Lo que sigue es la crónica, enviada vía WhatsApp a familiares y amigos, de un día como cualquier otro, pero en el que se produjo uno de los apagones más grandes de la historia de España. Transcribo.
Hola a todos. Ya habrán visto en las noticias el tema, así que simplemente les agrego nuestra pequeña experiencia en las sombras.
Sobre las 12:30 se cortó la luz en nuestro piso (en Hospitalet de Llobregat). Yo recién había vuelto de un ensayo y mi pareja, Olga, estaba con nuestra bebé, Mariana.
Mientras esperábamos pacientemente el reinicio del suministro, unos veinte minutos después, internet dejó de funcionar en nuestros teléfonos, cosa que nos pareció rara. Bajé a la calle a ver si me enteraba de algo.
Decía la gente en el barrio que había habido un apagón en todo el país, que ni internet ni los teléfonos funcionaban, y que se creía que el problema alcanzaba Portugal y partes de Francia, Alemania e Italia, y que tardaría unas treinta horas en solucionarse. La única vía de comunicación con el mundo exterior era la radio.
Es difícil no sentir cierta inquietud frente a tal panorama. En la calle la cosa estaba rara. Muchas personas caminaban como zombis, mirando un teléfono que no respondía. Otros zombis estaban en los bares, tomándose una caña, canchereando y diciendo cosas como: “Qué rápido volvemos al medievo”.
El tráfico vehicular funcionaba normalmente, pero con el extraño detalle de que no funcionaban los semáforos, con lo que la sensación de peligro era patente. Las bocas de metro eran cuevas silenciosas.
Dado que teníamos una bebé en casa, con Olga decidimos aprovisionarnos en el “paki” de la esquina (los supermercados estaban cerrados): comida enlatada, por las dudas, y pañales. Muchos pañales. En el establecimiento las luces estaban apagadas y había algunos vecinos que realizaban compras apresuradas, mientras allegados a los dueños hacían guardia frente al local. Las persianas estaban a medio bajar.
Recuerdo una tarde en Buenos Aires, en diciembre de 2001, unos días antes de que el país finalmente estallara en el caos, mientras salía de la boca del metro en pleno centro. Los dueños de los locales bajaban las persianas para proteger las vidrieras de los ataques de unas hordas hambrientas y destructivas que finalmente jamás se materializaron. La avenida Corrientes se pareció de repente a la calle principal de algún pueblo de un western.
Pero volviendo a Barcelona: sin electricidad, ni las persianas eléctricas ni los sistemas de alarma funcionan, así que la sensación era de leve tensión. El Gobierno anunciaba por la radio que el ejército ya había sido habilitado para poner orden, junto a la Policía.
Rápidamente comprendes que, en un contexto de varios países sin electricidad, sin internet ni teléfonos, todos los cajeros automáticos estarán sin funcionar y las transacciones electrónicas se verán interrumpidas, de modo que la economía retrocede a un estado primitivo. Tener algo de efectivo encima nos fue muy útil.
¿Cuánta gente tiene efectivo en su casa? Pensábamos, sobre todo, en cuánto sería suficiente para funcionar varios días en caso de emergencia, dado que hoy en día cerca del 40% de las compras se hacen con tarjeta.
Tras el “paki” nos dirigimos al chino a comprar unas pilas para surtir el minicomponente que tengo arrumbado en casa, y ya que era imposible usar el bus, fuimos caminando hasta el colegio de Denis (el hijo de Olga) para ver cómo estaba.
La vuelta al siglo XXI nos agarró en el camino, sobre las 16:00, cuando la electricidad volvió de repente. La parte norte de España recuperó el suministro antes gracias al aporte generoso de los franceses, que se pusieron con un par de kilovatios. De modo que merci beaucoup.
El resto tuvo que esperar algunas horas más, pero todo se fue normalizando. En casa, por ejemplo, dijimos fiat lux sobre las 2:00.
En fin, sobre las 16:00 nos instalamos en un restaurante cercano y, una vez allí y recuperada la conexión, en un acto de curiosidad ineludible de todo homo sapiens, me dispuse a buscar los motivos de tal anomalía eléctrica.
El primer ministro de España y la presidenta de la Comisión Europea declararon a coro y con absoluta claridad algo como: “no os preocupéis, no fue un ciberataque”, aunque, claro, siempre cabe la posibilidad de que haya sido un ciberataque.
Un par de reels después de aquella declaración, el CNI (algo así como la CIA española) explicaba que ya estaba tras la pista de varios sospechosos del ciberataque que, probablemente y con toda seguridad, nunca sucedió… aunque nunca se sabe.
Desde otros sectores de la red advertían de la exagerada presencia de bulos y versiones falsas, con lo que al final me dispuse a disfrutar de mis patatas bravas.
Más allá de la manía de preguntarnos las cosas, estamos bien y agradecidos de no ser una de las 35.000 personas que quedaron varadas en un tren en algún lugar de España, de cuyo nombre no se querrán acordar.
Como le pasó al director de la escuela donde trabajo, que tuvo que abandonar el AVE en el que viajaba a Madrid y caminar cuatro horas hasta el pueblo de Calatayud, donde consiguió alojamiento cerca de la medianoche. Otros que no fuimos, por suerte, fueron los 500 barceloneses que estuvieron tres horas encerrados en un ascensor.
De modo que estamos sanos y salvos, contentos tras este breve paseo medieval y con demasiada comida enlatada en la alacena.
Así termina mi relato, al que sumo un breve epílogo:
Comparado con el apagón de la India de 2012, que dejó a más de 600 millones de personas (casi un décimo de la población mundial) sin electricidad, esto no fue nada. Tampoco creo que alcance a tener un lugar destacado en la historia popular, como el que tiene el apagón de Nueva York de 1977, tras el cual fueron asaltadas numerosas tiendas de aparatos de sonido. Según dicen las leyendas urbanas, estos condenables actos vandálicos, resultado de una suerte de venganza popular, tuvieron, sin embargo, un efecto positivo: le dieron un tremendo impulso a la cultura del hip hop.
Leyendas aparte, el director de cine norteamericano Oliver Stone nos deja una posibilidad inquietante en su película Snowden. Hoy en día los servicios secretos de muchos países tienen la capacidad de utilizar los apagones como armas estratégicas, mediante el control informático de las redes eléctricas.
Este breve relato sirve para dar fe de las consecuencias que puede llegar a tener la falta generalizada de energía sobre la civilización.
En fin, querido lector, me voy a apagar algunas luces en desuso en casa y a encender una vela por la paz mundial.















