Volver a asistir a la serie documental La muerte de Yugoslavia, emitida por la cadena británica BBC en el año 1996, es como comprar un boleto y subirse al Cronoscopio ideado por Isaac Asimov para viajar al pasado para comprobar cómo éramos hace dos décadas. En la era anterior a las redes sociales, que trajeron consigo la presencia inherente de la inmediatez que hoy tanto nos aturde, había tiempo e interés para que docenas de hombres de alta responsabilidad se enfrentasen al periodismo con mayúsculas. Una presencia mediática con el fin primordial de explicarnos qué los llevó a ser protagonistas imprescindibles de un enfrentamiento que causó la muerte de cientos de miles de personas.
Nunca volveremos a ser como fuimos. La nostalgia es un mal negocio en un mundo que no tiene más mirada que la del horizonte. Pero, tal y como ocurre con las pinturas de Velázquez, Goya o Sorolla, que enclaustran en un marco de madera la vida en unas sociedades que ya no podemos comprender al más mínimo detalle, este documental supone uno de los últimos gritos de aquel periodismo que se dedicaba a perseguir verdades. Tan simple como eso.
Más allá de su contenido histórico, que como cualquier suceso acaba pereciendo frente a lo que produjo posteriormente, la autenticidad de estas seis horas de filmación se fundamenta en la incapacidad que hoy tenemos para alcanzar una genuinidad de la simpleza. Porque lo admirable del documental La muerte de Yugoslavia es el efecto que genera en el espectador la serie de conversaciones fútiles de personajes, que se odiaron y que justifican de forma peregrina, qué los llevó a liderar la manipulación de unos pueblos que se dejaron llevar por la inútil idea de la eliminación del otro. No hay fuegos de artificio ni efectos especiales. Tampoco abundan las imágenes de batallones acercándose a su objetivo que, con mal gusto, inundan los documentales históricos sobre las guerras del siglo XX. Lo que trataron de reflejar sus productores, Norma Percy, Brian Lapping, Paul Mitchell y Paddy Ashdown, era la capacidad que tiene el ser humano de justificar sus acciones.
La indulgencia con la que nos observamos cuando las cosas se ponen complicadas es tan humana como la lucha a muerte por un recurso escaso. Nietzsche trató este tema apelando a la ilusión de la propia virtud, fundamental para justificar aquellos actos egoístas y eludir las responsabilidades que puedan desprenderse de una decisión, una orden o el ejercicio de la influencia frente a un súbdito. La muerte de Yugoslavia narra cómo, en el lustro que las hostilidades duraron, los matices y las órdenes sobreentendidas reinan, mientras que se prescinde de la asunción de responsabilidades. Una autocomplacencia colectiva que extendió la tensión hasta provocar que el gesto que aprieta el gatillo fuese menos distante. Tal y como explica el autor argentino Jorge Volpi, estamos fabricados por medio de ficciones y estas nunca son neutras: persiguen un foco y nos permiten mantenernos vivos.
En este viaje al pasado sorprende también el hecho de que la única mujer que tenía una cuota de poder durante el conflicto fue Biljana Plavšić, la presidenta de la República Srpska. Sin embargo, Plavšić no puede competir con los Slobodan Milošević, Franjo Tuđman, Alija Izetbegović, Radovan Karadžić o Ratko Mladić. Todos marcados por un aire solemne y una mirada afilada que se sientan realmente indefensos frente a la cámara para narrarse a sí mismos y salvarse de sus propias huellas. Un ejercicio desesperado que, con el paso del tiempo, se revela como ridículo.
La producción avanza en cada suceso histórico enfrentando los testimonios de quienes eran rivales para desvelar al espectador la irrisoria forma que tiene el ser humano de recordar únicamente aquello que le beneficia frente a los demás y a la historia. Produce risa, pero también perturbación, saber que algunos de esos protagonistas acabarán entre rejas, asesinados o cometiendo suicidio para evitar el destino que las instituciones habían preparado para ellos. El poder que simbolizan con solidez en sus intervenciones acaba siendo insuficiente cuando los verdaderos detentores del poder militar y político deciden llevar su pulgar hacia abajo, a pesar de que hayan sido utilizados previamente.
El logro de esos testimonios por parte del equipo del documental y la aceptación de los protagonistas es el gran interrogante. ¿Qué nivel de desfachatez alcanzaban estos actores políticos para llegar a reconocer frente a una cámara que participaron o permitieron que ocurrieran ejercicios de limpieza étnica sin que se les mueva una ceja? Sin olvidar la capacidad de los empleados de la BBC para convencerlos, el espectador sale de la proyección con la sensación de que han pasado ante él un puñado de pobres asesinos. A fin de cuentas, la infatigable variabilidad de la realidad humana nos ha demostrado cuantiosas veces que cualquier fenómeno es posible para explicar la banalidad de nuestras ficciones.















