Tratándose de comprender el abordaje público que asiste al genio o artista virtuoso, encontramos en la actualidad un panorama más vasto y complejo que el que se percibiera hace unos pocos siglos. Dado que algunos espectadores circulan en la drástica idea de decir que “el arte ha muerto”, y que ya no es sustentable pensar en grandes renovadores que puedan trascender su propio tiempo, cabría recorrer aquí las aristas que sobresalen en una especie de fragmentación contemporánea, donde los relatos imbricados llegan a desvelar en la escena una diversidad de rasgos.

Lo que se ha conocido como arte universal vendría a caracterizarse por darle forma a un contexto, o bien, en analogía con las palabras del escritor Ralph Waldo Emerson sobre el afán del poeta —aplicable además a cualquier disciplina—, el cual dice: “Su trabajo se ciñe en conseguir que el lenguaje haga frente al vacío…” Ahora pues, nuestra era presenta un desplazamiento sobre múltiples espacios, y la universalidad se difumina en las distintas concavidades que aparecen en las sensaciones de un mundo globalizado.

Los cambios que fondean los nuevos sistemas culturales atraviesan también una versatilidad donde, de forma paradójica, se fomenta la visibilización de muchos a la vez que los segrega. Mencionar los nombres de algunos antiguos creadores como Caravaggio, Rembrandt, Rubens, Da Vinci, etc… muchos, colocados como genios universales en tiempos posteriores a su existencia, nos hace pensar en una actualidad carente de este potencial, sin embargo, conviene traslucir las formas en que hoy las masas logran captar la experiencia artística, dado a que ésto influye de modo significativo.

Pensar pues en la trascendencia que pueda alcanzar un creador para cumplir ese rol universal que entroniza a los de antaño, resulta más complejo y se contrapone con el “grueso” que ocupa la escala de difusión global, la cual propicia la expansión de los participantes.

Dicha proliferación se manifiesta no solo en las formas de divulgación, la ampliación de filtros y la cantidad de artistas, sino también en la construcción de nuevas categorías capaces de adherirse a la carrera tecnológica y, por último, en la transición marcada en los inicios del siglo XX, donde el arte se bifurca entre el predominio de la técnica y la preponderante propuesta de Marcel Duchamp hacia el eje conceptual.

En tal sentido, sobre este entramado recae la manera exponencial que ha atravesado el crecimiento demográfico, ejecutando un salto de 1.5 mil millones de seres humanos el siglo pasado, a 8 mil millones en nuestros días; lo cual genera un efecto abrumador dado a que esta abrupta mutación trae consigo una demanda creciente para palpar nuevas voces desde los distintos focos, cuyos canales de multiculturalidad aparecen con una capacidad de divagar entre connotaciones históricas y actuales.

Intersecciones en la postmodernidad

Cuando nos trasladamos a los cánones que permitían divisar al genio, en los siglos anteriores, –por ejemplo, en la época renacentista–, y extrapolarlo a una esfera supranacional; encontramos ciertos paradigmas que se debilitaron ante el comportamiento de la postmodernidad, es decir, es en esta nueva era donde el filósofo francés Jean-Francois Lyotard, registra la disolución más pronunciada de los grandes relatos, los cuales consistían en narrativas totalizadoras que imperaban para promover un sentido del mundo, basándose en la idea de una cultura superior única, la religión como explicación total, el progreso de la razón hacia la verdad científica como último fundamento y la creencia de una emancipación universal.

Si bien las sociedades postmodernas no juzgan esas narrativas como premisas falsas en su totalidad, muestran una versátil sensibilidad capaz de desconfiar de la consecución de dichos relatos.

Sobre estas verdades universales que afloraban como trasfondo del pensamiento creativo, el arte, para entonces dotado con la capacidad de poder reflejar un orden ecuménico, compartía además la idea de otros patrones predominantes o generalizados, donde se podía encuadrar la belleza con principios objetivos; la proporción y armonía desde la racionalidad y al ser humano como centro del cosmos.

Son cuantiosas y memorables las alteraciones y perspectivas a las que estos cánones se someterían en el transcurso que viene del polo renacentista hasta las líneas postmodernas, y es en ese proceso que la “universalidad” basada en reglas y fundamentos llega a desplazarse de la forma a la experiencia, como lo demostrarían las corrientes vanguardistas; pero tales variaciones encontrarían el punto de inflexión más robusto justo en la dimensión postmoderna.

Para que los artistas tuvieran acceso a tocar las verdades más profundas –desde la base renacentista–, deberían transitar fielmente por la perspectiva matemática, las proporciones anatómicas y la armonía compositiva; el conglomerado de conocimientos en distintos ámbitos que un solo creador podía albergar, tal es el caso de Da Vinci, junto a los centros culturales de poder, ejercían peso para que la denominada población culta de occidente validara su universalidad, compartiendo todos un fundamento común detrás de una realidad inteligible y ordenada.

Los contrastes presentados en épocas posteriores, desvelan de forma gradual, un distanciamiento sobre el ser humano ideal, así notamos en las vanguardias, donde la realidad se transforma hacia experiencias relativas, subjetivas y variables. En tal sentido, los cuestionamientos llegan a girar en torno a cómo se siente existir.

Con esta traslación el arte encuentra además un lugar distinto para la “universalidad”, pues ya no se ocupa este término para focalizar una obra que exprese una verdad válida para todos, sino más bien se visualiza en cómo el artista a través de su creación sigue siendo capaz de interpelar a seres humanos muy diversos. Así, el halo universal que antes se alcanzaba mediante la armonía y una precisión preestablecida llega a ser alcanzable con el soporte de la singularidad.

El movimiento postmoderno llega justo después de esta mudanza expresada en las vanguardias, pero aquí surge una nueva posición: pensadores contemporáneos como Jacques Derrida, Michel Foucault y el propio Lyotard reconfiguran el cuestionamiento sobre quién decide qué es universal, designando que tal término en realidad pertenece a una experiencia europea, masculina, occidental o de determinadas clases sociales cuyas aspas se elevan y se presentan en nombre de toda la humanidad.

De esta manera, aunque seguimos en la trayectoria de un concurso actual que llega a interpelar todo lo precedente, también sucede una coexistencia desde la continuación, transformación y mezcla de estilos sobre la resonancia que suscitan ciertas obras desde el pasado, y la ejecución de una especie de ajuste cultural integral, donde el panorama se acopla a la pluralidad y diversidad de criterios.

Se involucran, además, otras importantes facciones del arte cinematográfico, el diseño, la fotografía, la arquitectura y el arte digital, cuyas capas exploran y experimentan en la actualidad con profunda locuacidad.

Llegados a este punto, en el cual la inteligencia artificial también empieza a denotar un rol multiplicador del arte, se mantienen las reflexiones contrapuestas sobre si la democratización de éste ha rebajado los parámetros de inclusión y en consecuencia se reproduce mucho material vacío, o si más bien la participación de diversos medios, criterios y culturas permitirá vernos desde el futuro, como una escala donde el ser humano llegó a fragmentar su rostro para poder despertar nuevos sentidos y solo así adaptarse a los estribos de un mundo creciente y precipitado.

Notas:

Derrida, J. (1978). Writing and difference. University of Chicago Press.
Danto, A. C. (1997). After the end of art: Contemporary art and the pale of history. Princeton University Press.
Foucault, M. (1972). The archaeology of knowledge (A. M. Sheridan Smith, Trans.). Pantheon Books. Lipovetsky, G., & Serroy, J. (2015). La estetización del mundo: Vivir en la época del capitalismo artístico. Anagrama.
Lyotard, J.-F. (1984). The postmodern condition: A report on knowledge (G. Bennington & B. Massumi, Trans.). University of Minnesota Press.
Shiner, L. (2001). The invention of art: A cultural history. University of Chicago Press.
Benjamin, W. (2008). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (A. E. Weikert, trad.). Itaca. (Trabajo original publicado en 1936).