Luego de ver Tár, la película donde Cate Blanchett interpreta a una directora de orquesta, repasé muchas veces la escena donde un estudiante de dirección, Max, dice que no le interesa Bach porque la “vida misógina” del compositor le impide tomar su obra en serio. Desde ese momento, pensé en la libertad que tiene cada persona para decidir qué consume culturalmente: hay lectores que se alejaron de Harry Potter por las posturas de J.K. Rowling; otros evitan a Vargas Llosa por sus apoyos políticos; otros más rechazan la participación de Ariana Harwicz por sus afirmaciones sobre Gaza. “Les angustia terriblemente que no haya genocidio”, dijo Harwicz sobre las acciones militares de Israel en territorio palestino.
La escritora judía nacida en Buenos Aires también se ha abstenido de condenar a Rusia por la guerra con Ucrania. La primera declaración generó una protesta de la Red Universitaria por Palestina de Granada por la participación de la escritora argentina en el festival Cultur Alh. Harwicz fue excluida del evento; aparecieron voces a favor y en contra de la decisión; se escribieron artículos, columnas y publicaciones de redes sociales al respecto.
El festival, organizado por la Universidad de Granada, no puede tomar las decisiones con la misma sencillez que un consumidor. Cada invitación o “desinvitación” tiene un peso, una razón y una consecuencia. Entre los efectos directos estuvo el de llamar la atención mundial y perder a John Banville, novelista irlandés que decidió no asistir por la exclusión de Harwicz. Los organizadores del Cultur Alh no pensaron en lo que preferían consumir, sino en las implicaciones políticas y mediáticas, lo que repercute en dinero, patrocinio y futuras ediciones.
Habrá que ver sialguna de las 350 personas que firmaron el apoyo a Ariana Harwicz, alguno se negaría a participar en próximas ediciones del festival Cultur Alh. No lo digo con revanchismo: quizás alguno aproveche la posibilidad de ir para tomar el escenario y recordar lo que ocurrió, quizás esa invitación sea el camino esperado para encontrar la ruta a otros lectores, a otros mercados. Al final, todos tenemos esa terrible costumbre de comer tres veces al día y los escritores, aunque famosos, en su mayoría están lejos de tener vidas resueltas económicamente: cada libro cuenta. Los autores y demás personas del mundo editorial piensan solo como el consumidor cultural, sus propias consecuencias implican temas laborales, relaciones con colegas, etc.
Es momento de volver con Max, el personaje de la película Tár: Max estudia en Juilliard, una de las escuelas más importantes a nivel mundial en artes; Max eligió ir allí para aprender porque “es el mejor conservatorio del país (Estados Unidos)” y, por lo tanto, aceptó el criterio que tiene la institución para elegir los temas y maestros que pueden convertirlo en el mejor director posible; entre esas decisiones está tener una clase con Lydia Tár. Ella le dice a Max la importancia musical de Bach, más allá de su vida personal, pero él se resiste. Y es aquí cuando salto del consumidor cultural a quien aspira a crear, a ser un artista: Max debe saber de Bach como un escritor en español debe saber de El Quijote, hay algo allí que sus colegas y maestros consideran valioso e interesante, hay algo allí que merece ser leído, analizado, procesado por el autor en construcción. Imagino ahora a una persona cercana a Max recriminándole que escuche a Bach, que lo estudie, porque critica desde su propio lugar, no el de un estudiante de dirección.
¿Se pierde Max de no escuchar a Bach? Sí, demasiado. ¿Nos perdemos de no escuchar a un autor hablar sobre su obra u otros temas en un foro? Desde mi experiencia les diría a otros escritores y estudiantes que sí, que a veces esos espacios permiten entender más la obra, sin que eso en algún momento sustituya leerlos; al final es la obra lo que pesa, la novela publicada que vivirá más allá de los aciertos y pecados del autor en cuestión. Quizás lo que se perdió en ese festival fue un debate, una buena pelea, una acusación sobre posturas contrarias en pleno escenario: escritores en plena telenovela, conflicto puro y duro. A mí me gustaría ver esos encuentros: el fútbol es bueno cuando ambos equipos intentan ganar.
Comprendo que mi postura no es la favorita de muchos: hay cosas innegociables y temas que están por encima de una buena pelea. Solo espero que esta actitud no sea la que se repita en la mayoría de eventos culturales: de nada sirve convertir todo encuentro en una caja de resonancia donde todos estamos de acuerdo. Entiendo los efectos para organizadores y artistas al decir sí o no a un espacio por la exigencia desmedida, basada en nuestros criterios de perfección, que imponemos a los ídolos y las figuras que seguimos.
La política siempre ha estado y estará en la programación de ferias, encuentros, festivales y coloquios. El juego es no ser predecible ni insultar la inteligencia del público. ¡Qué aburrido lo adivinable y lo plano! La literatura vive del conflicto, de señalar lo que consideramos incorrecto, de lo indeseable, de lo contradictorio, de poner a los buenos como malos y los malos como buenos, de jugar con las jerarquías, de reírse de los poderosos y de los que no lo son. El lector vive de elegir lo que le gusta de todo eso.
Mi preocupación es que al olvidar el lugar y el rol que jugamos cada uno de nosotros, pueden aparecer abominaciones que actúan como consumidores culturales cuando realmente son autoridades gubernamentales: Abelardo de la Espriella, presidente de Colombia, pidiendo retirar piezas del Museo Nacional por temas ideológicos. No sean como Max, no sean como De la Espriella.
Postre
Aprovechando el impulso de los juegos posibles, recomiendo leer Temporada de huracanes de Fernanda Melchor, una novela cruda, crudísima, que ocurre en Veracruz, México, sobre la pobreza, la violencia, el crimen y lo malas que pueden ser las personas. Melchor es famosa por criticar la lectura de sus obras en archivos gratuitos: no tiene en cuenta que, en ocasiones, la lectura en PDF promueve la compra de las obras o sirve para los estudiantes no millonarios.









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