Mientras empiezo a escribir, la canción “How Deep Is Your Love” me acompaña al salir de la oficina. Árboles de distintas gamas de verde bordean el camino y el cielo despejado indica que, tal vez, hoy no llueva.
Hoy el trayecto será más cómodo. Me movilizo en un taxi porque el día resultó más largo de lo que planeé y el trabajo me hizo quedarme un poco más. Mi estómago hace un ruido que reconozco con total claridad: es hambre.
El trabajo que realizo requiere constante interacción, tanto en la oficina como de manera remota, siendo creadora de contenido independiente. Por eso, hablar de calma no es algo muy común en mi día a día.
Empiezan a caer las primeras gotas. El clima es impredecible; fallé en mi predicción. Como aún estoy lejos de casa, solo queda esperar si la lluvia me acompaña hasta llegar.
Bebo agua, mucha. Alivia el estómago vacío. No calma el hambre, pero me tranquiliza. En la oficina me limito con el agua porque el frío y beber en exceso no son buena combinación.
Huele a café… o a tierra mojada. No logro identificarlo bien. Atravesamos un sector industrial, pero ya imaginé a qué sabe ese olor: tal vez a un cake de chocolate y una taza de café caliente.
En mi lista de reproducción suena Harvest Moon de Neil Young, una de mis canciones favoritas. La canto mientras intento no entristecerme por los recuerdos que pueda traer.
Mi mente propone hacer un recuento del día: cosas que salieron bien, otras en las que perdí la paciencia pero supe controlarme. Después de todo, fue un buen día.
Ya estamos cerca. Pasamos por la entrada del antiguo barrio donde vivía. Siempre miro por si reconozco a alguien; a veces sucede, y con eso llegan recuerdos inesperados.
El conductor pide permiso para pasar por la gasolinera a cargar combustible. Le digo que sí, sin problema. La publicidad de unos sándwiches aviva mi hambre. Fantaseo con bajarme a comprar uno, pero no: estoy intentando comer más sano.
Por este sector no llueve. El cielo está oscuro, pero no tengo problema con la lluvia. Si me toca mojarme —porque olvidé el paraguas—, que así sea.
Veo a una pareja abrazarse en la calle y sonrío. Me gusta ver a la gente expresar cariño de forma espontánea. Detrás, una señora corre —casi en cámara lenta, pero corre— y solo pienso: quiero ser así a esa edad.
Tomamos el atajo del camino culebrero, con vegetación espesa a ambos lados. Para algunos da miedo; a mí me hace sentir que llego al campo, a mi rancho, lejos del ruido y más cerca de la naturaleza.
Busco al caballo que suele estar en un terreno baldío, pero no lo veo. Avanzamos un poco más hacia la civilización y ahí está: subiendo una vereda, como si fuera un perro callejero.
Gente haciendo fila para comprar pan caliente de la tarde. Se me antoja un pan dulce con una taza de café con leche.
Y, como ya había anunciado la lluvia, dos cuadras antes de llegar a casa empieza a caer. Me mojo un poco, lo suficiente para activar el frizz en mi complicado cabello rizado.
Los ladridos de Mimi y Mili me reciben. Hago los malabares de siempre para evitar que Mili salga corriendo. Logro cargarla en brazos y, mientras Mimi orina afuera, recibo los lamidos de mi inquieta cachorra.
Así transcurre el trayecto hasta llegar a casa: entre recuerdos, aromas y canciones que me roban suspiros y me hacen soñar.
Me considero fan de fijarme en los detalles que me rodean, sobre todo en aquellos que me transmiten paz: los árboles, el cielo, o simplemente disfrutar de un sorbo de agua.
La rutina diaria nos exige mucho: cumplir con esto y aquello. Es bonito sentir que podemos con todo, pero no hay mente que resista sin descanso, sin pausa, sin momentos de calma.
Querido amigo lector, ¿Has identificado que es eso que te trae calma en tu diario vivir?, quizás la música, hablar con un amigo, escuchar un podcast, son muchas las actividades.
En ocasiones la rutina nos hace olvidar esos detalles que nos pueden traer algo de sosiego y que tan bien nos hacen para mantenernos estables y bajar un poco las revoluciones.
Aprendemos a valorar la calma y no solo a vivirla de manera personal sino a compartirla, porque las personas si lo perciben y en ocasiones agradecen que les transmitas esa serenidad que te acompaña.
Hoy contempla más, aprecia la naturaleza, toma un poco más de agua, fíjate en esos detalles que tal vez siempre están ahí, pero hoy es tiempo de que los abraces para ti.
Tal vez el secreto esté en eso: aprender a mirar más, a habitar el trayecto y a permitirnos esos instantes en los que no hace falta llegar a ningún lado.
Con amor,
Paola















