Hace poco, mientras hacía un ejercicio de escritura sobre mi línea de tiempo, me pidieron pensar en los momentos que habían marcado mi vida. Fue un ejercicio retador, porque te invita a viajar por toda tu historia: desde la infancia, pasando por la adolescencia y hasta la vida adulta. Y en ese viaje, inevitablemente, surgen recuerdos que te hacen sonreír… y otros que te hacen llorar.

A veces creemos que solo los grandes logros definen quiénes somos, pero la verdad es que muchas veces son los vacíos, los quiebres y las pérdidas los que nos empujan a despertar.

El primer momento que marcó mi camino fue a los trece años, cuando mi vida perfecta cambió por completo y recibí mi primer gran golpe: la muerte de mi papá. Ese día todo cambió. Fue la primera vez que sentí el vacío real, el silencio en casa, la tristeza que no se explica con palabras, el primer sentimiento de abandono que experimenté.

Recuerdo que me preguntaba una y otra vez: ¿Por qué a mí? ¿Por qué él?. Las respuestas no llegaron como esperaba, pero con el tiempo entendí que, aunque el dolor era profundo, no era solo mío. Mi familia también sufría. Aprendí que, incluso en medio del dolor, todos cargamos nuestra propia historia.

Con el paso del tiempo, comprendí que no podía cambiar lo ocurrido, pero sí podía decidir qué hacer con ello: que podía quedarme en el dolor o aprender a resignificarlo.

Ese fue mi primer aprendizaje sobre la vida: no controlamos lo que pasa, pero sí lo que decidimos hacer con ello. Con ello, aprendí a agradecer, a recordar con amor y a entender que todo lo que llega —y también lo que se va— tiene un propósito.

Años más tarde, esa fortaleza me impulsó a tomar una de las decisiones más importantes de mi vida: dejar mi país y empezar de cero. Tenía 27 años cuando empaqué mis sueños y me mudé a República Dominicana. Se trataba de un lugar que apenas conocía, pero que me llamaba profundamente y sobre el cual una voz dentro de mí me decía que hacia allí era el siguiente paso.

No fue fácil dejar atrás mi familia, mis amigos, mi vida conocida. Pero el deseo de explorar algo nuevo fue más fuerte que el miedo.

Vivir lejos me enseñó a conocerme en profundidad. A cuidar de mí, a tomar decisiones, a estar sola y a descubrir que la soledad también puede ser un espacio de encuentro. Aprendí que, aunque estés lejos de todo, nunca estás lejos de ti si aprendes a escucharte.

Ya viviendo fuera, recordé cuánto me apasionaba viajar. Mis trabajos me permitieron conocer nuevos lugares y, sin darme cuenta, esos viajes se convirtieron en una de mis mejores escuelas de autoconocimiento.

Cada destino me mostraba una parte de mí: mis miedos, mis certezas, mis decisiones, contradicciones. Hasta que un día sentí la necesidad de hacer un viaje diferente: uno por y para mí. Así nació mi primera gran aventura sola: 45 días por Europa, con una mochila, un cuaderno y muchas ganas de conocer, pero principalmente de encontrarme.

Ese viaje fue mucho más que recorrer países. Fue aprender a orientarme sin mapas, a confiar en mí y a hablarme con amor cada vez que me sentía perdida. Me repetía una frase que hasta hoy me acompaña: Si me pierdo, no tengo otra opción que encontrarme.

En cada ciudad entendía algo nuevo, pero lo más valioso fue descubrir que la brújula más poderosa está dentro de nosotros.

Sin saberlo, estaba conectando con lo que hoy llamo mi GPS interno, esa brújula que nos guía de regreso a nosotros mismos cada vez que dudamos, sentimos miedo o queremos claridad y conectar con nuestro propósito.

Aprendí que cuando te atreves a escucharte, la vida empieza a mostrarte señales claras, personas adecuadas y oportunidades que antes no veías.

Hoy miro hacia atrás y comprendo que cada decisión, cada pérdida, cada mudanza y cada viaje fue parte del mismo recorrido, enseñándome a dejar de buscar afuera lo que siempre estuvo dentro de mí y que todas las decisiones que he tomado han sido parte del viaje de mi vida: un viaje de amor, conexión y sabiduría.

No fue un viaje de kilómetros, sino de consciencia.

Hoy sé que todos tenemos un viaje que nos transforma, ese que nos lleva a mirarnos con honestidad y descubrir quiénes somos en realidad. El mío me enseñó que la brújula que guía nuestras decisiones, sueños y propósito no está afuera… está dentro de nosotros. Lo llamo el GPS de la vida, y aprender a escucharlo cambió por completo mi camino.

Por eso hoy me dedico a acompañar a otros a encontrar y encender el suyo propio, para que en cada paso se acerquen más a una vida más consciente, libre y auténtica.