La ciudad no tiene nombre. Los nombres fueron descartados cuando empezaron a estorbar. Ahora existen zonas, cuadrantes, niveles de acceso y circuitos de circulación. Yo nací sin saber eso. Aprendí después, cuando ya era grande para fingir que no entendía. Antes de los quince todavía creía que las cosas pasaban porque sí, como la lluvia o el hambre. Después supe que todo pasa porque alguien lo decidió. No importa quién. Importa que no se equivoca nunca.

Dicen que el mundo se terminó por ignorancia, pero eso es una manera elegante de decir pereza. Nadie quiso pensar cuando pensar todavía servía. Después pensaron las máquinas. Y las máquinas pensaron mejor. No más rápido: mejor. El capital humano se volvió un estorbo caro. Mantener cuerpos que no rinden es un lujo que ya no existe. Por eso apareció la Empresa. No como salvación, sino como consecuencia lógica.

La Empresa no gobierna. Eso sería vulgar. La Empresa administra. Administra nacimientos, abandonos, talentos, defectos, errores. Administra incluso las tragedias. Cuando un niño queda solo, no es una desgracia: es un dato. Cuando una familia vende uno de sus hijos, no es crimen: es transacción. La moral se volvió un accesorio incómodo, como los relojes mecánicos o los libros de papel.

Los huérfanos son el insumo más barato. No cuestan herencias, no cuestan reclamos, no cuestan memorias familiares que defender. Algunos nacen sobrando. Otros se vuelven sobrantes después. Hay bebés dejados en las puertas de las iglesias —como en las películas—, hay niños que se pierden mientras vacacionan con sus padres, hay adolescentes que se escapan y que nadie vuelve a buscar. Todos terminan en el mismo registro: material disponible.

El primer filtro es el cuerpo. No se dice en voz alta, pero todos lo saben. Piel clara, pelo claro o moldeable, ojos claros o no tan oscuros, estatura dentro del rango, estructura corregible. Después vienen los detalles: vista, oído, coordinación, resistencia. El cuerpo es una promesa de utilidad. Si no promete nada, se lo asigna a donde no hace falta prometer.

El segundo filtro es la mente. No la inteligencia blanda de repetir datos, sino la capacidad de procesar órdenes complejas sin quebrarse. Analizar, prever, ejecutar. El tercer filtro es emocional. No se busca ternura, se busca control. Quien no puede regularse se vuelve imprevisible. Y lo imprevisible es caro. Y la Organización de Reasignación Tutelar (ORT) no está dispuesta a pagar ese precio.

A los que no cumplen los Requisitos Preliminares se los deriva. No se dice a dónde. Se sabe. Trabajos pesados, tareas repetitivas, servidumbre, experimentos que necesitan cuerpos sin apellido. No vuelven a circular. No conviene que lo hagan. Y, por supuesto, se los esteriliza.

Yo llegué tarde para ser ideal. Tenía casi quince. El cuerpo me ayudó. Piel clara, pelo castaño, ojos avellana, estructura atlética. No perfecta, pero suficiente. Vista excelente, oído limpio. No estaba del todo quebrantada. Todavía.

Me encontraron en una estación abandonada. No preguntaron nada. Me midieron, me pesaron, me miraron como se mira un objeto que podría servir. No preguntaron por mis padres. Yo tampoco los nombré. Ya había aprendido que los nombres no ayudan.

En la evaluación mental rendí mejor de lo esperado. No porque supiera mucho, sino porque sabía callar. Escuchaba, calculaba, respondía lo justo. Nunca agregaba. Nunca me defendía. La defensa llama la atención. Y la atención es peligrosa.

En lo emocional fui un problema. No lloraba, no pedía, no recordaba en voz alta. Eso les gustó. Pero había algo torcido. Yo podía fingir. Y eso no siempre es deseable. El fingimiento es una forma de autonomía. Y la autonomía es un error caro.

Me dejaron pasar igual. Ochenta y tantos por ciento. Nadie dijo el número, pero lo supe por cómo me miraban: como a una pieza valiosa con una fisura. Me asignaron a la Crianza Especial.

La Crianza Especial no es cariño. Es ingeniería. Nos levantaban temprano, nos medían todo: pulso, reflejos, sueño, reacciones. Aprendíamos a hablar sin exceso, a movernos sin ruido, a pensar sin entusiasmo. La nostalgia estaba mal vista. Recordar es un lujo improductivo. Yo aprendí rápido a esconderla. Con el tiempo aprendí a dejar de recordar de dónde venía, mis orígenes; por simple hábito o por terror a ser expulsada. Daba igual el porqué, pero peor que estar en la Crianza Especial era no estarlo, siendo huérfana.

Había niños que llegaban de bebés. Esos eran más limpios. No traían imágenes previas. Crecían como plantas en laboratorio. Eran más fáciles. Los que llegábamos grandes traíamos sombras. A mí me observaron mucho tiempo. Esperaban que fallara.

No fallé. Me adapté. No porque creyera en ellos, sino porque no quería volver a ser sobrante. Eso lo entendí antes que cualquier teoría. Ser sobrante es una categoría sin salida. Además, como dije, peor que estar allí era no estarlo. Los huérfanos, desde hacía más de dos décadas, padecían cada vez más las peores atrocidades de este infierno de planeta, gracias a la creciente proliferación de la perversión y de crímenes hacia menores de edad.

A los dieciséis me intervinieron. Dijeron que era preventivo. Que mi historia era incompleta. Que mi edad de ingreso era tardía. Que mi capacidad de fingimiento podía volverse peligrosa si se reproducía. No preguntaron si quería. La pregunta es otra reliquia.

Después de eso no volví a sangrar. Lo noté un mes después. No sentí tristeza. Sentí cálculo: menos riesgos, más control. Ellos también lo calcularon así.

A los veinte ya nos separaban por función futura. Dirigentes, técnicos, administradores de cuerpos, gestores del sistema. Yo fui asignada a Administración. Me entrenaron para mirar personas como recursos. Al principio me molestaba. Después se volvió natural. Todo lo que se repite se vuelve natural.

Salimos al mundo externo a los veinticinco. Mundo externo es una forma de decir. Todo pertenece al mismo circuito. Pero hay zonas donde la crianza especial se vuelve vitrina. Allí caminamos bien vestidos, medidos, observados. Somos la prueba de que el sistema funciona.

Nos llaman ejemplos. Yo prefiero pensarme como demostración.

Mi trabajo es asignar. Ver cuerpos, ver mentes, decidir destinos. A veces llegan camiones desde barrios que ya no figuran en los mapas. Familias que venden a uno de sus hijos porque no pueden sostenerlos a todos. No miran a los ojos. Traen los papeles justos. Se van rápido. No quieren saber.

A esos niños no se los evalúa con cuidado. Ya vienen marcados. Van directo a los sectores bajos. Trabajo forzado, servidumbre, pruebas médicas. Algunos duran poco. Nadie lo registra como pérdida. Se registra como consumo.

A veces aparece uno distinto. Ojos atentos, cuerpo aceptable, mente que no se quiebra enseguida. Ahí intervengo yo. Los paso por una evaluación especial. No para salvarlos. Para ver si rinden más en otro lugar.

Nunca los miro con lástima. La lástima es inútil. Lo único útil es decidir bien.

Mi ascenso fue rápido. No porque me quisieran. Porque no cometía errores visibles. Un día alguien cayó desde una terraza alta. Dijeron que resbaló. Yo estaba cerca. No lo empujé por impulso. Lo empujé por cálculo. Su puesto me servía. Y yo sabía que nadie iba a mirarme como sospechosa. Fui Crianza Especial. Eso pesa más que cualquier testigo.

La investigación fue blanda. Un informe técnico, dos firmas, un archivo cerrado. Yo ocupé su lugar. Nadie lo cuestionó.

Desde arriba se ve mejor el mecanismo. No se ve más bonito, pero se ve claro. La ORT no quiere menos huérfanos. Quiere más material disponible. Por eso no evita la miseria. La administra. La necesita.

Hay zonas donde clandestinamente se compra. No figura en los balances públicos. Figura en otros registros. Padres que entregan hijos por comida, por drogas, por una promesa mínima de descanso. Algunos ni siquiera sienten culpa. La culpa también es un lujo.

Esos niños van a tres destinos: trabajo, laboratorio, servidumbre (un lindo eufemismo para esclavitud).

Los de Crianza Especial tenemos puntos ciegos legales. Nadie lo dice así, pero existe. Somos producto exitoso. No conviene ensuciar el producto. Si uno de nosotros cae, se tapa. Si uno de abajo cae, se contabiliza.

Yo uso ese punto ciego con cuidado. No abuso. El abuso llama la atención. La atención es peligrosa.

Por dentro no estoy tranquila. No porque me crea heroína. Porque sé que si dejo de calcular, pierdo. Y si pierdo, no hay fondo al que caer: hay reciclaje.

No me pienso como rebelde. Eso es una etiqueta útil para el sistema. Los que se dicen así terminan siendo figuras controladas. Yo no quiero figura. Quiero margen.

A veces recuerdo cosas que no digo. Una mujer cantando en una casa sin techo firme. Un hombre que se fue sin despedirse. Un ruido de tren. Eso no lo muestro, sacudo la cabeza y dejo de recordar. La nostalgia se castiga con silencio. Y nosotros aprendimos a azotarnos solitos mentalmente.

Tengo miedo. No del dolor. De lo que viene después de dejar de funcionar. Nadie sabe qué hay ahí. Yo no creo que sea luminoso. Por eso sigo. Por eso calculo. Por eso empujé. Por eso asigno niños a destinos que no elegiría para mí.

No me justifico. La justificación también es inútil.

La granja humana sigue latiendo. Nacen cuerpos, se rompen cuerpos, se moldean cuerpos. Las máquinas piensan mejor que nosotros. Nosotros ejecutamos mejor que antes. Es un equilibrio estable.

A veces miro a los niños de Crianza Especial que llegan grandes como yo llegué. Los observo buscando fisuras. Si las tienen, los mando abajo. Si no, los subo. No es justicia. Es eficiencia.

Me miran con respeto. Algunos con miedo. Nadie con cariño. El cariño no circula en estos niveles.

Sé que un día alguien va a calcularme a mí. Va a ver mi fisura y decidir que ya no rindo. Yo lo sé desde siempre. Por eso cada día cuenta.

No busco salvar a nadie. Busco no caer.

Cuando camino por las zonas vitrina, la gente me mira como ejemplo. Yo camino recto. No sonrío de más. No bajo la vista. Todo eso se aprende.

Por dentro, a veces, quiero saltar yo también desde una terraza alta. No para terminar. Para ver si alguien lo llama accidente o si por fin me miran de verdad. Pero no lo hago. Porque el miedo pesa más.

Y mientras el miedo pese, sigo siendo útil.