Hubo un tiempo pretérito en que el llano de Barcelona estaba cubierto de bosque. Un bosque mediterráneo, donde predominaban las encinas (Quercus ilex). Los romanos fundaron la colonia de Barcino, la actual Barcelona, en el 15 a. C. durante la época del emperador Augusto, en una pequeña colina cerca del mar, llamada Monte Taber, en lo que hoy en día es el barrio Gótico de Barcelona.

Barcino fue creciendo, protegida detrás de sus murallas, y los bosquecillos de encinas fueron talados para dar paso a la explotación agraria del llano barcelonés, aunque algunas encinas se mantuvieron en pie. Los romanos dieron paso a los visigodos; estos, a los musulmanes del califato Omeya; después vinieron los francos y la constitución del Condado de Barcelona. En la época medieval, la ciudad de Barcelona fue creciendo dentro de las nuevas murallas, pero siempre manteniendo los campos del llano que la rodeaban, y algunos árboles que los acompañaban de manera puntual, entre los que nunca faltaban las encinas.

Hacia 1800, este paisaje rural era atravesado por un camino ascendente que comunicaba la puerta que salía de las murallas de Barcelona por el noroeste con la villa de Gràcia, en ese momento municipio independiente.

Pero en el siglo XIX Barcelona estaba abarrotada y necesitaba expandirse fuera de las murallas. En 1821 hubo el primer proyecto de urbanización de lo que eran los campos que ocupaban el llano barcelonés. Cuando en 1823 se empieza el derribo de las murallas medievales, el antiguo camino rural que comunicaba con Gràcia se convierte en una gran avenida de 42 metros de ancho, arbolada a lado y lado por plátanos de sombra (Platanus hispanica).

Se estrenan las primeras farolas de gas, y en 1853 se construye una gran zona de ocio, conocida como Campos Elíseos, con cantinas, salas de fiestas, montañas rusas y auditorios. La urbanización del Paseo de Gràcia y de todo el Ensanche acabará de un plumazo con toda la base rural que contempló el llano barcelonés durante más de mil años, con sus campos y sus encinas. Pero no con todas; una gran encina sobrevivirá a la tala y destrucción anteriores. Una encina que, casualmente, estaba en el lugar en que se había proyectado uno de los alcorques alineados de manera matemática del Paseo de Gràcia. Y así, alguien en ese momento decidió no arrancar esta encina para plantar un joven plátano.

Una encina de gran porte, solitaria, rodeada de una hilera de plátanos, que estaba situada delante del número 103 del Paseo de Gràcia (frente a los actuales Palau Robert y estación de metro de Diagonal). En 1906, entre los plátanos alineados del paseo, el arquitecto municipal Pere Falqués (1850-1916) diseñó y construyó los famosos bancos-fanales modernistas del Paseo de Gràcia (falsamente atribuidos a Gaudí). Treinta dos obras únicas, verdaderos monumentos de “trencadís” y forja, que se distribuyen al tresbolillo, uno de ellos al lado de nuestra famosa encina.

La encina de Verdaguer

Los espacios rurales, que habían dado de comer a Barcelona durante siglos, desaparecían a marchas forzadas bajo el asfalto y la construcción de miles de casas para la nueva Barcelona que iniciaba el siglo XX hacia la modernidad, la velocidad, las máquinas y una sociedad plenamente urbana.

En medio de esta fiebre constructora, la encina parecía desubicada, pero mantenía su porte. La encina del Paseo de Gràcia fue observada con curiosidad por el poeta Jacint Verdaguer (1845-1902). Verdaguer procedía del pueblo rural de Folgueroles y a inicios de siglo vivía en Barcelona. Él y la encina padecían el mismo mal, ver cómo su mundo rural sucumbía en pro de la modernidad. Por esa razón, en 1903 Verdaguer le dedicó un bello escrito titulado “A l’alzina del Passeig de Gràcia”. El poema fue publicado por primera vez el 10 de junio de 1903 en el diario La Veu de Catalunya. Empieza de la siguiente forma:

Filla de les muntanyes, qui t’ha plantada ací a la vora d’un passeig i enmig l’eixamplament de la ciutat? Ben segur que ningú. Ets un record de les antigues boscúries que baixaven del Tibidabo, una borla del seu mantell de setí verd que arribava fins prop de la mar.

Hija de las montañas, ¿quién te ha plantado aquí cerca de un paseo y en medio del ensanche de la ciudad? Seguro que nadie. Eres un recuerdo de los antiguos bosques que bajaban del Tibidabo, una borla de su manto de satén verde que llegaba hasta cerca del mar.

(traducción castellana del original en idioma catalán de Verdaguer, de Oscar Farrerons)

En el escrito, Verdaguer interpela a la vieja encina si será capaz de adaptarse a la gran ciudad (¿quizá también se lo está preguntando a sí mismo?).

Com t’avindràs tu a la titànica moda ciutadana? Aquí tots els arbres, inclinant el cap una vegada a l’any al llenyataire, com les ovelles a la tisora del tonedor, es deixen tondre i esporgar dels brots sobrers o no sobrers, per la destral cruel. Aquí no es permet que els arbres tinguen grops o berrugues, ni que prenguen males jeies impròpies d’arbres civilitzats de jardí.

¿Cómo te abendrás tú a la titánica moda ciudadana? Aquí todos los árboles, inclinando la cabeza una vez al año al leñador, como las ovejas en la tijera del esquilador, se dejan podar de los brotes sobrantes o no sobrantes, por el hacha cruel. Aquí no se permite que los árboles tengan verrugas, ni que tomen malas formas impropias de árboles civilizados de jardín.

Verdaguer no tenía mucha confianza en que la vieja encina sobreviviera a la urbanización del entorno. Tampoco que se pudiera adaptar a la vida moderna, como los árboles urbanos por excelencia, bien alineados, creciendo siempre de forma ordenada. Jacint Verdaguer acertó porque, cinco años después de escribir el poema, en 1908, la encina murió.

La nueva encina del Paseo de Gràcia

Pero los barceloneses habían empezado a querer a la encina indómita que había vivido en este lugar durante cientos de años, la misma encina que había cantado Verdaguer en 1903. Fue por ese motivo que, poco tiempo después de la muerte de la encina original, fue plantada en el alcorque vacío una nueva encina. Una joven encina que desde entonces (hace 118 años) vigila la ciudad desde el número 103 de Paseo de Gràcia.

La nueva encina del Paseo de Gràcia vio, en 1910, cómo se construía la Casa Milà (también conocida como la Pedrera), uno de los edificios más icónicos de Gaudí. La encina ha sido testigo de cómo la burguesía barcelonesa edificaba sus grandes mansiones en el Paseo de Gràcia, encargando los diseños a los principales arquitectos de la época, como Puig i Cadafalch, Domènech i Montaner o Sagnier. El Paseo de Gràcia se consolidó como el principal centro residencial burgués de Catalunya, con dos grandes hiladas de plátanos a ambos lados, y con la encina delante del número 103.

Pero también vio los estragos de la Guerra Civil española, las tristezas de la posguerra, momentos en que el Paseo de Gràcia perdió brillantez. Luego vino el “desarrollismo”, y la ciudad se llenó de coches, también el Paseo de Gràcia, y nuestra encina protagonista quedó rodeada de vehículos y contaminación, pero sobrevivió.

Finalmente, a inicios del siglo XXI, el ayuntamiento de Barcelona reurbanizó el Paseo de Gràcia, ganando espacio para los peatones, devolviendo su resplandor y convirtiéndolo en uno de los mejores ejes de paseo y compras del mundo.

La protagonista

En 2012, el Instituto Municipal del Paisaje Urbano de Barcelona decidió, con buen criterio, relanzar y redescubrir la encina del Paseo de Gràcia. Se realizaron obras alrededor del árbol, con sumo cuidado de no afectar sus raíces, para dibujar la sombra de una encina sobre el pavimento, sustituyendo las piezas de loseta Gaudí por unas idénticas, pero de color negro. En el suelo de piedra se cinceló un verso evocador del poema de 1903 de Verdaguer:

Almogàver indòmit, ja sabràs posar-te de filera amb aqueixa tropa de plàtanos, novella, polida, endiumenjada i fatxendera?

Almogávar indómito, ¿ya sabrás ponerte de hilera con esa tropa de plátanos, jovenzuela, pulida, endomingada y chula?

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Fotografía de Oscar Farrerons Vidal. La encina del Paseo de Gràcia.

Conclusión

La encina del Paseo de Gràcia representa una Barcelona antigua que ya no volverá. Es un testigo mudo de la ciudad cambiante. El poeta Jacint Verdaguer supo apreciar en ella esta condición de resistencia, y así lo cantó en su poema “A l’alzina del Passeig de Gràcia”, sorprendentemente actual, que habla de la relación entre la naturaleza y el hombre, de la gran ciudad y del mundo rural que ha quedado engullido por la urbanización y la sociedad de las prisas y las máquinas.

Verdaguer comparaba la encina con un almogávar, soldados de tropa de choque de la antigua Corona Catalano-aragonesa, especialmente conocidos por el brutal y activo papel que desempeñaron en la conquista catalana del Mediterráneo. Una encina almogávar resistente entre los plátanos de sombra. Es positivo que el ayuntamiento de Barcelona realzara, en 2012, esta pequeña historia, con un homenaje a la actual encina, heredera del antiguo árbol que en su día destacó en el llano rural barcelonés.

Cuando hablamos de sostenibilidad ambiental, nos solemos referirnos al equilibrio entre las actividades humanas y los recursos del entorno, y a la implicación de políticas orientadas hacia el desarrollo sostenible. Pero para mí, la sostenibilidad ambiental también es el reconocimiento a los viejos árboles que nos recuerdan nuestra relación con el entorno natural, ya sea este un ámbito boscoso o un antiguo entorno rural, como fue en su día, aunque cueste de imaginar actualmente el llano barcelonés.

Poema íntegro “A l’alzina del Passeig de Gràcia”

Filla de les muntanyes, qui t’ha plantada ací a la vora d’un passeig i enmig l’eixamplament de la ciutat? Ben segur que ningú. Ets un record de les antigues boscúries que baixaven del Tibidabo, una borla del seu mantell de setí verd que arribava fins prop de la mar.

La Providència t’ha deixada enmig de la nova Barcelona per recordar-li que fou un prat, com els empresaires de les vies fèrries deixen un montorull de terra de cada desmont, com a testimoni de la feinada feta que diu als viatgers: “mirau on érem i on som”.

Mes, no t’enyores aquí tota sola? No trobes a faltar les teves germanes que estan lluny d’ací a l’altra banda de Collserola o del Montseny, renyides amb aqueixa civilització que et migra, t’escanyoleix i et deshonra?

No enyores aquelles immenses ramades d’ovelles que davallaven mandrosament de la collada, com una congesta que esquitlladissa rossola i camina envers la plana? Elles cercarien la teva ombra amparadora i el teu patriarcal redós i amb sos bels planyívols et donarien “grans mercès”.

No enyores aquells pastors que semblaven fets de la teva fusta, amb els esclops ferrats als peus, amb la barretina al cap i coberts amb la samarra feta de la pell de bestiar de llana que pastura? Allà tu series la seva amiga i confident; tu els faries de casa, tu series la seva llar. En les llargues i adormidores pluges de l’hivern tu els faries de sopluig; i en els temperis de l’estiu els serviries de parallamps i de cabanya….

Pobra filla de l’afrau, com t’avindràs tu a la titànica moda ciutadana? Aquí tots els arbres, inclinant el cap una vegada a l’any al llenyataire, com les ovelles a la tisora del tonedor, es deixen tondre i esporgar dels brots sobrers o no sobrers, per la destral cruel. Aquí no es permet que els arbres tinguen grops o berrugues, ni que prenguen males jeies impròpies d’arbres civilitzats de jardí.

I tu, bosquerola com ets, sabràs seguir, punt per punt, totes aqueixes molestoses etiquetes? I si les sabesses seguir, ja podria amb la teva embardissada cabellera la podadora, que és la pinta de l’esporgador?

Arbre muntanyenc, ja sabràs formar entre els arbres de viver? Almogàver indòmit, ja sabràs posar-te de filera amb aqueixa tropa de plàtans, novella, polida, endiumenjada i fatxendera?

Tots aqueixos atletes de parada han estat i són encara criats amb biberó; cap d’ells no beu, com tu, la llet i la força de la mamella de la mare terra; i tu et resignaràs a abeurar-te, com ells, amb l’aigua d’una manguera? La manguera que t’hauria de regar a tu és la dels núvols, és la del temporal que trona, udola i llampegueja baixant dels Pirineus.

Quina saba trobaràs tu en aquest passeig empedreït i arenívol? Ton camp és un altre; ton camp és una vessant de muntanya on pugues enfonsar les arrels fins a les entranyes de la terra.

El reguer que hauries de veure als teus peus és un xaragall cobert d’espessa bardissa; els seients que hi hauries de tenir són els marges herbosos; els teus veïns haurien d’ésser els esqueis i les cingleres.

A tu no et convenen pas els aires pestilents de la ciutat: respiraries millor l’aire lliure de l’obaga. Allí te’n farien d’afalacs els tramuntanals de tres dies; te’n dirien de coses les llevantades de vuit dies i vuit nits. Allí la tempesta escabellada et bressaria entre sos negres braços i el rúfol torb et cantaria la non-non com una mare a un noiet de quatre mesos per què s’adormi.

Aquí sempre seràs una forastera, una estranya, un arbre de res, mirat de reüll per tots els partidaris de la simetria i de l’uniformisme. Aqueix costum que tens de guardar les fulles d’un any per l’altre aquí no és seguit per gairebé ningú. Si vols que t’ho diga clar, això fa pobre. Aquí els arbres menys luxosos, fins els més estalviadors, estrenen un vestit de fulla verda i flamanta cada primavera, i ells mateixos faran córrer que tu no tens sinó un trajo per presentar-te al públic.

Això d’ésser jove a cent anys, això de no envellir mai, aquí tampoc no s’estila entre els arbres. Els del Passeig fan com els homes que van amunt i avall a la teva ombra: viuen depressa i corrents, i a vint-i-cinc anys ja són vells i a trenta són decrèpits.

Tu arribes a la vida ara tot just, i quantes vegades els veieres canviar en aqueixa via? Quantes els veuràs canviar encara si et deixen envellir?

Mes, si creixes gaire, si eixamples gaire la teva copa, no et deixaran pas morir de velluria… et faran la corretgeta.

(Jacint Verdaguer, 1903)