mimbre de Chimbarongo. Lo acaricia como a una amante fiel.

-Esta es una obra maestra de artesanos chilenos que merecen el Nobel por tejer con tiras lo que otros llaman cesta para diarios. Mientras el mundo se va al carajo, al menos este país todavía teje algo que no sea decepción.

Dentro del canasto están enrollados y ordenados los periódicos del día como un ramo de flores. En la residencia, los trabajadores complacen las excentricidades de sus huéspedes sin cuestionarlos en forma pública, pero durante las horas de descanso comentan sus solicitudes y rarezas. Eran tratados como niños, infantilizándolos, o de locos, invalidándolos. En ambos casos, la orden de la directora era la misma, hacer lo que aparecía en la ficha de inscripción. Los apellidos eran cambiados por los de sus extravagancias. Mateo Murillo era Mateo Canasto de Noticias.

Ciertas noticias le dejaban en la boca un sabor metalizado, como antídoto pedía tostadas con mermelada de guinda; otras, eran gazanias, margaritas africanas, flores vibrantes que se abrían completamente con la luz solar y se cerraban cuando el sol se oculta. Eran los días que se le veía más sonriente. Después de acomodar la silla como el trono de un rey, el cuidador de turno le dispara el interrogatorio diario.

-¿Cómo se siente, don Mateo?", "¿Qué día es hoy?".

Mateo murmura en voz baja.

-La misma rutina más predecible que la subida de impuestos y menos divertida que un funeral.

Sus respuestas pasaban por el detector de mentiras, la mirada inquisidora del cuidador. Mateo de reojo lee la portada del diario como escolar tramposo copiándole al vecino de banco, y suelta con seguridad de general.

-4 de enero de 2026.

Sin ánimo de abrir un diálogo, una conversación inútil, hace un gesto imperial con la mano.

-Fuera, plebeyos.

El cuidador finge no escucharlo y se despide con la indiferencia aprendida en años de conformismo ante el maltrato laboral o simplemente maltrato humano, que es lo mismo si es a golpes o insultos. Encima de la mesa está el botón de pánico VIP para cuando el universo conspira en su contra.

-Si hasta para orinar tengo que tocar campana como mayordomo de Downton Abbey. Agarra y acerca más el canasto como un fuerte de guerra al divisar en el horizonte acercándose a su Némesis Perfumada, la Diosa vengativa sureña, Clotilde la Viuda Negra Chirusi, octogenaria seductora agresiva, que lo persigue desde el día uno con la sutileza de un misil Tomahawk. Ha intentado ser su amiga lanzando el anzuelo de casi un siglo con su caña oxidada. Mateo se comporta como un Muskie, el pez de diez mil lances que, por su fuerza, inteligencia o rareza, requieren de gran habilidad, perseverancia y equipo especializado para atraparlo. Acerca su dedo y acaricia el botón de pánico, pero desiste. Duda si es un pusilánime o el mismo buda encarnado por su nivel de compasión.

Clotilde avanza cual diva de geriátrico, pavoneándose en vestido de brocado azul marino que abraza curvas como corsé de circo retirado. Se ha rociado su perfume favorito: rosa turca, peonía y bergamota. Una nube tóxica desplazándose, que podría derretir empastes a 20 metros. Pero Mateo, estratega del olfato, no levanta la vista de su café sagrado. Su nariz, saturada por 80 años de abusos aromáticos, solo registra el elixir negro. El café, limpiador nasal industrial que pulveriza cualquier fatiga olfativa como lejía en orgía de esencias. Pocos aromas lo sorprenden, ha sobrevivido a fumaderos parisinos y cocinas de prostíbulos alrededor del mundo. Clotilde se planta como reina destronada por culpa de su arma química de feromonas vencidas.

Mateo está en trance dual, sorbo de elixir sagrado y la ruleta de titulares como si fuera el Nostradamus de los tabloides. Al no recibir respuesta a su saludo, Clotilde se queda petrificada en la pose de una maniquí. Aparece Gabriel, caballero con bastón, la agarra del brazo como quien rescata a una rehén. Se alejan rumbo al jardín.

-¿Mateo otra vez inmune a tu bergamota bélica?

-¡Eres mi ángel, Gaba!

Le da unos pequeños golpes en el brazo, SOS en Morse.

-Salva mi dignidad.

Gabriel responde con otros golpes rítmicos

-- .- - . --- / -. .- .-. .. --.. / -- ..- . .-. - .-

-¡Chisme, Gaba! Necesito noticias de machos locales.

-¿Noticias? ¡Si quieres chisme de la residencia, soy tu CNN geriátrico! porque de Mateo no conseguirás ni un estornudo. Este no levanta la cabeza hasta el almuerzo.

Maldito Mateo Nariz Muerta! ¿Quién necesita hombres entonces? Prefiero mi vibrador de pilates.

-Dicen que tiene un kinesiólogo-esclavo con quien filosofa horas, Adrián el chamán del crujido.

-Mañana le hackeó el café a Muskie con una taza de descafeinado para que arranque el día más lento que micro en hora punta. A ver si está tan iluminado en sus conversaciones con su domador de calambres.

Los dos se alejan susurrando, gritando como sordos en ópera de Wagner. Pedro, el jardinero, le habla a Marta, una cuidadora que pasa con el carrito de medicinas.

-Ronda 47. Clotilde Bomba Química vs. Mateo Nariz Muerta... ¡y el café sigue ganando por KO técnico! ¿Apuestas? Yo pongo 5 lucas al elixir negro.

-Pff, Pedro, mejor te regalo el dinero, me dolerá menos que verla meter la mano en el fuego, quemarse, gritar, curarse y, al día siguiente, meterla de nuevo, solo para verificar si esta vez el fuego se ha vuelto milagrosamente tibio.

Mateo ajeno a los chismes toma el último sorbo que le queda, y que está frío. Termina la lectura de noticias y toca el timbre para ir a su clase con Adrián, su kinesiólogo y amigo. Marta se despide de Pedro, el mercader de fracasos amorosos, y se acerca empujando el carrito de pastillas hasta dónde está Mateo.

-¿A dónde va esta Funeraria del Corazón? En el camino aproveche de devolver los latidos que rompe gratis y, de paso, firme los certificados de defunción romántica.

Sin sentido del humor mira el carrito como si fuese una boya de mar.

-¿No tendrás algo para mi falta de entusiasmo por la vida y por las mujeres?

-Para la vida tengo antidepresivos, y para las mujeres…a tu edad, Mateo, solo milagros.

Adrián lo espera en el salón acondicionado con máquinas pilates reformer de última generación. Mateo se tiende y la camilla, y desde esta posición Adrián se transforma en el Sultán Shahryar, de Las mil y una noches. Todos los días, espera las noticias contadas por Mateo el Sherazade, el único capaz de convertir la realidad en un absurdo. Se ríe con las joyas del apocalipsis según Mateo Canasto Cáustico. Después de terminar los ejercicios de pilates, lo acompaña hasta el ascensor. Aprieta el botón y lo felicita.

-¡Estás como para portada de revista fitness!

-Hasta mañana Sultán, me has perdonado otro día de vida y estoy listo para audicionar para el Circo du Solei. No sé si agradecerte o demandarte. Por favor toca el botón del ascensor porque mi brazo quedó con el rango de movimiento de un dinosaurio rex.

Adrián toca el botón del ascensor. Mateo sube hasta el segundo piso donde está su habitación, abre la puerta con el lector facial. Está sentado en una mesa pegada a la ventana como un monje moderno en su celda con Wifi. Ubica el celular y desata las llamadas según la jerarquía afectiva: primero Susana, la hermana santa que lo pone al día con dramas familiares. Luego los amigos y amigas de épocas pasadas, esas amistades que riega como plantas exóticas en macetas agrietadas. Al final de las charlas, sale más estresado que un gato en una bañera o liviano como un globo de helio, dependiendo del veneno conversado.

Las noticias de contingencia le orbitan la cabeza como satélites chinos defectuosos. El exceso de información lo deja hecho un trapo, impotente ante el espectáculo global.

-¡Viva la era digital, donde saberlo todo te convierte en experto en nada!

Mira por la ventana, ha comenzado a atardecer. Susana lo vuelve a llamar.

-Llamas de nuevo, cerebro de colador.

-Aló, Mateo, que buena manera de saludarme.

-Cielo turbio, luna raquítica, estrellas cobardes asomando.

Estira los ojos como un buitre miope, fingiendo un viaje galáctico a velocidad luz.

-Respira, Mateo, nómbrame 6 cosas de tu entorno.

-Una estrella fugaz, un agujero negro, estoy atravesando la vía láctea…

-Mateo, deja de hacer tus bromas y concéntrate en lo que te estoy diciendo.

-Hay 100 mil millones de galaxias, puedes imaginar cuánto me queda por descubrir.

-Sí, puedo imaginarme que es un buen rato. Oye, Principito, te parece que des vuelta en tu nave espacial y hablemos algo que olvidé decirte.

-Querida hermana, siempre has sido la Rosa de nuestro cuento. Si vieras lo que yo estoy viendo entenderías lo que me pasa. ¡Esa foto de James Webb! Miles de galaxias en un grano de arena con el brazo extendido por algún astronauta en la Tierra. Crédito: NASA, ESA, CSA, claro, porque hasta las estrellas necesitan sponsors.

-Ay, Mateo, ¿otra vez con tus delirios estelares? Tendré que esperar la parte de la mordida de la serpiente para que regreses al planeta Tierra.

-Hasta que por fin entendiste el final del cuento.

-¡Ponte la mano en el abdomen y exhala, como te enseñaron!

-No jodas, Susana, exhalar es para principiantes. Mira, las galaxias se acercan demasiado y ¡zas!, chocan como exes en una fiesta. Vía Láctea y Andrómeda, vecinos tóxicos a 110 km/s. Pero tranquila, faltan cinco mil millones de años. Y si pasa mañana, ni lo notarás. Las galaxias son esponjas cósmicas, estrellas pasando de largo como yo con los cuidadores y sus mascotas venenosas.

-¿Qué? ¿Mis problemas son un grano de arena en tu telescopio imaginario? ¡Genial, doctor Freud galáctico!

-Rosa mía, una vez más estás equivocada, no todo es Freud. Él se queda en el materialismo científico, en lo biológico, prefiero ser Jung quien entiende el cosmos como un sistema espiritual y simbólico que está conectado con la psique humana.

-Lo que tú digas, Carlitos.

-Tus dramas son polvo estelar, los míos, black holes. Algún día volveremos al vacío de donde salimos. Mientras, disfruta el viaje... o al menos finge, como yo con el placer del café descafeinado.

-Ja, que poético. Mejor voy para allá.

-Ven, pero trae café de grano, las galaxias también pagan peajes. En especial si quieren ser recibidos por el Sol.

Es medianoche cuando Susana irrumpe en la residencia como una diva de telenovela, con el glamour intacto pese a las ojeras de madre abnegada. Los cuidadores le comentan que Mateo estuvo inquieto todo el día, como si el mundo se acabara. Susana declara con voz de general, asumida como la hermana del emperador.

-¡Por unas semanas, ni una sola noticia! ¡Los periódicos lo alteran, el hombre es un volcán emocional!

El cuidador le dice que le pasan los diarios, pero son noticias de años atrás. Susana suspira, aliviada por la astucia del cuidador.

-Bien jugado.

Le da una palmada en la espalda. Mateo devorando titulares de 1995 sobre el terremoto de Kobe o el debut de Windows 95, comentándolos como si fueran breaking news. Se lo imagina conversando con Adrián, diciendo:

-¡Al fin una colisión que no altera el universo!

Mientras hace pilates con las piernas en el aire.

Al día siguiente, Mateo despierta fresco, pide su canasto de "flores noticiosas" y escanea portadas amarillentas. Encuentra oro: "NASA predice el fin del mundo en el año 3000". Levanta la vista, guiña al sol naciente y murmura:

-Pff, amateurs. Mi ocaso personal empezó con el primer café racionado. Andrómeda puede esperar, yo ya choqué con la realidad hace rato.

Clotilde pasa cerca de él, la ve como una estrella muerta, pero para un residente nuevo ella es su estrella polar. De noche se pierden en el jardín, mirando el cielo nocturno escuchando a Debussy y Satie. Pedro hace un llamado a los trabajadores para que hagan sus apuestas. Marta, en secreto quiere creer en el amor, aunque sea al final de la vida, y sube la apuesta de 5 mil a 8 mil pesos. Conversa con otros cuidadores, permeables a lo pseudocientífico. Les explica su teoría, que el éxito de esta pareja está sostenido por unos pilares hechos a partir de sus limitaciones.

Lo que se presagiaba sería en un desastre por los problemas de comunicación, ya que ella no habla francés, terminaría en malentendidos, discusiones por ofensas sentirían cada uno por su lado; sumado a que Clo es una virtuosa de la lengua, una gran conversadora, esto sería como amarrarle las manos a “Paco de Lucia” sin que pueda ejecutar el picado, esas escalas veloces, el rasgueo potente y rítmico, y el alzapúa, el uso del pulgar.

Pero supo usar su creatividad, era una escritora vigente de cuentos de ficción, mezclaba astrología y mitología griega, y esa capacidad para encontrar el punto de conexión entre dos elementos aparentemente inconexos fue lo que Pierre percibió escuchándola hablar sin detenerse la primera vez que los presentaron. Él era un compositor francés, acostumbrado a reconocer las melodías en la comunicación, luego el significado de las palabras. Él tenía un limitado repertorio de lenguaje en español, conocía diez frases funcionales recomendadas para sobrevivir en países extranjeros durante sus giras.

Pierre y Clotilde aceptaron el fracasado puente verbal y tiraron la caña, atrapando el mismo pez, enganchados por el mismo sentido del humor visual. La complicidad y risa rejuveneció el deseo y goce. Ya que no buscaban la perfección a los ochenta años sino la entrega como un acto de rebeldía frente a las voces que intentaban convencerlos de que todos que se les acercan querían timarlos. Despojados de sus miedos, sus encuentros amatorios eran mejores que todas las experiencias anteriores.

Los cuidadores ya habían hecho sus apuestas. Pedro pasó a llamarse Piedra de tope. No estaba contento, tiene el presentimiento que esta vez Marta puede ganar esos $8.000 pesos. En años ha estado invicto. El dinero era simbólico, lo que él quería demostrar era que el amor de parejas era un invento literario en la que todos los personajes salen heridos. Defendería ese punto para quedarse con todo el dinero de las apuestas. Le puso fecha de vencimiento a la relación, no llegarían al año. El grupo se dividió entre Pedro Poda Amantes y Marta Placebo.

Mateo Canasto de Noticias pasó a llamarse Mateo Profeta Estelar después del episodio en que llegó su hermana de madrugada para calmarlo. Aprieta el timbre, pide otra tostada. Escucha que un cuidador le dice a otro:

-Anda a ver qué quiere el Principito, y no le sirvas más café sino ya sabes lo que va a pasar, tendremos de nuevo a su Rosa lanzándonos sus espinas.

Avergonzado y molesto levanta la voz para que lo escuchen.

-En este hospicio cósmico, el verdadero sundowning es fingir que mañana no es solo otro atardecer reciclado. Ni imperios caen, ni estrellas chocan, solo rutinas eternas, disfrazadas de libertad. En un arranque de lucidez teclea “Terremoto en Kobe” en su celular, y le aparece "Terremoto de Kobe, 17 de enero de 1995". Descubre el engaño de los diarios fósiles y estalla en un escándalo apocalíptico.

-¡Me han estado engañando con arqueología periodística!

Agarra el canasto de mimbre de Chimbarongo y le prende fuego como si fuera la mecha de una bomba. La residencia de mayores se evacúa entre sirenas y un ejército en pijamas y pantuflas gritando:

-¡Fin del mundo!

Mateo se ha convertido en María Olympe de Gouges, la mujer de la imagen de la Revolución Francesa, pero en lugar de la bandera sostiene en alto su canasto chamuscado.

-¡Cuidadores astutos! ¡Ahora sí que tienen noticias de verdad que contar!

Desde el balcón del segundo piso, Amanda los observa a todos. Es una residente nueva que llegó hace pocos días. La noche está tibia, la vía láctea está en reposo. Ve paseando por el jardín, tomados de las manos, a Pierre y Clo.

Ha pasado un año, mañana los arbustos serán podados con las implacables tijeras de la venganza de Pedro I de Portugal, el cruel y justiciero jardinero en bancarrota. Amanda cierra su cuaderno y apaga la luz. La vuelve a encender.

-¿El significado de la palabra ocaso, lo escribo al inicio o al final del texto?

Lo decidirá mañana, después de tomar su café en el jardín. Su mesa está cerca de la de Mateo, y aunque no se conocen, ella sabe más de él sin que él lo sepa. Cuando Pedro escuchó que Amanda pidió que le sirvieran el desayuno en la mesa cerca de Mateo, miró a Marta. Los dos levantaron las cejas en complicidad.

(Continuará).

Ocaso describe la puesta de sol (final del día) y el punto cardinal oeste. Figuradamente, significa el fin o declive de algo (ej. un imperio). En medicina, se refiere al síndrome del ocaso (sundowning), un aumento de síntomas como agitación y confusión en pacientes con demencia (ej. Alzheimer) durante las tardes, que se maneja con rutinas y terapia.

Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos.

(Antoine de Saint. Exupéry)