La ciencia argentina enfrenta actualmente uno de los mayores desafíos de su historia, debido a que el Estado se ha retirado de sus compromisos con el desarrollo de una ciencia nacional y, por lo tanto, su presupuesto no ha cesado de caer en los últimos dos años. Sin embargo, esta revisión de sus logros recientes permite ver que el país mantiene viva una tradición de ciencia pública, soberana y comprometida con el desarrollo y el bienestar del pueblo.
Actualmente, ser científico, investigador o docente-investigador en la República Argentina es un desafío de grandes proporciones. Esto se debe a que, si bien desde que asumió el actual gobierno nacional se han producido recortes en el presupuesto de diversos sectores del Estado, los fondos públicos destinados a la investigación científica han sido de los más afectados a partir de la asunción de Javier Milei, el 10 de diciembre de 2023. Según datos del CIICTI (Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación), luego de haber sufrido un decrecimiento de 30,3 puntos porcentuales en 2024, se prevé que el presupuesto destinado a la ciencia y la tecnología sufra “una nueva caída: en 2025 perderá otros 25 puntos. Medido en términos reales, esta función (...) completará los primeros dos años del mandato de Javier Milei con un descenso total de 48% de la asignación presupuestaria”1.
Esto quiere decir que el gasto en ciencia pasó de ser el 0,30% del Producto Bruto Interno en 2023 a representar un 0,21% en 2024, y se estima que el derrumbe continuado lo llevará a representar solo el 0,15% del PBI en 2025. Estos valores son aún más bajos que el presupuesto destinado por el Estado argentino a esta área en el año 2002 (0,17% del PBI), cuando el país aún se encontraba transitando los coletazos de una de las crisis más graves de la historia nacional reciente. Para dimensionar la magnitud del ajuste, basta con remitirse a 1976, primer año de la última dictadura militar, cuando estos números representaban el 0,19% del producto total.
El ahogo presupuestario de institutos de investigación y universidades; el manejo discrecional de fondos no solo de origen nacional, sino también de aquellos enviados por organismos internacionales; el congelamiento y la pérdida del poder adquisitivo de los sueldos y estipendios de investigadores, docentes y becarios; las amenazas de cierre o privatización que flotan como un fantasma sobre muchos de los organismos del Estado; la degradación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación a una Secretaría, con la consecuente baja presupuestaria; la no actualización de las líneas de financiamiento otorgadas en años previos; y, entre otros aspectos, la paralización de la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación hacen que la situación general del sector científico y tecnológico en nuestro país atraviese un momento de fragilidad y precariedad tales que muchas voces denuncian que lo que se está llevando a cabo es un cientificidio.
Según datos oficiales del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, organismo dedicado a la promoción de la ciencia y la tecnología en la Argentina), en el año 1985, con el regreso de la democracia en nuestro país, había un número aproximado de 2.000 investigadores e investigadoras activos, cifra que se sextuplica, superando los 11.000 hacia 20202. Estos números varían a lo largo de los años: el ritmo de crecimiento de la dotación se ralentiza entre 1992 y 1996 durante los gobiernos de Carlos Menem, y esto sucede aún más fuertemente de 1997 a 2003, momento que muestra la tasa de crecimiento más baja hasta 2020 (menor al 3% anual).
Dejando de lado los altibajos y años de ajuste, el presupuesto del CONICET creció entre 2002 y 2015 en términos reales a una tasa acumulativa anual del 10,6%. “En el período 2004-2007 (crecimiento del 8,4%) se inicia una etapa de expansión de la planta que por esos años se manifestó con intenso dinamismo, en contraste con los años previos de bajo crecimiento”, proceso que continúa entre 2008 y 2015, con una tasa de crecimiento del 7,5%. Este proceso se ve interrumpido en el período 2016-2020, coincidente con los años de gobierno de Mauricio Macri.
Para simplificar la lectura de los datos, puede observarse la cantidad de investigadores e investigadoras que tenía el CONICET en 1992 (2.854), cifra que asciende en 2015 a 9.236 y alcanza su máximo histórico en 2023, con un total de 12.176 investigadores. Solo hasta septiembre de 2024, el CIICTI registró “una pérdida de 1.055 trabajadores, entre los que se encuentran 598 investigadores de carrera, 457 becarios y personal administrativo”3.
¿Cómo explican los referentes políticos este desguace? En los últimos tiempos se han escuchado voces de personas con cargos importantes en el Poder Ejecutivo Nacional que sostienen que los científicos y científicas deben encontrar sus propias fuentes de financiamiento en el sector privado; que el Estado no destinará presupuesto alguno a las investigaciones que se enmarcan en las ciencias humanas y sociales; que “contar con el organismo gubernamental de ciencia más prestigioso de América Latina no quiere decir que hayamos hecho todo bien, porque si no, tendríamos un índice de innovación muchísimo mayor”. Esta afirmación de Daniel Salamone, presidente del CONICET desde diciembre de 2023, remite al hecho de que, en los últimos años y de forma consecutiva, este organismo ha quedado posicionado en la cima del Ranking Scimago como el organismo estatal más prestigioso de Latinoamérica.
Por estos y muchos más indicadores, la ciencia argentina se encuentra actualmente en uno de sus momentos más críticos y desoladores. A pesar de eso, las universidades, institutos de investigación y laboratorios laten e irrigan solidaridad, tenacidad y trabajo en equipo contra viento y marea, ante la amenaza de la pérdida de la fuente laboral y de financiamiento, y ante el fantasma que este país conoce muy bien: el de la fuga de cerebros. Toda esta enorme labor sucede sobre la base de la tenaz convicción de que sin ciencia no hay futuro posible.
A continuación, se retomarán algunos de los desarrollos de la ciencia argentina producidos en los últimos años, que se espera tengan un gran impacto en la vida de las personas:
El mamógrafo óptico, único en el mundo, que no utiliza radiación y es más preciso y cómodo para la detección temprana del cáncer de mama (CONICET - Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires).
Un polvo basado en enzimas que elimina glifosato de agua y alimentos, mejorando la salud de la población y reduciendo la contaminación (CONICET - Universidad Nacional de Quilmes).
La vacuna “Arvac Cecilia Grierson”, la primera contra el COVID-19 desarrollada en Argentina, que puede exportarse y sustituir importaciones (CONICET - Universidad Nacional de San Martín - Laboratorio Pablo Cassará).
La vacuna contra el Chagas, que se estima podría probarse en humanos en los próximos dos años y beneficiaría a 1,3 millones de personas afectadas (CONICET - Universidad de Buenos Aires).
El lanzador de satélites argentino “Tronador II”, que se prevé esté listo para 2029. De este modo, Argentina se unirá a las 10 naciones que realizan el ciclo espacial completo (CONAE - varias universidades).
El trasplante de intestino en donantes con paro cardíaco (si bien el primer trasplante fue realizado en España, contó con la colaboración de científicos del CONICET).
Un yogur probiótico con Lactobacillus rhamnosus CRL1505 que refuerza el sistema inmune y previene enfermedades intestinales y respiratorias (CONICET - Danone).
La empresa Galtec, que desarrolla tratamientos para el cáncer y enfermedades inflamatorias (CONICET - Universidad de Buenos Aires).
Un tratamiento basado en células madre del cordón umbilical para reparar los riñones afectados en pacientes diabéticos, lo que permite evitar la diálisis y el trasplante (CONICET - Universidad de Morón).
Una herramienta local para la detección temprana del virus del papiloma humano, principal causa del cáncer de cuello uterino (CONICET).
En paralelo a estas innovaciones, la ciencia argentina fue noticia en el último tiempo por haberse viralizado en redes sociales el popularmente llamado “streaming del CONICET”: una campaña submarina histórica liderada por científicos de este organismo a bordo del buque R/V Falkor (too) del Schmidt Ocean Institute, que duró 21 días y se transmitió en vivo y en directo por varias redes sociales, alcanzando casi 18 millones de visualizaciones. Esta campaña fue un éxito de la ciencia nacional, pues se descubrieron 40 especies marinas desconocidas hasta el momento y “una diversidad inesperada de corales de aguas frías en el cañón submarino Mar del Plata, a una profundidad de 3.900 metros”4.
La transmisión de esta hazaña, protagonizada por los propios científicos y científicas que se sorprendían tanto como los espectadores al hallar o recoger un espécimen raro o muy buscado, el diálogo en vivo a través de los comentarios y la posibilidad de ver directamente el trabajo de investigación y compartir las emociones con el público hicieron que esta campaña fuera tema obligado durante días. Las reuniones sociales celebradas en esas semanas tenían el “streaming del CONICET” en una pantalla de fondo, y varias especies de la fauna submarina se hicieron famosas, vendiéndose hoy como íconos de nuestra cultura popular.
Este acontecimiento se suma a los múltiples hallazgos recientes de varias especies de dinosaurios por parte de investigadores e investigadoras argentinos. Por nombrar a los más recientes, en octubre de 2025 un grupo de científicos halló en la precordillera de la provincia de La Rioja el esqueleto casi completo y articulado de una nueva especie de dinosaurio que vivió en el Triásico Tardío hace alrededor de 230 millones de años: el Huayracursor jaguensis. Tambien en octubre de 2025, en un yacimiento en la provincia argentina de Río Negro y en el marco de la Expedición Cretácica I, se halló un huevo con un embrión de dinosaurio que pertenecería a un pequeño terópodo carnívoro que habitaba el sur americano hace alrededor de 70 millones de años. El huevo estaba tan bien conservado que los científicos que se encontraban transmitiendo la campaña en vivo a través de un streaming, se preguntaban con estupor si eso era un fósil. En una divertida anécdota, se puede escuchar a uno de los paleontólogos diciendo, sorprendido: “¿Esto es fósil, chabón?”.
Unas semanas antes, también se había realizado un hallazgo sumamente impactante: en la provincia argentina de Chubut, se encontraron los restos fosilizados de uno de los megaraptor más completos hasta el momento: se trata del Joaquinraptor casali, nombrado así en homenaje al hijo fallecido de Lucio Ibiricu, uno de los investigadores protagonistas de la hazaña. Se estima que estos restos tienen una antigüedad aproximada de 70 millones de años y lo más sorprendente es que aún conservan parte de su última comida en la boca: “entre sus enormes mandíbulas se encontraba el hueso del brazo de un cocodrilo del Cretácico”5. Por otro lado, en el mes de agosto de 2025, a 20 km. de Villa El Chocón, en la provincia argentina de Neuquén, se descubrieron los restos del Campananeyen fragilissimus, un saurópodo de dieta herbívora con la particularidad de tener huesos muy delgados y llenos de aire, una característica que se derivaría de su particular sistema respiratorio.
Y hasta aquí sólo nos hemos enfocado en los hallazgos y desarrollos científicos de las ciencias médicas y físico-naturales. El campo de estudio y reflexión de las ciencias humanas y sociales es muy diverso y rico en el trabajo sobre una gran variedad de temas de enorme relevancia nacional, regional e internacional. No obstante, creo que el argumento principal de este texto ya está claro y no da lugar a dudas: la ciencia y la comunidad científica argentina se caracterizan por su compromiso y solidaridad más allá de los vaivenes en el apoyo recibido por parte del Estado. Aquí lo que prima es la creatividad y la colaboración colectivas que muchas veces deben enfrentarse a la desinversión, la desidia o el ataque directo de los gobiernos que pasan. La ciencia, por el contrario, persiste y resiste.
Y esa capacidad de seguir a veces con muy poco se volvió un gesto político de resistencia y de compromiso con la idea de que el conocimiento es un bien público e indispensable para el desarrollo de los pueblos, pues sin ciencia no hay futuro posible.
Este artículo es la continuación de otro6 en el que comencé a desarrollar algunos aspectos generales que, desde mi punto de vista, permiten caracterizar a la ciencia argentina. Allí se proponía la idea de una tenacidad fundada en la voluntad inquebrantable de investigadores e investigadoras, docentes y personal de salud que, cada uno y cada una desde su lugar, contribuyen tanto a la creación como a la aplicación práctica del conocimiento científico nacional, a pesar de la falta de una política científica sostenida y coherente que siga existiendo más allá de los resultados electorales. Asimismo, allí se mencionaban algunos de los hitos alcanzados por este sector a lo largo de su historia. Esta breve nota es una invitación a la lectura de aquel texto.
Notas
1 El sector científico enfrenta su peor momento en 52 años. CIICTI.
2 Datos extraídos de Evolución de la dotación entre 1985 y 2020.
3 El CONICET disminuyó su cantidad de científicos por primera vez en dos décadas. CIICTI.
4 Finalizó la histórica campaña submarina liderada por científicos del CONICET que emocionó a millones de personas a través del streaming. CONICET.
5 Hallazgo extraordinario: descubren en Argentina un dinosaurio con restos de su última comida fosilizada. Revista National Geographic.
6 La histórica tenacidad de la ciencia argentina. Meer.















