Estamos asistiendo a un espectáculo al mejor estilo de Broadway, con un Donald Trump protagonista. El mega influencer. El mayor creador de contenidos, quien concentra el máximo poder de persuasión que se conozca. Con más de 8 mil millones de cautivos suscriptores. Nadie podría negar que se ha consagrado como el principal entertainer mundial.
Zygmunt Bauman fue quien acuñó el concepto de “modernidad líquida”. Su mayor aporte fue analizar cómo la sociedad contemporánea pasó de estructuras sólidas (duraderas) a una época de cambio constante, fragilidad, individualismo y relaciones humanas efímeras.
A Trump hay que analizarlo en el contexto de su época.
Vivimos tiempos donde es difícil saber si la información que recibimos es fake news o no, o si lo que nuestros incrédulos ojos ven corresponde a IA. Si a esta compleja realidad sumamos la desaparición de las utopías, quienes estamos involucrados en el mundo cultural y tenemos sensibilidad por lo social no tenemos otra opción que estar alertas para realizar nuestro aporte.
Aunque nada resultó como esperábamos, no cambiaron nuestras expectativas.
No es fácil atreverse a decir lo que uno piensa, por temor a recibir insultos o ser funado por las redes. Vivimos dominados por prejuicios y verdades no verdaderas, absolutas o dogmas. Vemos cómo los extremos se unen e impiden el diálogo. La búsqueda de al menos un consenso en las cosas esenciales que afectan a la gran mayoría no se hace viable. Da la impresión de que, para los ciudadanos, como también para los políticos, el significado de país en democracia es aquel donde viven solo los que piensan como uno. Algo tan básico, de sentido común, que no se entiende la incapacidad de generar acuerdos tan elementales para todos. Soy totalmente ajeno a la moda impuesta por los gurúes mediáticos. Verdaderos pirquineros del éxito inmediato. Para un modesto emprendedor cultural, como uno, que trata de hacer cultura desde la periferia, no encuentro nada más honesto y valioso que hablar desde las vivencias que lo han marcado y enseñado en este andar por la vida. Algo que resumo con estas palabras: El verdadero éxito no es ser el primero, sino ser uno.
Ser uno fue para mí encontrar mi propia esencia, autenticidad y propósito al lograr realizar el Off the Record TV y hoy esta revista cultural.
En los primeros años, luego de mi regreso a Chile en 1991, después de 14 años, hice mi apuesta. Me endeudé para comprar una cámara Betacam profesional, monitor, trípode, una maleta de luces y micrófonos lavalier. Sin esa inversión personal no habría existido el programa cultural Off the Record TV. Durante más de la mitad de los 28 años del programa no tuvimos auspicios.
Durante varios años recorrí las más importantes agencias de publicidad buscando complicidad de alguna marca que tuviera sensibilidad con lo cultural. Nada pasó, nada. El desinterés se reflejaba en los rostros de aquellos jóvenes ejecutivos de cuenta. Rápidamente entendí que hablamos distinto idioma. Habitamos el mismo país, pero conocemos diferentes realidades; provenían de mundos sociales distintos. También, con mucha rapidez, percibí que yo había llegado tarde al nuevo Chile en democracia. Los partidos ya habían repartido los cupos laborales entre sus militantes o adherentes. Partidos que actuaron como verdaderas agencias de empleo. Algo que hoy se mantiene sagradamente. Basta ver en la prensa a Heraldo Muñoz viajando por el mundo, buscando apoyo internacional para la futura agencia de empleo ONU/Bachelet.
También comprendí que haber venido a Chile a filmar en clandestino durante la dictadura de Augusto Pinochet, en 1982 y 1983, las películas Así golpea la represión y Rebelión Ahora no provocó ningún comentario en el gremio. Entendí que mi destino sería seguir siendo un outsider en mi propio país. También lo fue en Suecia y Mozambique.
Con la revista cultural Off the Record sucede algo similar a lo acontecido con el programa de TV. Hay quienes se imaginan que porque aparecen páginas con anuncios de centros culturales, bibliotecas o museos ingresa dinero a la revista. Esos avisos son absolutamente gratis. La revista la confeccionamos solamente el diseñador gráfico, Arturo Carranza, un viejo amigo de la época del Restaurante Azul Profundo y del Café & Restaurante Off the Record, y quien escribe. Pero el peso mayor de la existencia y sobrevivencia de la revista recae en los amigos y colegas que, confiando en el nombre Off the Record, envían mes a mes su creativa colaboración desinteresadamente.
Son esos amigos los que van llenando nuestro quehacer. A propósito, en YouTube vi la Bienal de Venecia 2026. Tantas obras a las cuales es necesario adjuntarles un texto explicativo que haga posible comprender el significado, la intención del artista. Artistas que en su mayoría fueron formados en las fábricas universitarias asociadas con el establishment de las galerías, museos y bienales.
Aviso de utilidad pública:
Se hacen textos conceptuales para obras de arte decorativas.
Como outsider, no puedo no tener como protagonista al ciudadano artista de a pie, al autodidacta, al artesano, al de la periferia, al desconocido, del que no se escribirá un obituario, aquel que nadie entrevista, pero que tiene grandes historias que trascienden. Esto me trajo el recuerdo del gran pintor mozambiqueño Mucavele, cuya obra pictórica publiqué en el reciente número 86 de la revista Off the Record. Se trata de un viejo exminero de las minas en Sudáfrica durante el período del apartheid. Lo conocí en Maputo, Mozambique, cuando filmé en 1986 Pintores Mozambicanos. Mucavele, artista disciplinado que llega cada mañana a pintar en el Núcleo de Artes. El núcleo es una galería pública que existe desde la época colonial portuguesa. Durante el período colonial expuso Jacob Estevão Macambaco, a quien los portugueses presentaban como el primer pintor indígena.
Hoy, en 2026, Mucavele continúa llegando muy temprano para instalarse a pintar en el patio interior de aquel edificio. Echado para atrás, como en una silla de playa, exhibiendo al aire su prominente panza, mientras sostiene una gran paleta con colores, principalmente tonos pasteles. Mucavele no es Mucavele sin su infaltable charuto. Puro que sus carnosos labios sostienen durante todo el día. Esta lúdica escena se repite eternamente bajo la sombra de un enorme árbol de mango. Generoso árbol que está siempre presente en el típico paisaje mozambiqueño. Árbol bajo cuya agradable y amistosa sombra, en las zonas rurales del país, suele acogerse al profesor y a cientos de niños que, descalzos y semidesnudos, miran atentamente la precaria pizarra. Pizarra donde las palabras y números escritos con un trozo de yeso, obtenido del resto de las construcciones destruidas por la guerra, apenas logran transcribir la materia. Qué escena tan noble, tan digna, por qué no decirlo, tan bella.
La belleza no falta a la ética si describe un drama; por el contrario, la belleza lo universaliza.
Mucavele es un ejemplo de sencillez, de sentido de vida, de lo que debiera ser el espíritu humanista de nuestras sociedades. Mucavele es uno de esos eternos niños, ajenos al snobismo; es un artista al natural. Su sencillez se echa de menos en el mundo de las metrópolis.
En este mundo tan polarizado, tan desigual, para muchos tan manipulado por las diversas redes de poder, pretender vivir del arte es un privilegio al alcance de muy pocos. El resto hacemos arte por amor al arte. Pero se requiere mucha constancia, disciplina, voluntad, mucha calma, sapiencia y, por qué no decirlo, mucha chispeza.
Con el poeta y psiquiatra Carlos De los Ríos Möller, entre otros amigos poetas y músicos, trabajamos bajo este principio. Estamos produciendo un videoarte espontáneo, que hemos titulado La Dama Blanca, en referencia a nuestro buque escuela de la Armada Nacional, Esmeralda. Carlos y sus hermanos sufrieron durante la dictadura torturas por parte de la inteligencia naval de nuestra Armada Nacional. La llamada Dama Blanca, al igual que nuestro país, fue víctima de la Guerra Fría. En la Esmeralda se cometieron graves atropellos a los derechos humanos. Como dicen en África, cuando dos elefantes pelean, el que más sufre es el piso. Ese es el estigma, la culpa, que arrastra ese buque símbolo nacional.
Nuestra obra intenta restituir a la Esmeralda su dignidad, su hermosura, para que vuelva a ser orgullo de todos. Creo que es un paso fundamental en la búsqueda de conseguir la armonía necesaria que nos permita convivir, habitar, con nuestras lógicas diferencias en un mismo territorio.
La pintura que acompaña este relato muestra al poeta Carlos De los Ríos en lo alto de Valparaíso, observando el regreso triunfal del buque escuela Esmeralda. A su espalda, la Dama Blanca.















