Era mediados de marzo y en la mesa del comedor de mi casa comenzábamos a hablar sobre un posible cambio de casa. No tenía claro qué iba a pasar, pero esta vez era cierto que una cuenta regresiva empezaba.
Visualizaba cómo sería mi vida viviendo sola, ya que eso era lo que en mis planes estaba. Empecé a buscar alquileres y sí que había de todo, solo me hacía falta lo más importante: dinero suficiente.
Una mudanza conlleva muchos gastos. También contemplaba el hecho de que necesitaría comprar cosas como una refrigeradora, una lavadora, etc. Sin embargo, hice cuentas y sabía que sí iba a poder lograrlo.
Ya viéndome tan cerca de un hecho que no podía detener, la melancolía se apoderó de mí. Veía la casa que por cinco años nos acogió y sentí mucha tristeza. Me preguntaba: ¿por qué me tengo que ir de aquí?
Era contradictorio porque ya lo había analizado con mi fiel amigo ChatGPT y me había dado más de diez razones de por qué ya era hora de crecer, de salir del nido, pero ahí estaba yo, pensando una cosa diferente cada hora. Cada último minuto en la casa lo sentía con mucha nostalgia y tratando de llevarme todos los recuerdos posibles.
Tanto fue así que no empaqué mis cosas sino hasta el mismo día de la mudanza. Exactamente dos horas antes de que llegara el camión yo estaba guardando todo. Cabe aclarar que no tenía mucho que llevar y eso me ayudó.
Lo cierto es que no podía demostrar mi tristeza tal cual. Mi rostro expresaba resignación y enojo, no por el cambio en sí, sino porque sentía un poco de desorden en mi vida. No sabía qué iba a ser de mí, cómo sería vivir lejos de mi mamá, entre otros temas.
Pero las cosas seguían tomando giros inesperados. Al principio mi idea era irme a vivir sola, pero luego se dio una oportunidad de compartir el alquiler con mi hermana menor, entonces ya no estaría sola sino en compañía.
La relación con mi hermana es regular y sí tenía miedo de que no pudiéramos convivir, pero la situación económica nos hizo dejar nuestras diferencias de lado para apoyarnos en esta etapa que nos beneficia a ambas.
Hago un paréntesis necesario para contarles un poco de mi hermana. Ella es estilista, estudió color y corte en Argentina y es muy buena en su trabajo, entonces un día decidió renunciar a su trabajo para empezar su propio estudio de belleza.
Por esa razón fue que alquilar un departamento que además de ser vivienda fuera su lugar de trabajo fue la mejor idea posible y la admiro mucho por eso. Yo no hubiese sido capaz ni de la mitad de lo que ella ha logrado, pero es así, somos diferentes y eso es lo que nos hace únicas.
Continúo contándoles de mi cambio de casa. Entonces, apenas me cambié, la locura de una Jack Russell llamada Mili fue quien me recibió a toda prisa moviendo su colita. Los días junto a mi hermana y la pequeña cachorra transcurren sin problemas.
Nos apoyamos en lo que podemos, no peleamos y eso nos hace bien porque siempre he pensado que la paz es más que necesaria cuando trabajas brindando un servicio.
Este nuevo hogar se siente cálido y apacible, aunque a diferencia de mi antigua casa aquí hay mucho ruido de ciudad, pero es algo con lo que se puede lidiar. Extraño a mi mamá, me hacen falta sus comidas, sus conversaciones largas o simplemente verla sentada en el mueble viendo las noticias.
Mimi, mi mascota, se quedó con mi mamá. Ellas también se mudaron a un lugar más pequeño, ya que ya no era necesario vivir en una casa tan grande. Ahí se quedaron cinco años de nuestra historia, de cosas buenas y no tan buenas que nos tocó vivir como familia.
Pensé que iba a llorar mucho y que no me iba a acostumbrar. Sí lloré, pero tal vez un par de veces. Los primeros días fueron los más difíciles, pero hoy en día me siento bien, sabiendo que cuando sea el momento de mudarme sola estaré más que preparada.
Algo que noté hace unos pocos días es que yo venía cargando con una maleta de recuerdos, ideas y pensamientos que me agobiaban y que aparecían justo cuando iba camino a mi antigua casa, y ahora ¿saben qué? Ya no están, ya no recuerdo nada y creo que eso es mi memoria sanando.
No me imaginé este regalo del cielo. El hecho de deshacerme de recuerdos que siempre me ponían triste es lo mejor que me ha pasado este año. Camino acá, a mi nuevo hogar, pienso en el trabajo, en lo que me espera en la noche, en el gym, en si iré a la clase de bailoterapia o no. Entre cosas triviales que me alegran al contrario de entristecerme.
Y aún hay muchas cosas que quiero incorporar en mi nueva rutina. Vivo en un sector muy comercial y hay tanto por hacer por aquí, como clases de defensa personal, piscina para aprender a nadar por fin y, algo muy importante, una iglesia. Tuve un quebranto en mi fe por muchas situaciones y creo que es tiempo de volver a lo único que me devuelve la paz y la alegría de verdad.
Soltar, cambiar, ser paciente y esperar son cosas que aprendí sin pedir este último mes. Mi consejo para ti hoy es: los cambios, aunque duelan al inicio, muchas veces terminan trayendo cosas buenas. Hay partes de nosotros que necesitan morir, como esos recuerdos que nos restan. No te resistas a soltar y empezar de nuevo, porque nunca sabes cuántos regalos del cielo están esperando por ti.
Gracias por leer, amigos. Desde un rincón de Suramérica se despide una recién cambiada que extraña a su mamá y a su mascota, pero que conoció a una versión de sí misma que ahora disfruta mucho.
Con amor,
Paola















