Hace ya cosa de algunas semanas, salí muy tarde de casa después de pasar horas encerrado ahí, trabajando. No recuerdo qué comí aquel mediodía, pero debió haber sido cualquier cosa de las que guardo en la nevera —lo que quiere decir que quizá solo comí una triste pechuga de pavo—, por lo que el hambre que tenía a esas horas de la noche era considerable. No lo suficiente, debo aclarar, para impedirme dar primero un paseo por el barrio, ya que tenía más necesidad de estirar las piernas que de satisfacer al estómago. Aún era invierno, pero el frío comenzaba ya a ser suave, por lo que mi caminata se extendió durante un rato largo. Lo suficiente para llevarme a buscar un lugar donde cenar a una hora que, quizás, ya era demasiado tarde para que cualquier negocio decente aceptara mi presencia.
Me paré ante las puertas de un restaurante que frecuento, no muy lejos de casa. Y cuando digo que frecuento, quiero decir que el staff me habla de nombre. Tan así que, en cuanto puse pies en el interior, la chica que me recibió dijo: «Perdona, Antonio, pero en quince minutos cerramos». ¿Qué podía contestar a eso? No soy de los que gustan de abusar de la confianza, pero los calambres del hambre ya eran demasiados, por lo que me aventuré a preguntarle si no habría la posibilidad de una excepción a mi caso, siendo yo alguien de confianza. Ella me miró incrédula, como si le hubiera preguntado una idiotez, y tan solo agregó: «A menos que quieras comer rápido».
Pero como lo que yo deseaba era disfrutar en tranquilidad de una buena cena, le dije que no, gracias, mejor en otra ocasión, y le deseé que tuviera la mejor de las noches.
Minutos después fui a dar a otro restaurante. El único por ahí cerca que seguía abierto a esas horas. Uno cuyo nombre no será escrito aquí, pero que todo quien lea estas palabras lo reconocerá por ser el símbolo gastronómico del imperio estadounidense. Con presencia en más de cien países. Con sus arcos dorados y con una mascota que, anterior a 2016, era como John Wayne Gacy en maquillaje, pero sin sobrepeso. Una franquicia que, cuando yo era niño en otro país y continente, se reconocía por su vida y color, pero que hoy día destaca por su estética de distribuidor de computadoras y teléfonos móviles, o de una clínica de metadona.
Aséptico, robótico e impersonal, como lo son ahora sus operaciones, reducidas todas a pantallas táctiles en las que cada uno hace sus pedidos. El contacto humano vuelto minúsculo. Tan solo a la recepción de la comida, que sigue siendo tan poco nutritiva como lo era hace más de cuarenta años, pero al menos en aquel entonces la administración se dignaba a incluir servilletas y tapas para el vaso de refresco. «Eso no lo manejamos», me dijo el hombre que entregó mi orden, cuando le pedí una pajita. Aún no sé si ambos hablábamos de lo mismo, y de ahí lo cortante de su respuesta (el que lo entienda, lo entenderá). Comí y me marché de ahí en menos de diez minutos.
Saco a relucir esta aventura, por lo demás de nula trascendencia, no por haber comido con prisa unos cartones en un restaurante triste —en lugar de haber cenado a las carreras buena comida en un restaurante con alma—, sino por el pequeño espejo que la experiencia sugiere de la era en la que estamos comenzando a vivir. Que se me acuse de drama queen, si el lector así lo desea.
Que se me llame exagerado por querer vincular la cada vez más insulsa experiencia de un restaurante de comida rápida con el gradual empobrecimiento de la infraestructura del espacio, los productos y los servicios a los que nos hemos acostumbrado. Que se me tilde de señorito si así debe ser, pero es que sigo enojado, pues cierto servicio digital de música que no mencionaré aquí se sintió con el derecho de eliminar de mi teléfono uno de mis álbumes favoritos, sin siquiera darme el más mínimo aviso con antelación. Un álbum que desapareció sin más, tan solo por un desacuerdo con el sello discográfico. Uno por el que pagué buen dinero, el cual, la dichosa compañía, ni siquiera se ha dignado a reembolsar.
Pues me parece que no es un secreto que nos adentramos en una época en la que los consumidores somos tomados como las ubres de una inmensa vaca a la que se le ordeñan toda suerte de divisas. No hay que engañarnos, siempre ha sido así, desde que el primer comerciante a finales del Medievo se dio cuenta que podía extraer unos dinerillos de más a algún noble, tan solo por incluir hilo chino en el bordado de los guantes. Pero es que, en tiempos no tan remotos, cuando uno adquiría algo, ese algo estaba hecho para durar. Si no toda la vida, al menos un montón de años. Un mueble, un vinilo, una bombilla o una computadora.
Se ve, en especial, en los servicios y productos digitales. Fui consciente de eso por primera vez allá a finales de la década de 2010, cuando vender un juego de video inacabado y lleno de errores a precio completo comenzó a ser una práctica entre algunos desarrolladores. Práctica que sigue vigente hoy en día, siempre con la excusa de emparchar el producto meses después. Pero el fenómeno se encuentra en todas partes. Plataformas que antes eran idóneas, de pronto comenzaron a llenarse de anuncios. Servicios varios que comenzaron a bajar su calidad y a cobrar suscripciones sin siquiera ofrecer una mejora en su modelo, salvo la promesa de menos anuncios. No cero anuncios. Solo menos.
El insulto se hace más interesante. Hace algunos meses, Samsung anunció que su línea de neveras inteligentes podría mostrar anuncios en pantalla, ¿qué importa que su dueño haya pagado 1.800 dólares por la unidad? Está también el caso de la BMW, que le pareció sensato cobrar un servicio de suscripción mensual para poder utilizar la función de calefacción en los asientos de sus autos, a pesar de que el hardware ya se encontraba instalado, e ignorando por completo los miles de dólares que ya habían sido pagados por sus modelos. ¿Qué tal las impresoras de HP, que dejan de imprimir si no se paga una suscripción mensual o si se utilizan cartuchos no oficiales? La lista de herejías podría seguir, y todo indica que nos estamos acercando a una etapa en la que los servicios más básicos tendrán un precio. No es exageración mía. Ya hay precedente en el imaginario universal. Philip Dick lo sugirió hace casi sesenta años en su novela Ubik, donde algo tan pedestre como tostar un pan o abrir la puerta de la nevera descuenta unos centavos a la cuenta bancaria.
En la angloesfera existe un término para explicar este empobrecimiento en la calidad de productos y servicios. Se aplica al ámbito de las plataformas digitales, pero bien podríamos incluirlo también en el amplio abanico de la experiencia del consumidor: Enshittification, una palabra que se siente muy bien cuando se desliza por los labios, acuñada por el escritor Cory Doctorow. Ignoro si existe su equivalente en nuestro hemisferio lingüístico —fuera de un vulgar anglicismo—, pero es algo así como enmierdamiento, lo cual describe muy bien lo que ocurre cuando las redes sociales priorizan anuncios e historias mediadas por sus algoritmos, diseñadas para enfurruñar a sus usuarios y generar participación con la plataforma.
O cuando ciertos servicios de streaming, además de introducir anuncios en sus paquetes de pago, reducen la calidad narrativa y artística de sus propias producciones para así captar la atención de usuarios que están distraídos con sus teléfonos, de paso afectando también la sutileza narrativa de las buenas producciones fílmicas, y empobreciendo así un poco (pero solo un poco) nuestro acervo cultural. O cuando una compañía de alta tecnología cobra miles de dólares por un nuevo modelo de su teléfono. Modelo que no hace nada que no hiciera el modelo anterior, muchas veces incluso mejor.
Este enmierdamiento no es exclusivo de productos y servicios. Ocurre también en el entorno construido. Se ve en la manera en la que la especialización y la efectividad de la ingeniería de software, así como de sus servicios aplicados, se filtra en la arquitectura y en el diseño de interiores comerciales, como en aquella franquicia de comida rápida contra la que despotriqué unos párrafos atrás. En aquel lugar que en vez de parecer un sitio cálido y agradable, la experiencia es más la de un expendedor. El fenómeno no es nuevo.
Hace ya cien años que los arquitectos comenzaron a interesarse más en la funcionalidad que en el ornamento, tanto por razones estéticas como comerciales y materiales. Tendencia que sigue en vigor en la actualidad, si al menos con ciertas modificaciones para embellecer un poco lo que, por lo demás, está comenzando a ser un proceso de homogeneización del entorno. Basta solo pasearse por cualquier capital o ciudad de renombre para toparse con los mismos espacios. Los mismos negocios. Las mismas marcas. La misma manera de navegar por los sectores modernos de cualquier ciudad, que, salvo por sus cascos antiguos y extensión geográfica, en poco se diferencian las unas de las otras.
El empobrecimiento causado por este proceso hipercomercial se puede también ver en el entretenimiento. Al menos en sus maneras menos exigentes. La música suena igual. Las películas se ven y se narran igual. Los juegos de video cuestan millones en producirse y se sienten igual. Solo los artistas independientes (o los ya establecidos con suficientes medios económicos) continúan con una producción cultural que se siente individual y única, pero como todo, hay que buscarlos. Hay que rascar aquí y por allá para encontrarlos. Y, desde luego, hay que apoyarlos.
Visto de esa manera, el enmierdamiento del que habla Cory Doctorow va más allá de una simple evolución comercial en aras de obtener más ingresos por menor y peor esfuerzo. Se siente como si fuera una fuerza de la Historia, una de esas que causan revoluciones. De esas que cambian el tejido de las sociedades, aunque no para bien, como sería el actual caso.
Todo lo anterior no es una instancia de un viejo gritándole a las nubes (quiero creer). Es tan solo una observación. De nada sirve quejarse por lo que parece estar ocurriendo, siempre y cuando a las personas no nos moleste lo suficiente para protestar al respecto. Quejarse vale la pena solo cuando se tiene el poder de hacer algo, y si la historia natural del individuo común y corriente nos ha enseñado algo, es que quienes somos comunes y corrientes no podemos hacer nada contra las fuerzas de la historia.
Al menos hay un consuelo. Es bueno saber que estas fuerzas no siempre son violentas y magnánimas, como la Revolución Rusa o la aparición gradual de la vida multicelular hace unos mil seiscientos millones de años. También pueden ser toscas, burdas y vulgares. Ya sea como la degradación y aceptación de nuestra estructura industrial de servicios, así como el lento —pero innegable— analfabetismo de una población enganchada a pantallas que requieren solo la atención necesaria para ingresar el número de la tarjeta a la que se vinculará una nueva suscripción mensual.















