Teníamos la tradición, mi amiga Nuri y yo, de comenzar el año nuevo en algún lugar del mundo que fuera nuevo para nosotras. Aquel año, nos comentó un amigo que recién venía de haber pasado unos días haciendo el Camino de Santiago y se me encendió la bombilla.

¿Qué mejor que empezar el 1 del año nuevo con esa aventura? Mi amiga pensó que estaba loca: “Irene, ¿en enero? ¿En Galicia? ¿Qué hemos hecho para merecer esto?”. Jeje. Parece que aún la estoy oyendo. Pero al cabo de unos días me dijo: “Quiero hacerlo; nos equipamos bien”. Y eso hicimos. Hicimos una visita a Decathlon y recolectamos ropita térmica de amigos y compañeros con experiencia en senderismo y trekking. De hecho, a una de ellas, al final le gustó la idea y se apuntó.

Nuestro viaje empezó en Madrid, de ahí cogimos un tren con destino a Sarria (Lugo). Como no estábamos muy entrenadas, elegimos una ruta más o menos cortita (6 días de camino). Llegamos a Sarria el día 31 de diciembre, con tiempo para instalarnos, organizar un poco la ruta de la semana y pasar la noche de fin de año en el pueblo. Nos quedamos en una posada preciosa “Albergue A Pedra”. Una casa de piedra con chimenea y en plena naturaleza. No había muchos huéspedes en esa época, pero el dueño, súper encantador, nos recibió estupendamente. Nos dio algunos consejos para el camino y nos contó algunas anécdotas. Da gusto cuando te tratan así. Era la noche de fin de año; fuimos a cenar a un bar cercano que nos recomendó él. Me gustaría que vierais nuestras pintas de esa noche. Rarísimo despedir el año y comerse las uvas oyendo las campanadas en la plaza del Sol de Madrid por la tele vestidas ya de peregrinas. Tened en cuenta que en la mochila sólo cabían dos mudas, así que nada de extras.

Por la mañana del día 1 empezamos a caminar al amanecer. ¿Y por dónde se empieza? Salimos de la posada, nos despedimos y fuimos a buscar la primera flecha amarilla. ¿Cómo? Sí, sí. En el Camino de Santiago no hay mapas, sino que la ruta está trazada con flechas amarillas que te van guiando hacia Santiago de Compostela, donde termina el camino. De repente, te percatas de que están por todos los rincones, edificios, carreteras, árboles... Calculamos rutas de unos 20 kilómetros diarios. Salíamos muy tempranito, al amanecer, para evitar que nos cogiera la noche. Es increíble la sensación cuando empiezas el camino, todo en silencio, ese aire fresco; estás muerto de sueño, pero una vez que pones el pie en el camino, te sientes tan bien, tan libre, tan en paz, que se te olvida. No tienes que preocuparte por nada. No hay teléfonos, no hay tráfico, tienes todo lo que necesitas contigo. Llevas la casa a cuestas. Tienes lo básico, pero todo lo que necesitas. Tú marcas el ritmo. Cada cual sigue el suyo. Ahí estás de verdad contigo mismo. Y es increíble lo que se siente. De verdad que te puedes escuchar, y tú mismo te sorprendes porque te das cuenta de que tienes espacio para darte lo que necesitas.

Conforme íbamos andando, nos encontrábamos con otra gente de todas las partes del mundo. “Buen camino”, nos decían con una sonrisa al pasar, vinieran de donde vinieran. Algunos se te acercaban y en nada estabas hablando con ellos como si los conocieras de toda la vida. Todo el mundo está a flor de piel y se abre mucho. Conoces historias preciosas. Te das cuenta de que cada uno tiene un motivo para hacer ese camino.

El camino es duro; son jornadas muy largas, de esfuerzo físico, en condiciones meteorológicas a veces adversas. Son muchas horas sin saber exactamente cuándo podrás hacer la siguiente parada, encontrar un refugio abierto para calentarte un poco y comer algo. Conforme avanzas, aparecen las agujetas, los calambres y las primeras ampollas. Cuando compartes estos momentos con tu grupo, te unes mucho; es bonito ver cómo la gente se ayuda, comparte lo que tiene, se anima en los momentos bajos y se busca la vida para que todo el grupo tire para adelante. Y también es muy bonito ver cómo la gente de allí valora tu esfuerzo y se vuelca para ayudarte. Te animan cuando pasas por su pueblo, algunos te abren las puertas de sus casas o de sus locales, te ofrecen comida casera, te dan mantas para que comas a gusto mientras ponen tus abrigos y tus zapatos a secar en la chimenea. La comida en Galicia está espectacular. Es potente, se come contundente, porque hay que coger fuerzas. La sopa de grelos, por supuesto, la tomábamos cada noche, riquísima. El pulpo a la gallega súper tierno, que se deshacía en la boca. Y la carne, toda, espectacular.

Cuando empezaba a anochecer, que al ser invierno era pronto, tipo cuatro o cinco de la tarde, buscábamos un albergue para pasar la noche. Normalmente lo reservábamos durante el día, en alguna pausa, para asegurarnos antes de llegar de que había sitio. Pasábamos por el supermercado que hubiera cercano y nos preparábamos algo de cena en la cocina comunitaria del albergue. Allí siempre coincidías con otros peregrinos y la noche terminaba en largas y divertidas tertulias.

Después de días caminando por paisajes de ensueño: bosques frondosos, puentes medievales, aldeas deshabitadas y prácticamente aisladas del mundo “exterior”, llegamos a Santiago de Compostela, nuestro destino. Recuerdo el primer momento en que, allí a lo lejos, vimos “civilización”. Faltaban aún muchos kilómetros, pero a lo lejos, se veía una ciudad. Se nos pusieron los pelos de punta y se nos saltaron las lágrimas. Sé que puede sonar exagerado, pero de verdad que sentimos eso. Habían sido muchos días de esfuerzo; el cansancio apremiaba y en ese momento veías que lo habías conseguido. La entrada a Santiago, sin palabras, la bajada por esa calle empedrada, al son de unas gaitas, recibiendo aplausos y la enhorabuena de toda la gente, que espontáneamente salía de comercios y casas, al estilo de una vuelta ciclista, fue apoteósica. Entrar en esa gran plaza, la famosa Plaza del Obradoiro, repleta de otros peregrinos que se te acercaban y se fundían en un gran abrazo, no tuvo precio. Realmente creo que ha sido uno de los viajes más especiales que he hecho en mi vida.

Llegamos, además, la noche del 5 de enero, una noche mágica en España, porque es la noche en la que los Reyes Magos de Oriente llegan y traen regalos a todos los niños que han sido buenos ese año. Antes de irse a dormir, los reyes salen en cabalgata por las calles para saludar a los niños y les regalan caramelos. Os podéis imaginar, ver esa cabalgata allí en la misma Plaza del Obradoiro, de cuento de hadas. La cabalgata en Santiago impresiona. Ya de noche, con ese decorado, a la luz de las velas, en silencio y un desfile de hadas y gnomos haciendo un espectáculo con pompas de jabón gigantes acompañando a los Reyes Magos.

Esa noche, por supuesto, salimos a celebrarlo. Aprovechamos para pasear por las calles del casco viejo, adornadas con luces navideñas, discretas, románticas. El centro era súper acogedor, pequeñito y lleno de barecitos auténticos y con mucho encanto. Entramos en una pequeña marisquería que encontramos, sólo había una barra y apenas 4 mesas, pero estaba llena de gente. Te encontrabas con gente a la que habías visto en algún momento del camino y luego les habías perdido la pista y allí estaban. Fue una noche muy bonita, tomamos unos vinitos blancos para brindar y nos fuimos prontito a dormir. Para esa noche habíamos elegido un hotel parador a escasos metros de la catedral. Nos dimos ese lujo. Cogimos una habitación para las tres, sin compartir con otros peregrinos como los días anteriores. Era un sitio espectacular, una antigua abadía rehabilitada, con una habitación enorme, muros de piedra y grandes ventanales. Dormimos en unas camas majestuosas como si no hubiera un mañana, después de darnos una buena ducha caliente.

Por la mañana dejamos nuestras mochilas en el hotel y nos dirigimos hacia la catedral. Ese día, había misa, así que era una oportunidad para verla por dentro. Realmente impresionaba, nada más entrar fue como si te teletransportaras. Inmensa, con unos techos altísimos y llena de historia. Te podías imaginar perfectamente la cantidad de personas que a lo largo de los siglos habían pasado por ahí igual que tú y emocionadas, habían llegado a ese lugar sagrado para pedirle a su santo. Y allí seguía él; la gente, conforme iba entrando, hacía cola para acercarse y pedirle su deseo, la razón por la que habían hecho ese camino. Sinceramente, yo no soy religiosa, pero me pareció un momento solemne, imposible para mí no conmoverme. Se nos acercó el cura, debería haber visto que éramos las únicas tres personas en toda la iglesia que íbamos vestidas de peregrinas aún y nos invitó a pasar al altar mayor para escuchar la misa desde ese lugar de honor. Impresionante, allí nos sentamos en ese banquito de madera, en primera fila y justo en el centro de la catedral. Un péndulo gigante, el famoso Botafumeiro, empezó a deslizarse sobre nosotras; iba de un extremo de la catedral al otro, rociando un olor a incienso por toda la catedral.

De verdad, sé que esta no es la forma tradicional de pasar unas navidades, pero para nosotras fue un regalazo de viaje. Nos llevamos semanas después de volver comentándolo. Es un viaje que te hace pensar, que no te deja indiferente y que creo que sí te cambia; es para mejor. Un repaso de lo que de verdad es importante, una lección de humildad recordándote que eres vulnerable y que no pasa nada, que todos lo somos. Un alivio entender que no estamos aquí para competir entre nosotros sino para acompañarnos. Y que ese camino merece mucho más la pena recorrerlo.