Si estás en este lado del río, el agua pasa de izquierda a derecha; si te paras al otro lado, la misma agua ahora pasa desde la derecha hacia la izquierda.
Esta reflexión se la escuché al fantástico artista Ai Weiwei en un video y me trajo a la mente el recuerdo de un momento que me quedó plasmado cuando realizaba el film Pensar Alto, con el también fantástico artista plástico mozambiqueño Malangatana Ngwenya. Durante la filmación, Malangatana explica una de sus pinturas que tiene por título Do outro lado do Rio, obra en la que se aprecia nítidamente la separación de un mismo pueblo dividido en dos. La división es provocada por un río de sangre. A pesar que pueda ser extraño ver que ese río de sangre cuyo caudal avanza y acaba permitiendo el crecimiento de un árbol, en esta obra, Do outro lado do Rio, ese árbol termina transformándose en una figura humana. Figura que se agiganta y muestra que esa sangre podrá producir una vida a pesar de que las razones de su existencia son, de hecho, muy tristes. Malangatana concluye diciendo que es un cuadro que realizó forzado por una situación inevitable para él como artista. Como pintor, buscó reflejar la realidad que afecta en este momento a Mozambique.
Ai Weiwei y Malangatana representan dos generaciones, culturas y contextos geopolíticos completamente diferentes; el artista chino y el fallecido artista mozambiqueño comparten profundas similitudes en la forma en que entrelazaron su vida, su arte y su compromiso político. Ambos artistas rechazaron la idea del "arte por el arte". Usaron sus obras para denunciar abiertamente la opresión, las injusticias sociales y los abusos de poder en sus respectivos países. Ai Weiwei ha desafiado al régimen autoritario chino, visibilizando la censura y la falta de derechos humanos. Malangatana, por su parte, utilizó su pintura y poesía para denunciar el horror del colonialismo; más tarde, las consecuencias de la sangrienta guerra civil y, por último, cierta censura ideológica de parte del partido gobernante post era colonial. Situación que le costó pasar un tiempo en un campo de reeducación, tema que a Malangatana no le gustaba comentar.
Yo tuve una relación de amistad muy importante, al nivel de traerlo a Chile en 1994 a exponer su obra en el Museo de Bellas Artes.
Cuando yo filmaba en Mozambique el documental O caminho da morte, comenté a Malangatana que necesitaba un dibujo de una mujer que reflejara no solo su participación en la lucha por la independencia, sino también su fuerza como madre africana, como un símbolo para el afiche del film. Malangatana por esos días era miembro del parlamento. Varias veces me había comentado sobre esa participación.
Fue a partir de su relato que le pedí que en vez de dormirse en las sesiones del parlamento aprovechara de mejor manera ese tiempo y cumpliera mi encargo. Malangatana finalmente cumplió mi pedido regalándome un muy bello dibujo, pero me pidió expresamente que no divulgara quién había sido la modelo, ya que se la había imaginado como suelen ir las mujeres en el campo, con su torso desnudo. Graça Machel, viuda de Samora Machel, héroe de la independencia y presidente del país desde la independencia hasta su muerte en un atentado en 1986, participaba regularmente en las sesiones parlamentarias como ministra de educación, era quien finalmente había sido la modelo de mi maravilloso afiche. Años más tarde, Graça Machel sería esposa de Nelson Mandela.
Retomando el tema de la censura en el arte con mi socio mozambiqueño Haroon Patel, tuvimos un desagradable conflicto con colegas del ambiente del cine. Situación de cierta manera entendible, dados los tiempos que corrían a partir de la caída del Muro de Berlín. Después de haber realizado una veintena de documentales, nos planteamos crear nuestra propia productora.
En una entrevista aparecida en el jornal Domingo, nuestro proyecto fue titulado como Uma nova aposta no cinema moçambicano. Inmediatamente se activaron las alarmas de varios de nuestros colegas, quienes vieron nuestra propuesta como un atentado a la política socialista de Estado, la cual no permitía la actividad privada en ese rubro. Al domingo siguiente, en el mismo jornal, respondieron a nuestro proyecto titulándolo como Uma nova aposta de cinema moçambicano ou uma aposta obscura do cinema em Moçambique. Nuestro artículo y la respuesta fueron tema de discusión en el consejo de ministros. Esa misma tarde, el ministro de Relaciones Exteriores y el secretario general del partido Frelimo llegaron a mi casa. Luego de unas frías cervezas, me comunicaron que continuara trabajando, que los cambios que se estaban implementando en el país apuntaban en esa dirección.
El ministro finalmente dijo que nos habíamos adelantado, pero que siguiéramos pero sin hacer mucho ruido, ya que aún quedaban muchos viudos del sistema que se estaba derrumbando. De esta manera, mi socio logró safar de ser enviado, como Malangatana, a un campo de reeducación.
Debo reconocer que me favorecía haber estado casado con una diplomática sueca, cuyo país era uno de los principales colaboradores y donadores.
Por otro lado, yo conocía de cerca el rol de los cubanos en el país. Al poco tiempo de haber llegado a vivir a Mozambique, en una fiesta de la representante del PC chileno en Maputo, fui abordado por un personaje de la embajada cubana que decía ser el primer secretario. Este ya conocía de mi participación sacando documentos secretos del consulado de Chile en Estocolmo. Eran documentos con los datos y fotos de agentes de la DINA que actuaban en el país nórdico; también sacamos pasaportes nuevos que fueron enviados a Moscú para la confección de nuevas identidades de quienes ingresarían a Chile durante la dictadura.
El personaje cubano, sabiendo que yo durante mi primer tiempo me dediqué a hacer clases de tenis a diplomáticos mientras esperaba que mi esposa diplomática regresara de Chile trayendo el material fílmico de mi documental Rebelión Ahora —que yo había dejado con una secretaria de la embajada sueca en Chile debido que tuve que huir con la ayuda del cónsul sueco, debido a que agentes de la DINA habían detenido a tres personas que participaron en las filmaciones; este era mi segundo film clandestino en Chile, el primero había sido un año antes, en 1982, en codirección con el destacado cineasta alemán Peter Nestler—. Mis alumnos de tenis eran diplomáticos de países europeos y de EE. UU.
Mozambique se encontraba envuelto en una guerra civil introducida por Sudáfrica durante el tiempo en que Mandela aún estaba en la cárcel cumpliendo parte de los 27 años de prisión. El personaje de la embajada cubana me reclutó para extraer información de mis alumnos diplomáticos. Los cubanos asesoraban en inteligencia al gobierno. Siempre me interesó el tema del espionaje, no solo por las novelas de Graham Greene, como por ejemplo El Factor Humano, o por la fantástica historia de Kim Philby, uno de los cinco académicos de Cambridge agentes de la KGB.
Otro grande que me impresionó y que tuve la suerte de conocer en Maputo y tenerlo invitado en mi casa fue Henning Mankell, el famoso escritor sueco, quien escribió varias novelas ambientadas en Mozambique. Eran los tiempos de la Guerra Fría. Lo más interesante de esto y, como dije, es un tema que me fascina, sucedió hace unos tres años cuando, ya habiendo pasado creo al menos tres décadas de aquella historia con los cubanos, y yo ahora viviendo en Chile desde 1991, vía Messenger recibí un curioso saludo de aquel cubano que me había reclutado en 1983, ahora flamante embajador de un país que limita con EE. UU., quien simplemente me preguntó si aún jugaba tenis.
El mundo ha estado regido por el fanatismo político que incluso lleva a las personas a casarse o unirse en pareja con alguien de su mismo color político o religioso. Estamos dominados por sectarismos, por prejuicios que llevan a creer en las brutalidades de los enemigos y, en cambio, a no creer en las de nuestro propio sector. Normalmente exageramos las brutalidades o hechos de los llamados enemigos y se matizan las propias. Todo depende de qué lado del río uno se sitúe.
En Chile todavía estamos pagando e intentando cicatrizar viejas heridas que son un verdadero tatuaje, reflejo de haber sido escenario y víctimas a la vez de la llamada Guerra Fría. Época en que EE. UU., para imponer su poderío, formateaba oficiales de los ejércitos del continente en la Escuela de las Américas, donde enseñaba tácticas de contrainsurgencia vinculadas a golpes de Estado, a violaciones a los derechos humanos y en la doctrina de la seguridad que promovía la idea del enemigo interno. Por su parte, Cuba, en representación de la URSS, realizaba lo propio en Latinoamérica y África. No tengo dudas de que, si hubieran existido en Chile las condiciones en esos tiempos, no habría sido extraño ver a Miguel Enríquez o Carlos Altamirano vestir uniforme verde oliva.
Como gestor cultural, cineasta, pintor y ahora escribiendo, me niego a seguir ciego frente a esta realidad. No es que me haya pasado al lado enemigo, como suelen decirle a quien ha cambiado de opinión o finalmente ha logrado sacudirse de la ceguera partidista autoimpuesta. Creo que es tiempo de enfrentar la verdad, pero sin filtros, aunque duela. Creo que la mejor manera de colaborar a cambiar esta compleja realidad es que no nos tiemble la mano al momento de crear. Que no nos desanimen los insultos como "gusano", "facho", "comunista" o las funas. Insultos de aquellos que entienden que democracia es aquella donde solo habitan quienes piensan como ellos.
Un ejemplo nítido, muy fuerte, pero también muy esclarecedor de lo que escribo, es lo sucedido con Pablo Milanés, el gran cantautor de la Nueva Trova Cubana. En su juventud, Pablo fue internado en un campo de reeducación en Camagüey, desde donde logró huir para denunciar las injusticias, siendo arrestado nuevamente. En el año 1994 viajé a Cuba y tuve la oportunidad de compartir una tarde con Pablo Milanés en su estudio de grabación. Fue el mismo año del Maleconazo, la primera protesta importante ocurrida en la Cuba de Fidel.
Con el paso del tiempo, me enteré de que le habían quitado la propiedad en la cual tenía el estudio mencionado. Con esta acción, ahora le habían arrebatado su otro sueño. Enfermo y acosado por la intolerancia reinante, se vio obligado a abandonar su país. Duele mucho reconocer esto, pero hacerlo es la única manera de evitar que se repita, y que entiendan aquellos que aún no logran darse cuenta que el Muro de Berlín desapareció en 1989, hace 37 años; la Unión Soviética hace 35, y con ella, también la utopía. El destacado escritor cubano Leonardo Padura, a quien tuvimos el privilegio de entrevistar en el programa de TV Off the Record, ha escrito desde la isla que en Cuba están todos los que no han podido huir.
Todo Estado totalitario o presidente con intenciones autócratas tiene que inventarse un enemigo para asegurarse frenar a los oponentes, aduciendo una causa mayor para mantenerse en el poder. Debemos dar vuelta la hoja y asumir que en el campo socialista se cometieron abusos terribles, que se coartó la libertad de expresión, de emprendimiento, de autogestión, entre otros muchos factores. Situación que los llevó finalmente al colapso. En relación a nuestra querida Cuba, no podemos seguir ciegos defendiendo lo indefendible. El muro se cayó por su propio peso, no fue por causa de un boicot.
Cuba ha tenido y mantiene actualmente relaciones comerciales con más de 170 países, entre los cuales están España, Francia, Italia, Alemania, Países Bajos, Bélgica, Rusia, Portugal, Suecia, Suiza, Irlanda, Bielorrusia, Checoslovaquia, Bulgaria, Austria y Polonia. También mantiene relaciones con los siguientes países de Asia: China, Vietnam, Corea del Norte, India, Indonesia, Camboya, Mongolia, Laos, Japón, Pakistán, Malasia, Tailandia, Singapur, Kazajistán y Uzbekistán. En nuestro continente, Cuba tiene relaciones con todos los países de América Latina y el Caribe a través de la CELAC y la ALADI.
Si esculpimos el tiempo, como dice el título del libro del cineasta ruso Tarkovski, podemos constatar dónde surgió la censura. Basta nombrar a Solzhenitsyn, a Boris Pasternak —aquel de Doctor Zhivago— o a Shostakóvich. El más importante para mí, ya que he visto la mayoría de sus filmes y leído sus libros, es el cineasta ruso Andréi Tarkovski. Quizás el más importante director del llamado séptimo arte, quien, al ser censurado en la URSS, debió refugiarse en el exilio como única manera de conseguir realizar libremente sus obras maestras del cine. Sus últimos filmes antes de fallecer fueron Tempo di Viaggio y Nostalgia, realizadas en Italia. Finalmente, ya muy aquejado de salud, con la ayuda de Ingmar Bergman logró rodar en Suecia su último film, El sacrificio.
En África se dice que, cuando dos elefantes pelean, el que más sufre es el piso.















