¿Se han dado cuenta de que, cada vez que alguien muere, junto con la pena y las palabras de consuelo dirigidas a la familia, casi simultáneamente alguien da a luz o está por nacer un nuevo ser humano?
Como si la vida tuviera un equilibrio silencioso que se encargara de llenar los espacios que deja la partida de otros.
En lo personal, y a mis 36 años, he podido observar este fenómeno en varias ocasiones, tanto en personas cercanas como dentro de mi propia familia.
Y es entonces cuando se desarrolla en mí una teoría: quien se va deja espacio para quien llega.
Como si, de alguna manera, la vida necesitara que una silla quedara libre para que alguien más pudiera ocuparla.
Ayer conversaba con una amiga acerca de su terapia matrimonial.
Para darles un poco de contexto, ella es una mujer de mediana edad, en mi percepción atractiva, carismática, inteligente, extrovertida, buena madre y muy trabajadora.
Tiene algo especial, y es que su carisma es capaz de conquistar y llamar la atención de hombres y mujeres.
Ella se abre camino siempre en cada lugar al que va, y estoy segura de que quien no la conoce, después de interactuar unos pocos minutos con su personalidad, seguramente queda con ganas de convertirse en su amigo o amiga.
Pero ya hace unos meses que este carisma del cual les hablo se ha ido apagando.
Se la nota más callada, menos interesante en su andar, menos chistosa de lo habitual.
Su sonrisa ya no es amplia y sus ojos no brillan tanto.
Ella vive un matrimonio de muchos años donde goza de la cobertura económica que cualquier mujer desearía tener.
Tiene un esposo que cubre muchos gastos y es un excelente padre.
Y aunque ella es productiva y le va muy bien por sus propios medios, tiene el privilegio de poder descansar bajo la proveeduría de un hombre en casa.
Y aquí muchos podemos decir:
¿Y entonces cuál es el problema?
Al parecer lo tiene todo.
Ella no es feliz.
Ese mismo hombre que cubre todos los gastos y le brinda seguridad económica es el mismo hombre que la convierte en la mujer más insegura del planeta en cuestión de amor, ya que jamás salen palabras de su parte que le hagan sentir que la ama.
Y son ya muchos años de lo mismo.
Ella se encuentra en un punto donde se cuestiona:
¿Vale más sentirse cubierta o sentirse amada?
Y ha venido peleando por lo segundo, intentando que él reaccione.
Aunque ella me ha confesado que hace muchos años ya no lo ama.
Él sigue en casa y no quiere perderla, pero se niega a demostrarle amor.
Lo peculiar del asunto no son sus problemas de pareja, que, siendo honestos, podríamos decir que se trata de una historia que, por extraño que parezca, muchos viven o han vivido en carne propia.
Más allá del conflicto de un matrimonio en un punto de fricción, me llama la atención lo que a continuación te voy a narrar.
Coincidimos en un café para hablar de la vida, como acostumbramos las mujeres que necesitamos desahogarnos para seguir representando bien al género.
Y en ese instante, ella me confiesa que no soportaría la idea de que su pareja dejara de intentar recuperarla. Mientras hablaba, observé una transformación inquietante.
Su expresión cotidiana, dulce y serena, se volvió hostil.
Frunció el ceño solo al imaginar la posibilidad de que otra mujer, otra familia o una nueva vida ocupara el lugar que alguna vez fue suyo.
Su voz cambió.
De ella emergieron sentimientos de odio, rencor e impotencia.
Pronunció frases estremecedoras, asegurando que antes de permitir algo así sería capaz de matarlo a él, a una futura esposa e incluso a los hijos que pudieran tener juntos.
Mientras lo decía, ni siquiera me sostenía la mirada.
Observaba fijamente un punto perdido en el espacio, como si durante breves instantes construyera ese escenario en su mente y lo declarara absolutamente inaceptable.
En aquel momento comprendí que no estaba viendo a la mujer que conocía.
Estaba viendo a alguien aferrándose desesperadamente a una silla que había ocupado durante años, negándose a imaginar que algún día pudiera pertenecer a otra persona.
Y entonces, dejando inconclusa su historia para la imaginación del lector, me cuestiono:
¿Qué sucede con esos lugares que creemos irremplazables?
El puesto de trabajo que hemos ocupado durante años, donde estamos convencidos de que nuestras capacidades son excepcionales y de que nadie podrá alcanzar nuestro nivel.
El título de mejor amiga, cargado de exclusividad y pertenencia.
El puesto de hijo favorito.
La competencia silenciosa entre hermanos por convertirse en el más amado o el preferido.
O el papel de novia, en el que nos hicieron sentir que éramos el amor de la vida de alguien y, después de una ruptura, nos convertimos simplemente en una exnovia: un recuerdo más en un libro que ya fue cerrado.
Pienso también en el día inesperado en que ese ser humano que sentimos exclusivamente nuestro por los lazos de sangre, un hijo, nos dice durante el desayuno que también llama "mamá" a su madrastra.
Y entonces descubrimos que incluso aquellos títulos que considerábamos imposibles de duplicar pueden compartirse.
El miedo, la frustración y el enojo suelen aparecer cuando sentimos que estamos perdiendo un lugar.
Muchas veces esos nombres, títulos o posiciones terminan convirtiéndose en nuestra identidad.
Nos brindan seguridad, reconocimiento y una cómoda sensación de pertenencia.
Sin embargo, lo único verdaderamente cierto es que algún día todos tendremos que abandonar un lugar en este mundo para que otro ser humano pueda ocuparlo.
De la misma manera que nosotros tuvimos una oportunidad de existir, otros la tendrán después.
La vida necesita espacios disponibles para continuar avanzando.
Quizá esa sea parte de su lógica más simple y más perfecta.
Por eso llego a una conclusión que, aunque difícil, me parece necesaria:
Debemos aprender a soltar la idea de posesión sobre las personas, los lugares y los títulos.
Por muy nuestros que los sintamos, nada nos pertenece realmente.
Lo valioso no es aferrarse a la silla, sino disfrutar el privilegio de haberla ocupado mientras fue nuestro tiempo.
Amar lo que hacemos, lo que tenemos y a quienes nos rodean sin intentar convertirlos en propiedad.
Porque al final, lo único verdaderamente nuestro es el abrazo que nos damos a nosotros mismos y el amor que cultivamos hacia la esencia de quienes somos.















