En Kumano Kodo conocí a monjes guardianes de un camino sagrado que, desde hace más de mil años, rezan por la paz y acompañan a los peregrinos. Cada paso es una plegaria entre más de cien santuarios.

Están hermanados con el Camino de Santiago, y existe una credencial conjunta para quienes han caminado ambos: un puente invisible entre mundos distantes, pero iguales en su anhelo.

Volver sobre los pasos y comprobar que cada día ha sido un pequeño peregrinaje; comprobar que la realidad es un tránsito que no sabemos muy bien a dónde nos lleva. Esta noche de octubre, el viento deja constancia de que quien escribe las crónicas es él y que, aun lejos de la terraza del Alba, cada historia allí relatada sigue viva en la memoria.

María Luisa ha envejecido más de diez años en apenas un par de meses. El rostro se le ha quedado demacrado; el cuerpo, hinchado. Se le cae el pelo.

Me lo cuenta en una mesa del Alba: le han diagnosticado un cáncer de mama y la tratan en el ICO. Entre otras cosas, recibe quimioterapia, una palabra que infunde tanto terror como la propia enfermedad. Enumera los efectos con resignación: náuseas, moratones, llagas en la boca, ese hormigueo persistente en las manos. Dice que un ser extraño le devora las entrañas.

Confiesa que no quiere perder los pequeños ritos que sostienen la vida: el café de la mañana, la cita en la peluquería, el temblor ante la báscula, la esperanza de un amor arrebatado que nunca llegó. Querría incinerarse a besos. Ir a Samarcanda en autobús, solo porque le gusta el nombre. Y volver. Sobre todo, volver a Castelldefels y contarlo: porque eso es lo que da sentido —si nadie se entera— es como si no hubieras estado frente a las madrazas del Registán ni bajo la sombra azul de la mezquita Bibi-Khanum.

Lo mejor, dice, sería regresar con alguna caravana por la Ruta de la Seda y traer algo sencillo: un color, una promesa, las huellas del camino, la melancolía que siempre ataca.

Nacer, viajar, morir… y volver, aunque solo sea en la memoria de quien te recuerda desde una terraza de bar.

Pregunto, pero la vida nunca contesta; el misterio parece ser la única respuesta. Me consuelo como puedo: regreso a Neruda, que me arrastra hasta donde el mar se convierte en verso. Aleixandre escribe para ser habitado; su poesía me destruye y me rehace. Margarit me dice que vivir ya es un lugar donde el dolor no se cura, pero se nombra, y al nombrarlo deja de estar tan solo. Nunca entendí Poeta en Nueva York, pero siempre vuelvo a sus calles. Hay algo en ese desconcierto aparente que me conmueve, como si Federico susurrara que no hace falta entender para sentir.

De los versos que iluminan, la memoria se abre como una casa: un espacio donde los objetos y las ausencias hablan.

Abres la puerta y desde el zaguán, el aliento de los días espera unos brazos que no llegan. ¿Dónde están las bienvenidas, los pasos que rozaban el suelo, la emoción prendida a las palabras, los vasos y platos dispuestos sobre el hule, las risas derramadas desde el fondo del pasillo?

Las paredes huelen a primavera, encaladas por manos amorosas. Ahora, cada rincón guarda el eco de algún sueño: sucesos y murmullos que partieron, pero que laten en la nostalgia de la tarde. Vidas que ya no caben en nuestra razón. Objetos que conservan el gesto de quienes habitaron.

Reina el silencio tras cada puerta. Detrás de los muros de barro primigenio y agua pura del pozo se respira un aire reposado, una historia que perdura como huella imborrable. En el patio, Luna ladra; quizá celebra que hayas vuelto.

Permanece mi cuerpo en el umbral, sin saber si entras o te despides. La casa es un cuerpo que respira y resiste. Al salir, el mes de julio calcina la campiña de Jaén; el calor sin tregua se incrusta en los campos y quiebra la piel, como si los recuerdos ardieran.

A veces, la memoria camina sola por la vida.

Ra derrota a Apofis, se oculta y surge con todo su esplendor Neftis, diosa de la oscuridad y de la noche. Pero esta lobreguez no reniega de la luz: la abraza y se complementa con el dios sol. No hay sucesión; es la misma faz que se transforma en el orden cósmico.

Los destellos amortiguan los cerros de Garraf; pronto llegarán también a la playa, que harán arcano nuestro mar, «que han vertido en ti cien pueblos de Algeciras a Estambul».

Ahora, Gaza llora, lejos, en su Mediterráneo que llaman «oriental».

Siguen cayendo bombas sobre Járkov, Kiev y Mariúpol.

Y más allá, Sudán, el Sahel, la República Democrática del Congo. Gangrena sin fin en África. Guerras olvidadas, dicen.

En Asia, ni se nombran, pero gritan.

Entonces sospechas que has muerto socialmente, porque indignarse no sirve; vociferar tampoco. Nada cambia: pasa el tiempo y la costumbre apaga la amargura.

La carta en el buzón de esta mañana era la factura del gas y las llamadas son para vender kilovatios. La vida reducida a consumo y tarifas.

Con nocturnidad, Lorazepam.

La tristeza es un poema que nadie leerá.

La melancolía, un suspiro antes del silencio.