Es un nuevo año y, con él, llegan pensamientos, sensaciones y emociones que inevitablemente nos invitan a mirar hacia atrás.

El 2025 fue para mí un año de grandes aprendizajes, de lecciones profundas que me confirmaron algo esencial: solo Dios tiene el control de todo. Cuando pones tu vida en Sus manos, tu tarea es hacer lo que te corresponde… y confiar.

Si tuviera que resumir ese año en pocas palabras, diría que estuve perdida. No lograba reconocerme, dudé de mí y de mis propios sentimientos, llegué incluso a invalidarlos, creyendo más en lo que otros interpretaban sobre mí que en mi propia voz. Fue entonces cuando decidí iniciar terapia y enfrentarme a mis miedos. Ese proceso me llevó a hacerme preguntas poderosas, incómodas, necesarias. Preguntas que, por primera vez, me permitieron conocerme de verdad y ser consciente de lo valiosa que soy.

De ese camino surgió también una decisión difícil: mi separación. Sentía que me estaba estancando en una relación que, desde mi perspectiva, no tenía futuro. Al tomar distancia, experimenté una sensación de libertad, como si por fin pudiera explorarme sin esperar la aprobación de nadie. Con el tiempo entendí algo revelador: esa libertad siempre había estado ahí; eran mis creencias y temores los que me impedían verla.

Decidí entonces seguir mi intuición y enfocarme en mi emprendimiento. Al inicio era solo entusiasmo, ideas sueltas, muchas ganas y poca estructura. Pero al detenerme a escucharme, a ordenar mis pensamientos y a preguntarme qué quería realmente, todo empezó a tomar forma. Comprendí que mi propósito no era únicamente generar un sustento económico, sino ofrecer algo más profundo: valor, acompañamiento y bienestar. Así como el crochet me ayudó a escucharme y a crear espacios de autocuidado, supe que podía ser una herramienta para que otras personas encontraran calma y conexión consigo mismas.

Tras varios meses poniendo en marcha este proyecto, rodeada de personas que han aportado enormemente a su crecimiento, hoy me siento tranquila, agradecida y llena de nuevas ideas para iniciar este 2026 con ilusión. En el ámbito personal, también se dieron cambios importantes: comencé a diseñar mis rutinas matutinas en función de lo que realmente importa para mí, soltando hábitos que antes creía necesarios, pero que ya no me aportaban.

Aprendí, como dicen por ahí, que nadie es indispensable ni necesario para nadie. Empecé a sentirme plena y autosuficiente. Dejé de buscar aprobación externa y aprendí a escuchar, tomando solo aquello que me suma. Entendí que cada persona habla desde su propia historia, desde su observador, y que todas las realidades son distintas.

Durante mi etapa de “soltera” —porque nunca firmamos un documento que certificara lo contrario— me regalé tiempo de calidad: salí con amigas con quienes antes no lograba coincidir, compartí más con mi familia, conocí nuevas personas y me hice una promesa firme: no dejar de priorizar estos espacios, pasara lo que pasara. Porque el tiempo compartido es un regalo que no siempre sabemos si podremos repetir.

Diciembre fue un mes de pausa. Viajé, compartí con mi familia y me desconecté de mi rutina en Colombia. Ese descanso, curiosamente, me reconectó con una etapa importante de mi vida: mi experiencia como migrante en Nueva Zelanda. Volví a sentir la seguridad de caminar sola por la noche, la emoción de explorar nuevos lugares, de comunicarme en inglés, de recordar a la mujer que fui y que disfrutó intensamente ese proceso, siempre acompañada por personas que hicieron el camino más amable.

Aunque algo parecía incompleto, mi esposo estuvo presente durante todo ese tiempo, incluso a la distancia. Me apoyó económicamente para el viaje y mantuvimos una relación basada en la amistad y el agradecimiento mutuo. Antes de viajar, conversamos con honestidad, abrimos nuestros corazones y reconocimos que ambos habíamos querido lo mejor para nuestra relación, pero que la falta de comunicación nos llevó a construir versiones equivocadas de nuestro matrimonio.

Decidimos volver a intentarlo. Empezar de nuevo. Esta vez desde un lugar más consciente, con amor, pero también con diálogo, límites y acuerdos claros. Quiero creer —y creo— que podemos reconstruir con bases más sólidas.

Así fue el año que se fue. Un año en el que hice cosas que jamás pensé que sería capaz de hacer. Incluso atreverme a escribir para una revista. Nunca imaginé que la escritura, además de sanarme y ayudarme a comprenderme, me abriría este espacio.

Gracias por leerme. Si te identificas con alguna de estas “locuras”, quiero recordarte que todos podemos lograr grandes cosas cuando nos lo proponemos. Siempre habrá —si crees en Dios— un cuidador arriba que abre puertas y nos da la seguridad necesaria para avanzar. Este año vienen grandes oportunidades. Ya di mis primeros pasos creando contenido para La Hebra Interior, y confío en que llegaré a muchas personas que, como yo, están en el camino de descubrirse y reencontrarse consigo mismas.