Dicotomía y dominación

¿Y si el nombre de nuestro continente no fuera solo una palabra, sino también una disputa histórica, cultural y espiritual?

Siempre he creído que los rumores merecen ser escritos. No porque sean verdades absolutas ni mentiras fabricadas, sino porque —como dice un dicho en el habla popular—, cuando el río suena, piedras trae. A veces, “meter carbón” es necesario para encender el debate y aportar algo de humor negro.

Nos enseñaron que el nombre de este continente honra a Américo Vespucio, cartógrafo italiano cuyas aproximaciones durante la colonización terminaron por bautizar estas tierras como América. Una decisión heredada de una educación profundamente eurocéntrica, asumida casi sin cuestionar y que aún requiere cierta afrenta.

Pero antes de ese nombre impuesto, los pueblos originarios de este continente ya lo llamaban Abya Yala:

tierra de vida,
tierra de sangre,
tierra de florecimiento.

Un nombre nacido desde adentro, no desde afuera

Importa aclarar que Abya Yala proviene de los guna o cuna, un pueblo con su propia lengua vernácula, habitantes del archipiélago de San Blas, en el borde fronterizo entre Panamá y Colombia. Quizás el aislamiento en aquellas geografías acuosas impele a sostener los carismas de su cultura, con un arte textil como las molas de fuerte identidad biocultural, manteniendo sus tradiciones poco contaminadas.

Amerrique o Amerrisque

También resuena este vocablo maya-quiché, Amerrique, que significa “territorio donde el viento sopla” o “tierra de vendavales”, como las vicisitudes de la vida, que de vez en cuando nos obligan a pararnos en firme. Un nombre más telúrico, más volcánico, más cercano a nuestra geografía sísmica y magmática.

Amerrique es un sistema montañoso que atraviesa de norte a sur el territorio de Nicaragua, en el departamento de Chontales, y separa la vertiente que fluye hacia el Gran Lago de Nicaragua de la costa caribeña habitada por los pueblos originarios conocidos como misquitos. Los altos crestones son una atracción turística y natural denominada Geoparque Amerrique.

Pero, he aquí el germen de la paradoja que, como la levadura, termina por fermentar toda la masa:

¿Por qué preferimos lo extranjero?
¿Por qué seguimos repitiendo nomenclaturas heredadas de la hegemonía?

En los años setenta, un congreso indígena en Ecuador propuso nombrar oficialmente al continente Abya Yala. No fue un simple gesto lingüístico: fue un acto político y cultural.

Historias de migraciones y desplazamientos

El istmo que habitamos ha sido territorio de migraciones, espiritualidades y resistencias. Desde las narrativas de Aztlán y la fundación de Tenochtitlán —hoy Ciudad de México—, hasta los sincretismos caribeños y las memorias que sobreviven fuera del mapa oficial, se develan estos caracteres de pueblos originarios caminantes y navegantes que traspasaban el continente de norte a sur y de este a oeste.

En 1994, durante el Foro Ante América en la apertura del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de San José, Costa Rica, el curador chicano Tomás Ybarra-Frausto reflexionó sobre esas raíces simbólicas. Más adelante, el sociólogo Ivar Zapp propuso lecturas alternativas sobre el continente, vinculándolo incluso con la mítica Atlántida.

(Se recuerda que Ybarra-Frausto fue curador de arte latinoamericano de la Fundación Rockefeller de Nueva York y destacado historiador y crítico de arte; e Ivar Zapp publicó en la década de los años diez el libro Atlántis in América y Retorno de la Edad de Oro: La lengua cuadriculada de los Huetares, 2015, por la Editorial Tecnológica de Costa Rica).

¿Rumor? ¿Metateoría? ¿Pseudociencia?
Tal vez.
Pero también cartografías invisibles que dialogan con nuestra memoria profunda, la que no se mueve a flor de piel, sino en nuestra piel de barro.

Como afirmaba Pablo Picasso, el arte necesita perder el miedo al ridículo para florecer. Lo mismo ocurre con el pensamiento: sin riesgo no hay revelación.

Además, de América se apropiaron los migrantes irlandeses que poblaron el norte, y su presidente hoy en día nos ve de reojo, con mirada despectiva, y nos cree sus súbditos.

Duán, tierra volcánica, mastodontes y perezosos gigantes

Entonces, aterrizamos en lo propio.

Muy cerca del Valle Central, en el cantón de Paraíso, Costa Rica (y no refiero a la provincia pues su nombre es otra imposición hegemónica), se eleva el cerro Duán. Formación antigua, vinculada a procesos volcánicos que modelaron esta geografía entre las placas tectónicas (Panamá y Cocos, que están en presente tensión, una debajo de la otra). A su lado fluye el Reventazón; alrededor, petroglifos y relatos de energía ancestral.

Tal como ocurrió recién en el distrito de Orosi, en 1943 se halló una osamenta de mastodonte que este 2026 se exhibe en la sala paleontológica del Museo Nacional de Costa Rica, como se documenta en otro libro de la Editorial Tecnológica escrito por el geólogo Guillermo Alvarado.

Sin miedos e ideas para crecer

¿Mito? ¿Historia? ¿Memoria no contada?

Nuestra propuesta es concreta: crear un circuito cultural y natural que recorra Duán, Urasca, Tucurrique, Pejibaye, Orosi, Cachí y Tapantí. Caminarlo. Pedalearlo. Reconocerlo. Convertir el rumor en experiencia territorial.

Agrego a la lista de autores de estas ideas al chamán mesoamericano Moyo Coyazitl (alter ego del artista visual nicaragüense-costarricense Rolando Castellón Alegría, quien en este agosto exhibe su propuesta “Mesoamerriques” en el Museo del Chopo de Ciudad de México, curada por Miguel Ángel López).

Amerrique.
Abya Yala.
Duán.

No son solo nombres.
Son posibilidades de resignificar quiénes somos.

En materia de estas renovadas habladurías metateóricas y seudopostcolombinas aún hay mucha tela que cortar.

La discusión queda abierta.

En colaboración con Luis Enrique Ortega Gutiérrez