Aquí no hay moldes ni recetas. Me niego a que estas palabras se parezcan a las de aquellos libros para colorear que nos regalaban cuando éramos pequeños, donde se debía seguir sin desvíos los colores del modelo. Por eso, solo comparto una partitura abierta, un sendero posible en el que cada docente, cada lector, encontrará –con su ritmo y su voz– su propia melodía.
Dejo caer mis reflexiones, poemas e ideas como si fueran los guijarros –o miguitas de pan, según la versión del cuento infantil que leamos– con las que Hansel y Gretel intentaron dibujar las huellas de su recorrido (aun cuando, luego, apenas sirvieran de alimento o distracción para los pájaros).
Creo que, del mismo modo, puede ocurrir que el fruto de nuestras acciones no sea inmediato, ni idéntico al que habíamos imaginado. Sin embargo, confío en que, mientras tanto –lejos de desaparecer o entorpecer la travesía– esas piedritas que titilan como parte del paisaje, nutran otras búsquedas, inspiren otros pasos, enciendan otras miradas…
Me gusta pensar que, si le ponemos corazón a lo que hacemos, hasta los cantos rodados se transforman en semillas capaces de florecer en otro tiempo y en otro suelo. Entonces, tal vez, el camino ya no sea uno (el del autor, el lector, el maestro o el estudiante), sino el principio de un infinito viaje de aprendizaje recíproco.
La mochila de emociones
Cada niño o adolescente llega al aula con una historia. En ocasiones, esa biografía está opacada y atravesada por ausencias, desconciertos o silencios. Lo académico no se edifica al margen de lo emocional. Enseñar, en estos casos, implica cuidar: contemplar esa mochila invisible y atenderla, sin juzgarla, creando las condiciones para que –al menos por un rato– su carga se aliviane y un nuevo vuelo sea posible.
El docente también asiste con su equipaje: experiencias previas, heridas, deseos, vocaciones. El encuentro pedagógico ocurre entre dos humanidades complejas, ambas en construcción.
Es necesario poner en valor la conexión docente-estudiante como espacio de humanidad compartida donde la empatía es esencial. Sin vínculo, no hay aprendizaje profundo. Nadie aprende bien si no se siente visto, tenido en cuenta y respetado.
Una apuesta por la empatía
La empatía y la expresión emocional conforman un círculo virtuoso. Dicha capacidad de compartir los sentimientos de los demás facilita una comunicación más clara y efectiva. Esto, a su vez, permite manifestar nuestras propias emociones de forma más consciente, abierta, honesta y precisa, evitando malentendidos o conflictos innecesarios.
La demostración saludable de emociones como la alegría, la tristeza o la ira, nos ayuda a dar a conocer nuestro mundo y a tender puentes hacia los otros. Cuando vemos a alguien poner en palabras o gestos lo que siente, respondemos con mayor sensibilidad, conectamos a un nivel profundo y la emoción se convierte en encuentro.
La empatía, además, fortalece nuestra autoconciencia emocional: al identificar y gestionar nuestras propias emociones con eficacia, logramos mostrarlas sin máscaras y tejer amistades más sólidas.
Aulas Emocionalmente Saludables (AES)
Las actividades propuestas para comprender esa mochila de emociones convocan a la reflexión crítica colectiva y promueven un entorno seguro, armonioso y empático: ese es el espíritu de un Aula Emocionalmente Saludable (AES), donde se fomentan competencias de inteligencia emocional mientras se practican.
En un AES, se proponen tareas que promuevan la introspección, el intercambio, la autonomía, la creatividad, el sentido del humor, las actitudes éticas y la capacidad de iniciativa, con el objetivo de labrar lazos y proyectos auténticos, a la vez que se desarrolla una autoestima consistente.
No olvidemos que, si las estrategias de educación emocional se implementan con compromiso y continuidad, las transformaciones suceden. No solo consiguen mejorar el diálogo con los estudiantes, sino que son aliadas en la prevención del bullying –así como del agotamiento o burnout docente– haciendo del aula un espacio donde aprender significa encontrarse, cuidarse y crecer.
Un proverbio africano dice que “para educar a un niño hace falta una tribu entera”. Esta idea de comunidad educativa, en contraposición a la soledad, está presente en cada AES. Por eso, cuando brindo talleres de habilidades socioemocionales en colegios, nunca me despido sin haberle preguntado a cada participante qué desea agradecer a sus distintos compañeros de ruta –colegas, directivos, estudiantes, familias, referentes– con quienes se han cruzado gracias a su maravillosa labor.
En las AES, la búsqueda de una convivencia fructuosa se apoya en la sincera curiosidad por el otro: ¿Cómo se siente? ¿Qué le gusta? ¿Qué le preocupa? Por lo tanto, se les explica a los chicos que, si bien en la mayoría de las situaciones, no tenemos la facultad de cambiar los hechos (ni sus causas, ni sus consecuencias lógicas), podemos elegir cómo reaccionar ante ellas.
Creo que enseñarles a advertir, antes de tomar una decisión al respecto, que sus elecciones afectarán a otros –dejando una huella agradable o, por el contrario, una cicatriz–, representa una de las lecciones más útiles y valiosas que podamos entregarles jamás.
Referencia bibliográfica
Vázquez, Silvia Gabriela. (2026). Mochila de Emociones: Propuestas para una educación emocional. Buenos Aires, Nova Rhoman.















