Primera entrega de este cuento dividido en cuatro actos –El prejuicio; El misterio; La injusticia y El mensaje–, que narra los malentendidos a los que se enfrenta un enigmático personaje al llegar a un puerto (cuya ubicación geográfica desconocemos), portando un mensaje críptico. El viaje de “Otro”, tal es el nombre del protagonista, simboliza la lucha por el entendimiento, la empatía y la inclusión en una sociedad marcada por la discriminación y el temor frente a lo desconocido (es decir, aquello que considera distinto). A lo largo de su travesía, el misterio se va dilucidando, dejando a la vista tanto las costuras de la intolerancia como el impacto sanador del lenguaje cuando se presenta envuelto en una de las capacidades propias de la poesía... brindar cobijo.

1° acto: El prejuicio

Llegó nadando, desahuciado, a un puerto extraño donde debió enfrentar el desconocimiento… que es un monstruo tirano, cruel y huraño, antifaz siempre hambriento del prejuicio.

Fue propicio el consejo de un anciano, ya extraviada su barca en el océano, quien, sentado con su nieto sobre un médano, le entregó: un remo roto, otro sano; un vaso de agua fresca, un piano, un plano y un puñado de anécdotas narradas como la cabal ficción de un cirujano, que por bien o por mal se quedó quieto.

Otro anduvo sin nave ni boleto, hasta hallar una silla allí en la arena. Y se oyó inmediatamente, con su pena, el bullicio exagerado de la gente.

— “¡No lo toquen! ¡Cuidado! ¡Es un distinto!”.

Me acerqué (curiosidad quizás, o instinto) y vi a Otro llorando a la intemperie, igual que un niño que ha perdido —en plena siesta— la mejor figurita de la serie; una pelota, el globo de la fiesta, un crayón, una razón o un caramelo.

Y al despegar los ojos de ese suelo, intuí que el presunto estaba a punto de quitarle a la vida su sentido. “Sólo soy, si tú y yo estamos juntos” había sido su insólita advertencia (milenaria creencia del Ubuntu).

Los brotes primitivos de los malentendidos que después surgirían, se treparon traviesos a los pétalos secos de la desesperanza. Pudimos haber sido excelentes amigos si no hubiese metido su diabólica cola nuestra atroz desconfianza.

En su necesidad de aceptación, él había aceptado —valga en la confesión, la redundancia— los empujones bruscos de aquella intolerancia.

Acostumbrada a repetir mandatos, mi insensatez quiso exigirme que me fuera, pero no le hice caso y tomando un retazo de las rimas desabridas de un poema, le curé con mis sílabas la herida, sin precaución alguna o experticia.

Hubiera preferido no ser yo quien lo encontró aquel día sin buscarlo, con los labios desbordando explicaciones, desorbitada el alma y en las manos, una nota anunciando su primicia: “odaromane …númoc erbmoh nU”.

2° acto: El misterio

Esta historia ocurrió, doy fe de ello. Sobre la playa, hallarán cada evidencia. Aunque carezca del lógico destello —la gloria, el emblema o la caricia— de las catástrofes, el vencedor vencido y el espectáculo de la fábula ficticia.

El que más insistió fue el detective, quien supo manejarse con cautela, escudado en su ética dudosa. Así lo muestra la patética novela que él hubiera evitado a toda costa, para que no comenzara aquel declive. Y no era alcohólico, ermitaño, melancólico ni ningún otro adjetivo ni otra cosa, tal vez por eso todavía canta y vive.

Fue él quien, mirándome a la cara, me pidió con discreción que le contara.

— “Esto le sucedió a un desconocido –declaré– pero podría haber sido cualquiera de nosotros”. Y supliqué por él, por su utopía (para que el resto eligiera la empatía).

Otro quería compartir y formar parte del sistema terrestre matutino. Trabajar (igual que usted o yo) hasta agotarse, para volver con su cansancio vespertino a un pequeño hogar modesto pero cálido, que borrara sus antiguas frustraciones.

Sin embargo, era un Sísifo, a su modo… ¡todo se le hacía cuesta arriba!

Aún tendría que enfrentarse a suspicacias, terquedades y discriminaciones. Pues hubo quienes, cegados de codicia —rudos mendigos de fama disfrazados— escalaron a su cuello, así aferrados, confundiendo bufonada con justicia.

— “¿Alienígenas? Posibles invasiones de especímenes con idioma incomprensible han desatado frenéticas pasiones”, advertía, en la TV, aquel programa.

Lo juro, no fue bello, no les miento. El mundo entero andaba enmarañado, suponiéndose en riesgo y sin aliento. En la calle no se hablaba de otro tema que no fuese la última noticia, rodeada de temor y de misterio.

El problema que los tenía tan en vilo (sí, cada tanto, la sinrazón anida), era serio, muy serio y muy urgente. Y también prefabricado, ¡inexistente!

¿Habría que atacar al “sospechoso” (y deshacerse del “peligro” como fuera)? ¿O respetar, en cambio, sus derechos e integrarlo, dándole la bienvenida?

Decidieron entonces, los doctores y “sabios”, investigar el inédito dilema, atados a sus infértiles guiones…

(Continuará…)