
Me crié en un pueblo del sur de España, Sanlúcar de Barrameda, en el seno de una familia acomodada. Fui una niña alegre, dicharachera y coqueta. Me gustaba disfrazarme, actuar y bailar. Hacía mis propios vídeos y actuaba para algunos vecinos y familiares. Me encantaba hablar con todo el mundo, tenía facilidad para ello.
Siempre fui muy familiar; sin embargo, desde siempre me llamaba la atención lo diferente. De ahí que, ya desde pequeña, aprovechara cualquier ocasión para salir de mi pueblo. Iba a campamentos de verano, lo más lejos posible, que mis padres me autorizaban. Pasaba los veranos estudiando inglés en el Reino Unido y conviviendo con familias de la zona. Me apuntaba a los intercambios que organizaba el instituto. Recuerdo cuando cumplí los 18 años. Sentí como si tuviera a partir de ese momento una carta en blanco. Empecé mis estudios en Granada. Decidí estudiar Traducción e Interpretación. Me atraía la comunicación y lo extranjero. Pensé que casaban bien y que esta carrera me abriría puertas. Y así fue.
Me concedieron una beca Erasmus y me fui a Amberes, Bélgica, a cursar el tercer año. Una ciudad increíble y una experiencia inolvidable. Allí empecé a estudiar neerlandés y conseguí mi primer trabajo. Trabajé como camarera y relaciones públicas en un restaurante español. Estaba en mi salsa. Cada noche tenía la oportunidad de hablar con distintas personas. Me pedían consejos para sus futuras visitas a España, se interesaban por conocer nuestras costumbres y sobre todo, se ponían muy contentos cuando podían practicar contigo el español que habían aprendido. Y es que ahí creo que estaba mi vocación, aunque en ese momento no fuera consciente.
Terminados mis estudios en Granada, decidí volver a Bélgica. Durante mi etapa de Erasmus había empezado una relación con un chico belga y decidí empezar una nueva vida allí con él. Empecé a trabajar en turismo, de cara al público. Durante aquella etapa, aproveché para viajar y conocer la zona. Estaba muy integrada en mi familia política, lo que me permitió conocer también el país muy de cerca. Pero pasado un tiempo, decidí volver a España. Me instalé en la Costa del Sol, España. El clima es fantástico y allí acuden muchísimos turistas cada año, por lo que pensé que sería buena opción.
Alquilé una casita en la playa y empecé a montar mi vida allí. Había opciones de empleo y era joven, así que fui probando.
Trabajé para varias empresas extranjeras. Una de ellas, muy interesante, la Clínica Buchinger. Era una clínica de ayuno, donde la gente acudía no exclusivamente ni solamente con el objetivo puramente estético, el de perder peso, sino que muchas veces, la gente necesitaba estos parones, estas desconexiones para hacer un restart en sus vidas o para poder ver las cosas con otra perspectiva. Me di cuenta hablando con pacientes de que muchas veces detrás de un desajuste alimenticio lo que había era un problema emocional no resuelto.
Esta experiencia me tocó, me abrió un poco los ojos. Vi la necesidad de vivir de una manera más lenta, más consciente y con más sentido. Más acorde a lo que uno es y necesita. Comprendí que, si no nos paramos y nos hacemos ciertas preguntas de vez en cuando, no podemos tener claridad para saber adónde queremos ir.
Volví a mi tierra, para mí la familia es muy importante y le di prioridad. Empecé a practicar la meditación y a instaurar hábitos más saludables en mi rutina. Empecé a hacerme esas preguntas y a ir tomando decisiones acordes a las respuestas. Comprendí que tenía la necesidad de comunicar, siempre la tuve, pero de comunicar un mensaje con sentido para mí y que pudiera ayudar a los demás. Ahora colaboro con la revista Meer y me siento muy afortunada de disponer de esta plataforma para poder expresarme.
