Despierto. Respiro y mis pulmones florecen con la paz del hogar. Llueve, pero no hace frío. De todos modos, voy al cuarto contiguo, en donde tengo mi espacio de carpintería, tomo recortes de pallets y enciendo la chimenea. Lentamente asciende el humo como un manojo de almas. Pongo la parrilla y la pava encima, de esta manera el agua caliente siempre estará a mano. El fuego natural le da al agua el sabor del campo, entonces el mate amargo parece cebado entre amigos.

Vivo con mi hijo de cuatro años y medio; duerme. Tiene el sueño de los ángeles o, tal vez, el de las plantas, que a su manera se entrelazan con el universo. Mientras él sueña remansos de vida y colores, yo preparo panqueques con dulce de leche y tomo de la biblioteca un libro; en este caso: “Sherlock Time”, de Héctor Oesterheld y Alberto Breccia.

Ustedes dirán: ¡Ah, es una historieta! Pero yo insistiré en que es mucho más que eso. Es la inmortalidad de un trazo incomparable y de un relato poderoso. En ciertos casos, la diferencia de un libro bien escrito a una historieta es que los escenarios están dibujados y no descriptos. Es decir que muchos libros podrían convertirse en historietas y al revés, sin demasiadas complicaciones. En la edición de Clarín de “Sherlock Time” se aprecia un buen gusto en la presentación. Fontanarrosa antecede a la historia de manera magistral y nos predispone a la aventura.

De modo que estoy sentado a la mesa, un mueble rústico que yo fabriqué durante una tarde gris, con madera de una demolición que hallé tirada. El vapor del café con leche me envuelve, afuera llueve y las gotas repiquetean en las chapas del techo. A un lado el panqueque y al otro el libro ilustrado; o la historieta; o la magia, si gustan. Las llamas crepitan y el pequeño ni se siente, entonces me dejo ir hacia las páginas en blanco y negro.

“Sherlock Time nació” en el 59, en la revista Hora Cero. Tiene dos protagonistas principales: el señor Luna y Sherlock Time, detective de oficio. El primero, bien podría tener 54 años, como yo; aunque parece más grande por su bigote. En tanto que Sherlock, el cara de lata, luce fornido y seguro. No habla mucho, aunque es preciso en sus comentarios. Uno de sus capítulos comienza así:

Sherlock Time no era nunca comunicativo, aunque siempre afable y cortés. Las veces que se “soltaba”, daba la sensación de que lo hacía por complacer. No porque le interesara la comunicación con uno. Una vez, sobre todo, esa manera de hablar “como-quien-le-tira-un-hueso-a-un-perro” me hirió particularmente.

(Oesterheld, con pocas palabras, nos engancha el anzuelo. Es notable su natural brillantez narrativa, digna de estudio.)

Todavía la recuerdo. Es decir, hago mal en decir todavía, porque de sobra sé que no podré olvidarla mientras viva. Comenzó así:

(Aquí la referencia parece citar a un amor imposible, pero el autor sorprende a cada paso)

─¿Sabía usted, amigo Luna, que existen datos concretos sobre una cosmonave que está volando por el espacio desde hace más de tres billones de años?

(Pufff… tremendo. Salió por donde nadie esperaba)

─ ¿Cómo dice? ¡Eso es imposible!
─Mal que le pesa, amigo Luna, esa cosmonave es muy conocida, mucho más enorme…

(Perfecto manejo de la tensión)

...de cuánto los escritores de fantasía científica imaginan a sus cosmonaves. Calcule usted que tiene un diámetro de 12.743 kilómetros y lleva una tripulación de dos mil quinientos millones de personas… ─ ¿Me está tomando el pelo?
─ ¡Eso nunca, señor Luna! Simplemente le estoy hablando de la Tierra.

(Queda claro que Oesterheld era un escritor de destacado oficio, el remate es perfecto y es el trampolín a todo lo que viene después.)

Volviendo al café aromático, al hijo que duerme plácidamente y a la hoguera que seca el ambiente. La lluvia se apaciguó, un poco, y yo pienso acerca de la aventura que es vivir.

Oesteheld fue desaparecido en la dictadura, junto con sus familiares, y solo tenemos su recuerdo. Él es parte fundamental de mi biblioteca, como Cortázar, Sábato y Jorge Luis, Samanta Schweblin, Lovecraft, Haroldo Conti, Clive Barker y muchos otros.

Tener una biblioteca en casa es algo que ya no se estila, quizás porque es práctico descargar un libro de Lectulandia o leer desde Google Play Books. Tal vez porque ya no se lee tanto y en específico, sino que se picotea lectura entremezclada con mil cosas de la vida cotidiana.

Creo firmemente que la experiencia de usuario al leer un libro físico es sumamente enriquecedora. Pasar páginas, concentrados en la lectura, activa la totalidad de nuestro cerebro. Es un viaje que potencia la mente. Cada libro tiene vida en sus hojas, en su aroma y textura, en su cuerpo de celulosa y en el tiempo que nos ha estado esperando, allí, con el lomo llamador al filo del anaquel.

En esta biblioteca, el paraguayo Robin Wood no puede faltar. Tiene la claridad de Jack London y la pluma aventurera de Emilio Salgari. Solo que es una criatura de la historieta y junto a Lucho Olivera (ilustrador) han dado vida a “Gilgamesh, el inmortal”. Y es por Gilgamesh, Savarese y Nippur de Lagash, que mi hijo crecerá con una biblioteca amplia y variopinta, donde conviven libros, enciclopedias e historietas.

De la misma manera que tengo claro el valor de crecer con los libros y lo importante que es leer en físico, pues según la neurociencia la lectura en este formato estimula la plasticidad cerebral y activa múltiples cortezas. La comprensión lectora es mayor, y hay una experiencia multisensorial en el acto de elegir una obra y pasar sus páginas. También tengo claro que las bibliotecas han cambiado de forma y en los próximos años las veremos caminar.

No tengo duda de que pronto un niño será cargado en brazos por un robot humanoide y llevado a su cama. Con una de sus manos lo acariciará a la temperatura justa, mientras que con la otra y en modo vibración estimulará su pecho para que se sienta a gusto.

El robot sonreirá con sus tersas facciones de piel sintética o con la brillante línea azul de su pantalla. Pero si no sonriera, daría igual. Los pequeños estarán tan acostumbrados a su compañía como nosotros a las hornallas de la cocina.

Mientras el niño bosteza, la máquina inteligente narrará algún cuento infantil de la vastedad en nube, con la entonación precisa y la necesaria emotividad. Para un cuento de fantasmas, por ejemplo, usará la voz de Narciso Ibáñez Menta y el ritmo lento y descriptivo de Algernon Blackwood. Tan perfecto será que su madre, de camino al baño, quedará atrapada por la historia.

El niño se dormirá envuelto en sensaciones y feliz.

De la misma manera que dormíamos nosotros, los cincuentones, cuando éramos niños y mamá nos leía un cuento. Parece una ironía, ciertamente. Aunque hay una diferencia, las próximas máquinas no reemplazarán la calidez de una madre biológica; no obstante, combinarán la eficiencia de un millar de perfiles de madres y se volverán “la otra madre” de exactitud matemática.

Días como hoy, medito sobre todo esto. Mi hijo duerme y al despertar disfrutará de todo lo que tenemos, un mundo que sigue siendo elemental y analógico, mientras el futuro se choca a sí mismo en su vértigo.

Es posible que al crecer tome un libro de nuestra biblioteca y lo lleve al colegio, si es que aún exista como lo conocemos. Tal vez lo muestre como una rareza que ocupa el espacio de miles de millones de datos en dispositivos de almacenamiento de este futuro inmediato y será como exhibir un Coliseo o un disco de pasta, ¿quién sabe…?

Mientras tanto, mi pequeño viajero se despereza y comienza su lento despertar. Yo bebo el café y concluyo un capítulo más de Sherlock Time, el del planeta araña. Esta es una relectura de sus aventuras. Afuera ya no llueve y el fuego crepita, en los primeros humos se le fueron sus almas, mas ahora rugen las nuevas.

Hemos crecido con una biblioteca y seguiremos en ese camino, lo confieso. Que el mundo haga lo que quiera.

Me sentía enfermo de sol y desierto. Enfermo de los barquinazos que daba mi carro de batalla, del olor de grasa ardiente que subía de los ejes y del polvo acre y asfixiante que nos envolvía, sin cesar. Deseaba, tan solo, volver a Lagash, sentarme en un fresco pórtico a beber a la salud de Ninkarsag. La Diosa-Madre, para que diera frescura a mis días y trigo a mis graneros.

(Historia de Lagash, por Robin Wood)