El Libro, el primer libro, la Sagrada Escritura, es uno de los textos más fascinantes que la humanidad haya recibido. Lo digo, claro está, por su contenido teológico y por su hondura filosófica, pero también por su riqueza de enseñanzas que hablan directamente a la naturaleza humana, iluminando el alma y dando sentido al espíritu. En sus páginas palpita la voz de Dios hecha palabra, el eco del Verbo eterno que se hizo carne y habitó entre nosotros.
San Jerónimo, con sabiduría inmortal, proclamó: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. Esta afirmación es una advertencia vital: quien no se sumerge en la Palabra, corre el riesgo de caminar en tinieblas. Las Escrituras no son un simple compendio de normas o relatos antiguos; son la presencia viva del Hijo, el testimonio del Amor que redime, la voz de Dios resonando en el tiempo.
Yo, como escritor y como poeta, he encontrado en ellas, más allá del consuelo y guía justa, una fuente inagotable de inspiración creativa. Así es como he adoptado a San Juan y a San Pablo como mis patronos en el arte de escribir. En San Juan descubro al poeta divino, al evangelista del amor y de la luz, al testigo que contempla el misterio desde lo alto del corazón. Su evangelio es un canto al Verbo, una sinfonía de símbolos donde la fe se hace poesía.
San Juan escribe: “El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4,8). Y con estas palabras, el alma comprende que toda teología, toda filosofía, toda búsqueda del bien y la verdad, convergen en un solo mandamiento: amar.
En cambio, en San Pablo, encuentro el escritor del combate y del testimonio, el hombre de palabra firme y corazón ardiente, que convierte sus cartas en himnos de resistencia, esperanza y consuelo. En su pluma vibra la pasión del espíritu que no se rinde ante la adversidad:
Estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados. Siempre y a todas partes, llevamos en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Y así aunque vivimos, estamos siempre enfrentando a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De esa manera, la muerte hace su obra en nosotros, y en ustedes, la vida.
(2 Corintios 4:8-12)
Esto es una confesión de vida, una prosa poética nacida en medio del sufrimiento, donde la fe se hace fortaleza y la palabra, espada. Pablo transforma su fragilidad en fuerza, su prisión en altar, su dolor en semilla de esperanza. Cuando escribe a los Corintios, su voz se vuelve testimonio de santidad:
Nosotros obramos con integridad, con inteligencia, con paciencia, con benignidad, con docilidad al Espíritu Santo, con un amor sincero, con la palabra de verdad, con el poder de Dios; usando las armas ofensivas y defensivas de la justicia; sea que nos encontremos en la gloria, o que estemos humillados; que gocemos de buena o mala fama; que seamos considerados impostores, cuando en realidad somos sinceros; como desconocidos, cuando nos conocen muy bien; como moribundos, cuando estamos llenos de vida; como castigados, aunque estamos ilesos; como tristes, aunque estamos siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como gente que no tiene nada, aunque lo poseemos todo.
(2 Cor 6,9)
Un admirable equilibrio entre lo humano y lo divino, entre la cruz y la resurrección. En Pablo, la palabra es fuego, es espada, es anuncio del Reino.
Por eso, cuando tomo la pluma, vuelvo a ellos: a Juan, el poeta del cielo; a Pablo, el escritor de la tierra, y mi alma se renueva. Porque en sus líneas encuentro la cadencia perfecta que guía mi prosa, la dialéctica que da sentido a mis dudas, la poesía que alimenta mi inspiración. No pretendo su sabiduría ni su elocuencia divina, pero deseo que mis palabras, humildes y humanas, puedan alguna vez rozar la belleza y la verdad que ellos anunciaron.
El evangelio de Juan abre con una proclamación que estremece todo intelecto y corazón:
En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.
(Jn 1,1)
Esa frase resume todo misterio: Dios es palabra, y la palabra crea, ilumina, salva. Pablo, por su parte, nos recuerda que esa palabra se encarna en nosotros cuando llevamos en el cuerpo los sufrimientos de Cristo, para que su vida se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la escritura se vuelve también encarnación: cada palabra verdadera lleva una chispa del Verbo eterno.
La tarea del escritor creyente es entonces ser eco de esa voz divina, dejar que el Espíritu inspire la letra y transforme la tinta en testimonio. Porque escribir es orar con la mente despierta, es predicar desde el silencio, es sembrar luz en medio de las sombras.
Que mi prosa, imperfecta y pequeña, se acerque alguna vez a esa claridad; que mis versos puedan reflejar un destello de la belleza que contempló Juan, y que mis cartas vibren con la fuerza de las de Pablo. Porque, como ellos, deseo que mis palabras no sean vanas, sino instrumentos de verdad y amor, mensajeras de fe, consuelo y esperanza.
Entre la poesía de Juan y la firmeza de Pablo, el alma del escritor encuentra su misión: caminar en la luz, luchar con fe, y escribir con amor, sabiendo que toda palabra verdadera es un reflejo del Verbo eterno que habló al principio y sigue hablando en nuestros corazones.















