Hacia 1947, en las afueras de Kioto, dos niños jugaban en medio de la calle a arrastrar un viejo baúl. Iban y venían empujando o jalando el mueble pequeño cuya laca ya se había desgastado tanto que en partes parecía más bien una costra con restos de un dibujo indescifrable. Se dice que el gran pintor Hiroshi Yoshida (1876-1950) iba pasando por el sitio, vio la escena y les pidió a los niños que le mostraran el baúl: lo adquirió a cambio de unas golosinas. Se supone que el objetivo era repararlo.
Quien esto escribe no ha podido verificar (ni refutar) esa historia (si se me permite la intromisión pienso que es muy probable que sea falsa), pero lo cierto es que el baúl terminó como propiedad de algún otro miembro de la familia Yoshida y, treinta años más tarde, el mueble, aún sin restaurar, apareció en una exposición como pieza secundaria de la colección Yoshida (debo aquí recordar con gratitud la amabilidad de mi amigo Sora Sugimoto, quien casi me obligó a asistir al evento).
El guía, al vernos interesados por la pieza, nos contó que, al vencer el cerrojo de la tapa, el pintor se encontró con una verdadera rareza: un cúmulo de papeles escritos con afán preciosista, de trazos delicados, ágiles y elegantes. Era la primera vez en casi una década que alguien leía algo de la obra de Kenzo Saionji. Por supuesto que Sora y yo quisimos enterarnos mejor del asunto y esperamos pacientes hasta la salida del guía para saber más detalles.
La figura de Kenzo Saionji ha sido discutida muchas veces (casi hasta la saciedad), aunque lo que tengamos de él sea un par de noticias muy dudosas y, claro, los textos que aparentemente descubrió Yoshida y que llegaron a las generosas manos de su primer editor, el poeta Hiroto Watanabe. Sobra decir que las traducciones al español de sus pensamientos y poemas (llamémosles así) son escasísimas. La deuda con su memoria está aún en saldo rojo, a pesar de la fama brumosa que rodea su imagen.
Kenzo Saionji nació entre 1903 y 1905 en el antiguo barrio de Guion y se le vio corretear por sus calles adoquinadas hasta que, cumplidos los quince años, al parecer, se mudó junto con su madre. La historia lo vuelve a encontrar entre 1934 y 1937 en la ciudad de Funabashi (Chiba), para luego disolverse hasta su regreso a la ciudad natal en 1939. A pesar de las especulaciones sobre su posible encuentro con Osamu Dazai (1909-1948), quien se encontraba en recuperación también en Funabashi, el volátil Saionji no permite establecer una influencia o relación directa en ningún sentido.
Otra vez nos gana aquí el tentador derecho a la especulación sobre las vidas que no conocemos, a pesar de que no hallemos características ni siquiera similares (ya no digamos análogas) en sendos estilos literarios. Tampoco sabemos con certeza metafísica, como dicen los especialistas en las reseñas eruditas del Notebook for the History of Meiji Literature, si nuestro elusivo autor regresó a Kioto debido al amargo desencanto que pronto desarrolló por la literatura occidentalizante y, para su sensibilidad, meramente imitativa de la época, o por un desengaño amoroso.
Para muestra de lo que he aseverado, ofrezco a continuación algunos de sus poemas (o como quieran llamarles) que he traducido torpemente. Y antes de cualquier cosa, tengo el deber de advertir a los lectores que me mueve el ánimo no solo a contribuir a saldar la deuda que tenemos con el pensamiento de Saionji; también sirvan los siguientes intentos de traducirlo como un recordatorio de lo lejos que estamos de ese incierto y siempre inasible universo literario japonés. Espero, por tanto, no desesperar a los lectores con mis vacilaciones más que “traducciones” de Saionji a nuestro idioma. Aderezo tales empeños con algún comentario que otorga mis impresiones.
Aquí pues la primera pieza de este poeta:
彼岸花が私の足元へ歩いてくる。目の前には秋が黄金色に輝いている。
Higanbana ga watashi no ashimoto e aruite kuru. Me no mae ni wa aki ga ōgonshoku ni kagayaite iru.
[La higanbana camina hacia mis pies: el otoño resplandece dorado ante mis ojos.]
La higanbana es el lirio araña rojo (Lycoris radiata) típico del otoño, que florece justo a principios de esa estación. Nacimiento otoñal y floración por una parte, y por otra, sabemos que dicha flor posee también un significado fatal: representa el decaimiento de la vida, la muerte. En el poema la dualidad nacimiento-muerte es por demás tensa e inquietante, y se dramatiza todavía más por el símil entre el lirio y una araña que se acerca al caminante. La imagen crece en intensidad cuando se compara el color rojo del lirio con el fulgor dorado del otoño naciente. No diré más y dejaré que los lectores abran sus sentidos con la relectura de los versos.
Sigamos a Saionji en su movimiento ascendente:
一万匹の鈴虫が私から逃げ去り、新月がその光り輝く群れを放牧している。
Ichiman-piki no suzumushi ga watashi kara nigesari, shingetsu ga sono hikari kagayaku mure wo hōmoku shite iru.
[Diez mil grillos huyen de mí: la luna nueva pastorea su rebaño luminoso.]
Nuevamente los contrastes, pero ahora, arriba está el fondo oscuro que supone el halo delgado de una luna nueva que cuida una apacible y titilante multitud de estrellas. Abajo, el frenesí de los grillos, los saltos, la huida que desconcierta, el tropel (bajo el mismo telón nocturno). Arriba, la grey fulgurante que apenas se desliza; abajo, el ruido anónimo y el éxodo fragoroso de un ejército de grillos.
Mi tercera selección es también sobre el movimiento en un cuadro impresionista:
二人の小さな女性が浜辺を歩めば、大海は広大な腕を伸ばし、その足元に触れる。
Futari no chiisana josei ga hamabe wo ayumeba, taikai wa kōdai na ude wo nobashi, sono ashimoto ni fureru.
[Dos pequeñas mujeres caminan por la playa: el gran océano extiende sus enormes brazos hasta rozar sus pies.]
Es inevitable pensar aquí en algunas obras de Caspar David Friedrich y su descripción de una dudosa armonía entre lo infinito y lo finito. Una instantánea de lo sublime. Como en “El monje junto al mar”, el océano está vivo; es un abismo pulsante capaz de engullir a las figuras que pierden su identidad precisa; la insignificancia de la particularidad humana es subsumida por el mar ingente, y las mujeres persisten a la vez que están a punto de desaparecer. El presente está ya cargado de sensibilidad, una ola “toca sus pies”, pero el futuro queda inmediatamente suspendido, entre paréntesis. Dejo ahora que los lectores experimenten su propia apeirofanía.
Sirvan estos intentos de traducción y de explicación como una ruta inicial para la poesía de nuestro desconocido Kenzo Saionji. Quedan pendientes algunos “haikús libres” más y la exposición de aspectos de su vida que le han traído fama al autor. Me dedicaré a esto en la próxima oportunidad.
Nota del autor: las traducciones de los poemas originales en español al japonés han sido elaboradas con la asistencia de la interfaz de IA Gemini.


![Sobre su serie "Cien aspectos de la luna", el artista Tsukioka Yoshitoshi incluyó haikus y versos poéticos
[La luna vislumbra como nieve brillante y las flores del ciruelo parecen estrellas reflejadas, ¡ah! El espejo dorado de la luna pasa por lo alto, mientras la fragancia de la cámara de jade inunda el jardín]
Michizane compone un poema a la luz de la luna, c.a. 1892](/attachments/b9ea2aef6192390fdf634f472f15e821ff036dfc/store/fill/410/615/33b4e3263129ccc78f0ade7ed752b36c128337f7cd8a67496e6dde110648/Sobre-su-serie-Cien-aspectos-de-la-luna-el-artista-Tsukioka-Yoshitoshi-incluyo-haikus-y-versos.jpg)

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[Al mirar hacia la vasta extensión, / ¿será esta la misma luna / que vi salir en Kasuga tras el monte Mikasa?]
Luna de Kasuga, 1888](/attachments/d1a2492ca89addb313c16ec8c888f9584b71258d/store/fill/410/615/582c5f94a69104b6af2aeabc8342a63f7d5b9181920a0b156b26dc217469/Sobre-su-serie-Cien-aspectos-de-la-luna-el-artista-Tsukioka-Yoshitoshi-incluyo-haikus-y-versos.jpg)

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[Bajo la luna llena, las sombras de los pinos sobre el tatami]
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