La distancia que existe entre los términos conciencia y consciencia nos llama a considerar el influjo y manifestaciones que estos vocablos contraen desde ciertos factores externos e internos, donde el primero circunda la cultura, religión, ética y moral; mientras el segundo atiende a una capacidad biológica y cognitiva, pero también existencial. Si queremos referir la percepción que viaja de la “consciencia” a la esfera artística, donde se regula o refleja un aspecto instintivo, nos percatamos también de la importancia de la “conciencia” ya que la acción creativa además se alimenta de creencias escatológicas, interacciones colectivas, señales de la crianza y otros tipos de formaciones culturales.
Al enfocarnos en el pulso creativo, se distingue en la actualidad una diferencia entre el denominado “arte comprometido” y el “arte puro”, pero ambos canales aparecen en un contexto histórico en donde el exceso se ha vuelto norma. Somos multitud sobre un planeta que respira con dificultad. Las armas llegan a ser capaces de borrar ciudades enteras permaneciendo como sombras suspendidas. Los mares y los cielos se dislocan en residuos que no saben desaparecer. Y mientras tanto, el consumismo levanta espejismos donde todo parece tener valor, excepto la vida misma. En medio de esta fase tumultuosa, la indiferencia se instala con facilidad, casi como defensa.
Así, en esta doble apertura, aparecerá para el ojo creador la conciencia: esa sensibilidad que permite percibir lo que muchos esquivan, lo que duele en silencio, lo que se repite hasta volverse invisible. Luego, la consciencia: ese espacio más hondo donde lo percibido se piensa, se desarma, se comprende. Entre ambas dimensiones, el artista deja de ser testigo pasivo y se convierte en voz. No en una que busca alterarse vacía por encima de otras, sino una que resuena de tal forma que llega a incomodar, que insiste en un mundo que aparenta tener más preguntas que respuestas.
En tal panorama es posible referir también el debate que figura ante el ejercicio creativo en diferentes tiempos de la historia. Habrá aquí los artistas posicionados en defender el “arte puro” en donde resuena, por ejemplo, en el siglo XIX el esteticismo del escritor francés Théophile Gautier, arraigando la belleza como único propósito artístico. En esta misma línea el escritor irlandés Oscar Wilde expondría que: “No existen libros morales o inmorales, solo bien o mal escritos”. Ya en el siglo XX, el poeta argentino Jorge Luis Borges rechazaría la idea de que el arte o la literatura deba servir para causas políticas o sociales e incrustaría en su pensamiento escrito, temáticas orientadas a la metafísica: tiempo, infinito, identidad, lenguaje, marcaría bien que la literatura pertenece a la tradición universal más que a la política nacional o que la ponencia escrita es un juego intelectual y estético.
Llegarían también importantes autores que se postulan desde la otra “acera”, cabría acá por ejemplo el escritor ruso Leo Tolstoy, que sostendría un antecedente directo al “arte comprometido” apuntando que una obra sin función ética carece de verdadero valor y que el arte debe transferir valores morales universales. El filósofo francés Jean-Paul Sartre llega a proponer la “littérature engagée” con la clave de que escribir implica responsabilidad histórica y que el escritor siempre toma posición social y política. Es mencionable el poeta chileno Pablo Neruda, quien en su etapa inicial se expandiría en su “poesía íntima” y continuaría hacia su madurez con un verso militante, llegando a afirmar que “el poeta debe hablar por los pueblos” y que “el arte representa un instrumento de justicia histórica”.
Ante este histórico dilema cabrían otros matices, encontrando a autores como Octavio Paz, Julio Cortázar o Albert Camus, que circundan en la idea de que debe haber libertad artística sin perder un sentido de conciencia social, o, que al asentar el arte como una experiencia de libertad que transforma la conciencia humana; esa transformación es, en sí misma, una forma profunda de compromiso.
En muchos rincones del mundo —y especialmente en América Latina— el arte comprometido se convirtió en refugio y resistencia. Cuando la palabra era vigilada o castigada, el arte encontró otras formas de decir. Metáforas, símbolos, cuerpos, silencios: todo se volvió lenguaje para narrar lo que no podía ser dicho de frente. Así, el arte dejó de ser solo contemplación para transformarse en memoria viva.
El arte puro, el cual habita en otro ritmo, no se debe a la urgencia del mundo, sino a la exploración de la forma, del sonido, del color, de la emoción en su estado más libre. Es el gesto que no necesita justificar su existencia más allá de sí mismo. Y en tiempos donde todo parece exigir utilidad, esa gratuidad se vuelve, paradójicamente, esencial.
Es conocido que el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, aparece siempre como una forma de búsqueda, ya sea con un giro hacia afuera, donde posan las fracturas del mundo, o hacia adentro, con los pliegues de la sensibilidad; su función última vendrá a ampliar la experiencia de lo humano. Partiremos pues de la “conciencia” y “consciencia” del artista para fraguar desde sus sensaciones una pausa contemplativa o una escala interactiva en el agitado tiempo que nos toca vivir.















