Cuando hablé con ella por primera vez, me dijo que tenía dos nombres: Yini Airet. Le pregunté el significado; tal vez fueran diminutivos de otros más comunes. Me respondió que eran sus nombres propios, fruto de la creatividad de sus padres. Pensé que, a pesar de no tener un significado claro que yo conociera, eran menos precisos, aunque resultaban más llamativos, una especie de chispa que pasa fugazmente, pero deja huella.
En días posteriores, volví sobre este asunto y entendí que ambos nombres estaban enlazados y no eran una unión simple de palabras ni sonidos, sino que había otra lectura más profunda donde los nombres parecían dialogar entre sí. Como cuando das una opinión, hay que arriesgarse; me atreví con Yini, mucho más difícil que Airet, también poco usado, pero que, a los pocos minutos, intuí su significado.
Yini tiene una fonética que nos transporta a un ámbito familiar, tal vez una aproximación a cómo pronunciaban en Canadá el nombre de su madre, Virginia. O tal vez una brisa de nombres caribeños. Pero más allá de su etimología, es una vibración que resuena a infancia, a luz mínima, a intimidad que se reserva para dar paso, en este caso, a Airet.
Yini sin Airet sería solo un sonido. Y Airet sin Yini no tendría sentido, porque no sabría a dónde ir. Juntos son aliento, respiración y brisa. Vida, en suma.
Aspiración, inspiración, ciclo de vida, pues la respiración coordina el yoga, ya que sin ella sería una simple gimnasia. La respiración lo transforma y es el eje invisible que lo sostiene.
Origami y yoga forman parte de su transformación personal. Una forma de estar en la vida. En el devenir, mientras unas personas avanzan linealmente, otras se pliegan como un papel, se transforman y se despliegan sin romperse.
Nació en Mérida, Venezuela, y hace trece años que vive entre nosotros. Dice: «Mi llegada a estas tierras representa un regreso, una continuidad». Su abuelo, Lorenzo Miró, tras la Guerra Civil, abandonó Barcelona y ella ha cerrado el círculo.
Estudió arquitectura en Mérida y allí conoció a Diana Garrido, quien la introdujo en el arte de doblar papel para darle formas, sin necesidad de cortar ni pegar: la papiroflexia. Hago aquí una breve aclaración: todas las palabras que han servido para comunicarnos son de agradecer y merecen admiración, pero el idioma es algo vivo que usamos continuamente. Desde hace unos años, muchos de nosotros empleamos una palabra japonesa, breve y que suena muy bien en español: origami. Un grupo de personas que está luchando para que sea aceptada por la RAE. Pido disculpas a los puristas, pero usaré de aquí en adelante origami en lugar de papiroflexia en este escrito y en los que vengan.
Nos dice Yini a este respecto:
Para mí, el origami nunca ha sido solo una técnica manual ni una expresión estética. Siempre ha sido una forma de meditación y relajación. Cuando pliego papel, entro en un estado de presencia muy especial, pues la mente se quieta, los pensamientos intrusivos se apartan y solo queda la atención en las manos, el papel y el instante. Hay algo profundamente sereno en repetir un gesto y dejar que una forma aparezca poco a poco a partir de un pliegue. Ese estado meditativo es, quizás, lo que más me ha unido al origami a lo largo de los años. Dentro de ese mundo, la grulla ocupó un lugar especial, ya que hace diez años, cuando preparaba su matrimonio, decidió, junto a su pareja, hacer mil.
¡Mil grullas! Oigo por fin esta cifra mágica, el senbazuru de una persona de España que las ha hecho. Según una antigua tradición japonesa, si alguien consigue plegar mil, los dioses le concederán un deseo. Yini, en su casamiento, las unió con hilos y las distribuyó en el lugar de la celebración, creando espacios de fiesta y belleza. En aquellos momentos dichosos, obviaba pedir un deseo de buena esperanza o de curación de una grave enfermedad. «Las grullas simbolizaban para mí la unión, el amor compartido y también la libertad de elegir un camino juntos». Hoy, con la perspectiva que ofrece el tiempo, siguen simbolizando la libertad, pero desde otro lugar. El año pasado decidimos separarnos, y aunque ya no caminamos juntos, sigo encontrando en la grulla un símbolo de amor consciente: el de elegir, el bienestar, aunque eso signifique seguir caminos distintos.
En este relato, debo avisar a los lectores que soy casi un amanuense de las palabras tan bien estructuradas y narradas por Yini.
Aquí, necesito recordar una tarde en Hiroshima, en la que me encontraba en el epicentro, donde cayó la bomba. Cuando, de pronto, apareció un pequeño grupo de personas de avanzada edad, que llevaban en las manos varias tiras de grullas de origami, iban acompañadas por personas más jóvenes con cámaras de fotos profesionales. Cada tira tenía mil grullas apiladas y dispuestas para ser depositadas en los lugares habilitados junto al monumento a Sadako Sasaki. Calculo que cada una de esas personas llevaba siete u ocho tiras. No sé cuánto les habría costado reunir tantas grullas.
Siempre he pensado que, en Oriente, el tiempo tiene otra medida, una paciencia que nosotros rara vez cultivamos.
La coincidencia de estar allí fue un regalo inesperado que tuve la suerte de vivir, pese a que el destino me tenía reservadas más sorpresas. Los espacios donde se depositan estas ofrendas están en lugares altos y para ellos era un problema dejarlas, así que, con la osadía que da, a veces, la ignorancia, con señas me ofrecí a ponerlas. Me subí a una escalera y me las fueron pasando, mientras veía que los fotógrafos iban disparando fotos, aunque no terminaba de entender qué hacía yo en todo esto. Llegué a pensar que había «metido la pata», algo que ocurre mucho con los occidentales en Japón. Pero esa sensación se disipó cuando, al bajar, se me acercaron los viejecitos y ellos, que nunca tocan a nadie cuando saludan, me tomaban las manos, me las estrechaban e iban diciendo dōmo arigatō. Yo solo acertaba a inclinar la cabeza.
Al irse, una periodista italiana me dijo que eran hibakusha —sobrevivientes— del holocausto nuclear de Hiroshima.
Días después, pensé para ellos: /dōmo arigatō gozaimasu, kokoro kara*. (Muchas gracias, de corazón.)
Viéndolo todo, estaba la niña que ha popularizado el senbazuru y a la que le he dedicado años de mi vida de estudio y, sobre todo, afecto. Días más tarde dejé unos poemas dedicados a ella en su monumento en el Parque de la Paz. Con mi nostalgia y la esperanza de volver junto al río Ota para vivir otro crepúsculo, tal vez el último, junto a los hibakujumoku, árboles sobrevivientes a la bomba que brotaron de nuevo tras el desastre. O los cerezos o los Ginkgo biloba que plantaron manos amorosas, donde hubo tanto dolor y devastación.
Yini encontró consuelo en el origami y refugio en el yoga, dos formas de ordenar su mundo. Ambos reclaman una forma especial de respirar; se transforman donde impera la paz y modifican desde el interior, pues requieren quietud.
Como modo de reconstrucción, nació en Castelldefels su centro: Yoga One, un espacio que tiene como objetivo brindar accesibilidad al yoga como estilo de vida.
¿Fin del camino? Desde luego que no, pero Yini, como despedida de este escrito, nos dice:
Si hoy miro hacia atrás, siento que las grullas, el origami, la arquitectura y el yoga no son elementos separados, sino partes de un mismo camino.
Un camino de creación, transformación, libertad, raíces y conciencia. Y quizás eso es lo que he ido aprendiendo con los años, que vivir también es plegarse y fluir.
( Yini Airet)
Entonces, frente a esas formas que surgen sin romperse, entendí que la verdadera paz, la de Sadako, la de Yini, la mía propia, no está en lo que permanece, sino en lo que se transforma sin dejar de ser.
Quizá la vida no pida certezas, sino valor para adaptarse… y seguir respirando.















