Si fuerza el acto creativo, se sofoca. Se contradice y termina devolviendo una escritura insustancial, olvidable si se lee. Apoya la cara en la fotocopia, de costado, inhala y exhala y se queda mirando un punto fijo en la pared descolorida a causa del manchón de humedad que sigue expandiéndose. No piensa en solucionarlo.
Piensa en la idea. En la ensoñación hipnopómpica que tuvo segundos antes de considerarse despierta del todo, a la mañana. Mientras se enroscaba entre las sábanas, esas imágenes le pasaron como un huracán por la cabeza y después abrió los ojos. También se acuerda de que, con esfuerzo, como si los tuviese pegados de tanta lagaña, los abrió y se encontró enroscada, sudada, viva. Pero resignada.
Y piensa ahora en el momento en que se levantó a los trompicones, no se lavó los dientes, agarró unas tostadas de la alacena, calentó café, untó las tostadas con una baba roja disque «mermelada» de frutillas y se sentó en el escritorio improvisado —que era en realidad una mesa atiborrada de libros con una notebook casi obsoleta encima—. Y se zampó el café, y se engulló las tostadas. Y se quedó mirando las fotocopias del libro que había imprimido hacía una semana y aún no había empezado a leer.
En todo eso piensa y trata de que sus recuerdos no se vayan mucho más allá del momento en el que supo que comenzaba un nuevo día. Trata de entender por qué no puede obligarse a escribir, si de eso depende su paupérrimo salario. Por qué le cuesta tanto ponerse en la piel de una máquina productiva que escupa frases y textos coherentes y le permita sentirse efectiva.
Y aunque ya sabe por qué, trata de hacer fuerza para concebir otra forma de arraigarse a la vida y de comprender por qué sigue dando vueltas en círculo mientras se le secan las ideas. Menos una.
La idea, sueño, lo que sea que haya sido eso, no puede dejar de rumiarla y la reproduce en loop en su mente mientras no despega la mejilla de la hoja impresa: su padre y su hermano mayor van viajando por la ruta mientras escuchan una cumbia tropical que acompaña el viaje sin saturar. De repente, el auto se desvía del carril y colisiona con un camión de carga pesada. Explosión, humo y confusión, todo en pocos segundos que se perciben como una punzada aguda en el medio del pecho. Como la que sintió exactamente antes de abrir por completo los ojos de par en par.
No puede concentrarse en su quehacer y por eso empieza a dar vueltas en la habitación. Intenta pensar en algo más, pero el recuerdo del sueño la atrapa nuevamente.
Busca el celular que quedó sedimentado bajo la almohada para llamar a su padre. Cree que necesita escuchar su voz, saber cómo está. No recibe respuesta. Insiste, al menos, unas cinco veces. Nadie responde del otro lado.
Decide, entonces, que necesita salir y airearse un poco, dejar de pensar cosas que casi no tienen sentido. Así que se coloca la bata y sale a la terraza. En el momento en que pone un pie en el asfalto ya caliente a las nueve de la mañana, siente una terrible punzada en el pecho, como la que sintió al soñar durante ese momento de la duermevela, cuando se retorcía entre las sábanas y se esforzaba por no despertarse aún.
Ese dolor agudo la asalta sin previo aviso, como una aguja helada que le atraviesa lentamente el esternón. Se da cuenta enseguida de que le cuesta respirar. Su visión se nubla, como si estuviese atrapada en medio de una tormenta de tierra y polvo. Trata de mantener la compostura antes de gritar y camina hacia adelante tratando de sostenerse de la pared. Antes de que la desesperación le gane, su teléfono empieza a sonar. Es su padre. Ella se espabila, como si despertara súbitamente de un trance, y recupera el aliento y, luego, la visión. Contesta la llamada. El padre, preocupado, le consulta si algo le sucede; también le comenta que no ha podido devolverle antes la llamada porque se estaba preparando para salir de viaje junto a su hijo.
—Hija… ¿Me escuchás? ¿Hola?
—S… sí, papá. ¿Dónde están? ¿Dónde está mi hermano?
—Está acá conmigo. ¿No escuchaste que te dije que estamos por salir para Campobella?
Un silencio inquietante hace que el padre vuelva a preguntar si ella sigue ahí; la nota rara. Le dice que tiene que cortar porque ya están entrando en la ruta. Le pregunta una vez más si le pasa algo. Ella niega diciéndole que solo quería saber cómo estaba, pero su voz se escucha quebrada y un poco nerviosa.
La mujer se despide rápido de su padre, toma las llaves de su auto y sale corriendo, así como estaba, en bata y chancletas, y se sube rápidamente al vehículo. Conduce a toda velocidad en dirección a la ruta que lleva al pueblo vecino de Campobella. Al llegar a la carretera, tiene la sensación de ver el auto en el que se desplazan su padre y su hermano, pero se da cuenta de que es imposible, que deben estar algunos kilómetros adelante. No sabe bien por qué hace lo que hace. No sabe qué es lo que la impulsa a ir a buscarlos. Pero en su interior no puede desaparecer la idea de que algo espantoso puede suceder y acelera con el fin de encontrarlos.
En el trayecto, vuelve a sentir que se le nubla la vista mientras la punzada en el pecho la atraviesa de lado a lado. Acto seguido, un chirrido penetrante la hace entrecerrar los ojos y apretar la mandíbula un microsegundo antes del impacto. Percibe un fuerte olor a caucho quemado y al hierro de la sangre.
La realidad es que no vio al camión acercarse. Tampoco a su padre y su hermano que venían unos pocos kilómetros detrás de ella, debido a que un neumático averiado los obligó a retrasarse algunos minutos en su viaje. Mucho menos, y por una cuestión de perspectiva, hubiese ella divisado la frase pintada en la culata del camión con el que chocó de frente, la cual rezaba: “Dios es grande”.
Y, ahora, tampoco podría pensar y ponerse a reflexionar en que, si existiese algo parecido a lo que algunos llaman destino, pueda llegar a ser tan caprichoso.















