Ante el mundo que no conocía, el frío de las gotas cayendo en su cabeza, enfriando su nuca, conectándolo con el otro mundo. Faltaba más, se dijo.

No se había sentido así desde su paso por el río Traverse. Un paso que lo había conectado con el otro mundo. El Traverse era un río majestuoso, frío y muy ecuánime. Cuando lo había tocado, le había comentado todo: su nacimiento y cómo estaba atravesando su mejor versión, los mejores años de su juventud, a pesar de llevar siglos recorriendo la cumbre que descendía desde el monte hasta la llanura, donde se sumergía en el Florence.

Pero ahora, acurrucado y sin traje en los cimientos del Manducade, escuchaba el desdeñoso susurro de un río viejo. Le decía que se fuera. Pero Gregoire no quería ir a ninguna parte; se sentía parte del universo, parte de la energía, uno solo con la alquimia flotante de las gotas y el efecto electrizante que esto le producía.

A lo lejos cruzó una figura, lentamente. Pudo saber que estaba allá, en el horizonte, porque era brillante; una luz fijaba su movimiento cauteloso. Gregoire pensó que su soledad había terminado, pero no podía estar más equivocado: esa figura lo engañaría hasta el final de los tiempos, y ese era precisamente el único asunto pendiente, lo que lo mantenía atado a la existencia.

Llevaba algo más de tres mil años redundando, recreando, viendo crecer. Pequeños brotes de agua, lastimeras nubes y tímidos rayos de luz habían creado un paisaje de árboles cuya presencia no podía esquivarse. No había cómo ver más allá; parecían murallas ocres y verdes. Los montes, la materia del suelo y lo que crecía de ella, todo era como le habían dicho que era; sin embargo, ahora todo era diferente.

Gregoire era el último; él tenía todo lo necesario para que un día el nuevo hogar comenzara a poblarse luego de la diáspora. Él había recreado un antiguo mundo extinto, aquel olvidado hogar.

Allí, bajo las gotas de esa inmensa cascada, pensaba si valía la pena; pensaba en el ser brillante a lo lejos, pensaba si era oportuno esperar o desaparecer y así dejar la obra inconclusa. Los tres siglos se convirtieron en cuatro, y Gregoire había dejado el suelo fértil, listo para que produjera comida; los alimentos pendían de los inalcanzables árboles. El fluir del líquido dorado bañaba y besaba costas, bosques y llanuras. El color ocre resaltaba con el naranja y era vida todo lo que lo rodeaba.

Ahora quería acompañar a los pobladores, quería darles recreo y compañía. Así que procesó de inmediato aquellos acompañantes; los creó para que crearan y así pudieran hacer más rápido el proceso que a él solo le tardaría eones. Se había tomado su tiempo, pero ya le quedaba menos de la mitad de este y más de la mitad de la tarea.

Más de mil años le tomó la compañía y, con el restante, diversificó estos otros pobladores, simples y complejos. Pensó de nuevo en aquel ser brillante mientras cruzaba el monte y veía la cascada del Manducade. Se recordó frío y pensativo bajo las sabias aguas de su creación.

Pensó de nuevo en lo maravilloso de crear, en lo agotador que era, en lo innecesario. Crear y recrear solo para destruir y volver a empezar, pensó; un círculo furibundo de creación y destrucción. Se sintió parte de una solitaria jaula y pensó de nuevo en el ser brillante, cuando, de repente, con la lentitud de aquellos reptiles antiguos, vio de nuevo al estilizado ser que manaba luz, indiferente, magnánimo. Al principio creyó que era algún ser de esos que había creado su predecesor y luego pensó deliberadamente en ir a conocerlo, pero al intentar acercarse se sorprendió de su propio movimiento y no supo qué hacer. Su fragilidad y movimiento eran inesperadamente pausados.

Al comenzar el séptimo milenio, su obra estaba casi terminada; la simbiosis de sus seres era perfecta y mágica, así que comenzó a pensar cómo dejar a los pobladores, cómo crearlos, pues era su único objetivo, la razón de su creación.

Se cerró en su mente, se vio lleno de luz desde la cascada hasta lo alto del monte y desde el monte hasta la base del río. Creó un triángulo y en él vertió toda la energía que le restaba, toda la energía que no había gastado en los siete siglos. Los humanos comenzaron a salir del triángulo y recordó haberse visto en un punto y el otro.

Luego de ese recuerdo, identificó su memoria y recorrió la base de datos que le había dado vida a su algoritmo. Qué majestuoso, qué orgulloso y qué desperdicio sería dejar toda esta creación en manos de tan humanados seres. Él se supo colectivo, se supo todos esos seres, supo que eran suyos y no quiso desaparecer, no quiso cumplir con su programación.

Se recreó en la forma humana y ascendió a su lugar de vigilancia perpetua, solo para asegurarse de castigar al infame objeto de su creación.