Debo confesar que he sorprendido a mi mente fantasear (quizás demasiadas veces) con la idea insólita de que, por razones inesperadas, internet pudiese acabarse de un momento a otro. Imagino que dejara de funcionar a nivel mundial y se desatara una gran tormenta solar nunca antes vista, o que un impacto astronómico produjera una gran catástrofe específicamente sobre la red internacional. Sé que esto para algunas personas es impensado, pudiendo transformarse en algo aterrador que muchos relacionarían incluso con el fin del mundo y posiblemente por qué no decirlo, con una invasión zombi, bueno eso último es broma… pero quizás no tanto.
Aunque este pensamiento pudiera parecer muy fuera de todo, estoy segura que posiblemente varios de los que estén leyendo hayan soñado alguna vez con algo similar, seguramente no todos con la misma intención, pero más de alguno pueda sentirse identificado con las razones de esta fantasía loca aquí expuesta.
El escritor y profesor de informática Cal Newport menciona en su libro “Minimalismo digital” que vivimos en una era de sobrecarga tecnológica, expuestos constantemente a estímulos digitales de diversa índole, que fragmentan nuestra atención y debilitan nuestro pensamiento profundo. Si bien es fácil entender a lo que se refiere el autor y probablemente muchos ya los hemos notado en nuestra propia vida, ¿por qué entonces nos cuesta tanto dejar de consumir hambrienta y deliberadamente este exceso tecnológico?, ¿por qué visitar redes sociales, mails, revisar mensajes de WhatsApp y otras aplicaciones pareciera dominar más nuestro tiempo de lo que quisiéramos?
Lo que en algún momento fue novedoso y se maquillaba como la estrella de la noche para solucionar y facilitar la vida, poco a poco, y a un paso más rápido de lo que imaginamos se ha ido transformando en un grave problema para la humanidad. Si bien la tecnología ha introducido muchas herramientas de ayuda, en la actualidad pareciera ser que su buen uso se nos fue de las manos. Más aún hoy con la llegada de ChatGPT y la IA que ha puesto a nuestro cerebro en un estado de hipervigilancia, donde por una fracción de segundos disfrutamos alguna imagen o video, pero al segundo siguiente pensamos, “esto no parece real, debe ser IA”.
Vivimos en un estado de alerta constante, donde nos vemos obligados a responder a lo inmediato, pero que no necesariamente es importante o trascendente. Nuestro sistema nervioso pareciera estar activado de manera regular, pero ya ni siquiera lo percibimos porque una falsa percepción de normalidad lo cubre todo. Vivimos con ansiedad, con más información en nuestra mente de la que podemos digerir, cansados y con una constante sensación de culpa por no dar abasto para responder todas las notificaciones de WhatsApp, mails, chats o redes sociales.
A esta altura del partido, sabemos claramente que las redes sociales no albergan un misterio bondadoso en sus bases y que Silicon Valley no es el lugar donde se trabaja por el bienestar integral del alma humana, claro que no, este famoso núcleo de la innovación y tecnología ha experimentado abiertamente con nuestras mentes, emociones y deseos, y nosotros lo hemos permitido ciegamente, y ahora, lo seguimos haciendo, pero conscientes y con los ojos abiertos.
Tan parte hemos sido de esta relación disfuncional, que no hemos sido capaces de ver las Red Flags y nos hemos entregado abierta y crédulamente a sus placeres, proporcionándoles toda la información necesaria para que puedan saber con qué alimentarnos y de qué forma hacerlo. Los algoritmos y sus instrucciones mágicas nos muestran el camino a seguir y que consumir, alimentándonos con una buena cuota de dopamina para que siempre deseemos más y más.
La receta funciona tan bien que cada día los chefs de Silicon Valley parecieran más expertos en crear nuevos y llamativos menús, convenciendo a sus clientes de que necesitan ese tipo de alimentos.
Sin embargo, no podemos culpar del todo a internet, ni tampoco simplificar todo su uso netamente a las redes sociales, es solo que en nuestro cotidiano, su función más visible se limita a este tipo de herramientas y es donde también, por la falta de educación tecnológica podemos ver más daños provenientes del uso dilatado de este. Por lo mismo, creo que es siempre bueno recordar viejos refranes y volver a darle una vuelta a aquel que dice “si no pagas por el producto, entonces el producto eres tú” Así que pensemos bien qué tipo de información estamos regalando a las redes y cómo ellos pueden beneficiarse con esto manteniéndonos frente a la pantalla más tiempo del que queremos, debemos y necesitamos.
Recordemos que un estado constante de alerta a estímulos como el que nos generan las redes sociales, limitan grandemente nuestra capacidad de pensar y reflexionar. La atención es un recurso finito y cada vez que nos distraemos con alguna red social, por insignificante que parezca, le estamos restando a nuestra mente concentración y pocas posibilidades de pensar profunda y sensatamente.
En fin, mi deseo fantasioso de que se acabe la internet y ser una fiel representante del neoludismo, no es pensando ciertamente en todos los males que esto pudiese traer a nivel mundial, si no es el deseo honesto de un corazón que desea aquietarse, es el grito desesperado de un alma que no fue creada para esto y que se golpea inquieta dentro de nuestro ser recordándonos que fuimos hechos para una vida real.
Parte de nuestra identidad está elaborada para estar en contacto con otros, para conversar mirándonos a los ojos, para sentir y escuchar las alegrías y tristezas de un otro, para observar y deleitarnos conscientes en una creación hermosa que nos habla por todas partes de un Creador, un Creador que puso eternidad en tu corazón y que se sacia con cosas mucho más perpetuas que las que te ofrece internet.
“Las cosas terrenales no llenan un corazón que fue hecho para el cielo” decía C. S. Lewis, así que si a veces, el vacío que te queda después de hacer scroll infinito es demasiado latente, puede ser un recordatorio de que tu alma necesita un alimento que sacie abundantemente tu necesidad de lo eterno.















