La degeometría es un neologismo que no niega la geometría, sino que la desplaza, la disuelve y la pone en crisis. No se trata de destruir el orden geométrico, sino de abrirlo a la vida: de permitir que el trazo se desvíe, que el ángulo tiemble, que la regla se olvide y surjan otras formas de organizar el espacio.

En este sentido, la degeometría no es sólo un gesto arquitectónico, sino una forma de pensamiento: una manera de entender el espacio como experiencia, como emoción, como escucha del entorno.

Es la rebelión del compás frente al terreno, del plano cartesiano frente a la colina, del cuadrado frente a la sombra.

Las aldeas medievales de la Sabina: una degeometría encarnada

Las aldeas medievales de la Sabina, en el corazón de Italia central, son ejemplos vivos de esta degeometría. No nacieron del diseño racional, sino del terreno, del agua, del viento, del miedo y del deseo.

Sus formas no responden a un cálculo previo, sino a una historia sedimentada: capas superpuestas de decisiones cotidianas, ajustes, reconstrucciones.

En Toffia, Casperia, Roccantica o Poggio Mirteto, cada calle se curva según el cerro, cada escalón se adapta a una pendiente, cada casa busca calor, defensa o vista.

La arquitectura no domina el paisaje: lo prolonga.

La ciudad no traza, escucha.

Lo construido no impone,acompaña.

Características de una degeometría medieval

Esta degeometría sabina tiene rasgos reconocibles:

  • Asimetría funcional: las casas se amoldan al terreno como piedras en una mano. No hay simetría buscada, sino adecuación vital.

  • Laberintos vivientes: el entramado urbano se organiza más por el instinto colectivo que por diseño. Las calles no siguen reglas, siguen pasos.

  • Topografía como maestra: el terreno no se modifica, se obedece. Los muros siguen la ladera, no la línea recta.

  • Espacios relacionales: las plazas no responden al centro geométrico, sino a una pausa útil: la sombra, el pozo, el encuentro.

  • Narrativa del suelo: cada sendero recoge historias de trueque, miedo, rebaños, regreso. Caminar es leer el territorio.

La plaza irregular: respiración de piedra

Aquí, la plaza no es una figura simétrica ni central. Es una interrupción, una apertura, un claro. Nace donde el terreno lo permite, donde convergen caminos, donde hubo necesidad.

A veces tiene una cisterna, otras una iglesia o un mercado.

Rara vez es plana: convive con pendientes, rampas, escalones.

En Casperia, la plaza parece una pausa del camino.

En Toffia, es una grieta entre casas.

En Fara in Sabina, se despliega como un abanico adaptado a la colina.

Son plazas nacidas no de la abstracción, sino de la vida. Por eso, más que diseños, son respiraciones: el modo en que el espacio se abre para que la comunidad exista.

Una estética de la no-intención

La degeometría sabina no busca belleza, pero la encuentra. No parte de un ideal formal, sino de una práctica ancestral de adaptación.

Es una estética que no quiere serlo, pero que conmueve.

En cada muro torcido, en cada escalón desigual, en cada curva sin eje se lee una historia de vínculo entre el cuerpo y la tierra.

Hay aquí una sabiduría callada: una comprensión del lugar que no se expresa en tratados, sino en piedras vividas.

Como el agua que encuentra su cauce sin forzarlo, así las formas sabinas surgen por necesidad, por intuición, por persistencia.

Una raíz histórica: el urbanismo de la herencia

Estas aldeas no fueron diseñadas de una vez, sino construidas por generaciones.

Se asientan sobre capas: del vicus romano al castrum medieval, del burgo defensivo al pueblo agrícola.

Los monjes benedictinos, los barones, los campesinos, todos dejaron trazos.

Y esos trazos no se borraron, se integraron.

De ahí su complejidad: son palimpsestos donde cada piedra tiene varias edades.

En algunos casos, como en Rocchettine o Rocchette, ni siquiera hay plaza: sólo vacíos irregulares entre ruinas, donde la degeometría se expresa como ausencia, como huella.

Propuesta poética y visual: mirar con otros ojos

La degeometría no solo se vive, sino que también puede mirarse de otro modo: no como caos, sino como caligrafía.

Una posible exposición —visual o curatorial— podría mostrar estas aldeas como paisajes interiores:

  • Mapas dibujados a mano, sin geometría cartesiana, que sigan los pasos más que los ejes.

  • Fotografías de detalles irregulares: muros, puertas, escaleras gastadas por siglos.

  • Instalaciones inmersivas que recreen la experiencia de un vínculo sabino: estrecho, irregular, íntimo.

  • Piezas táctiles o sensoriales que inviten a sentir las pendientes, las texturas, los resguardos.

En tiempos que privilegian la estandarización y la velocidad, esta propuesta recuerda que lo humano puede ser lento, irregular, imperfecto… y profundamente bello.

La Sabina como pensamiento en piedra

La degeometría sabina no es sólo una forma de construir, sino una forma de pensar el mundo.

Nos enseña que el espacio puede ser respuesta, no imposición.

Que el urbanismo puede brotar del vínculo, no del mandato.

Que la belleza puede surgir del error, del pliegue, del borde.

Y que la ciudad —antes que planimetría— puede ser narración, afecto, escucha.

Frente a la rigidez de tantas ciudades trazadas desde arriba con reglas geométricas para afirmar el control, organizar el poder o imponer una visión abstracta del orden, la Sabina ofrece otro paradigma: un habitar que se adapta, que fluye, que respeta la tierra y los cuerpos.

La Sabina medieval es, en este sentido, una metáfora poderosa: no sólo por lo que fue, sino por lo que aún puede enseñarnos.

Frente a la linealidad impuesta, su degeometría es resistencia suave, memoria viva, posibilidad abierta.