La ventana de la sala de estar da a la casa de los vecinos que viven al este. Por esa ventana se ve el patio, el jardín de la casa, y los niños corriendo atrás de la pelota blanca y verde. Uno tiene diez años y el otro cinco. Los dos varones, pelirrojos. El color rojizo de su pelo es el mismo que el de sus pestañas y el de las pecas, que ambos tienen en sus caras.
Me gusta verlos por la ventana. Siempre me gustaron los niños porque ven el mundo de una forma que a veces ni podemos imaginar los más grandes, los adultos. Pienso que cuando nos convertimos en adultos parece que una parte de nosotros se apaga, o quizás simplemente empieza a preocuparse demasiado.
Adultos, grandes, ¿quiénes somos?, ¿qué somos?
Si les preguntara a mis vecinos de cinco y diez años quiénes son “más grandes”, tal vez me respondan que una persona que tiene medio año más que ellos.
Así como disfruto mirar por la ventana —razón por la cual dejo las cortinas abiertas de par a par durante el día y algunas noches— disfruto escuchar la radio. Tengo dos sofás cómodos con una mesa ratona en el medio. La mesa es para mi copa y la botella de vino que, a diario, son mi única compañía.
No es que me guste la soledad. Es que estoy solo.
En una esquina de este cuarto hay un cuadro. Tiene la foto de mis dos grandes amores: María, apoyada sobre el Torino gris. El auto brillaba como si recién hubiera salido de fábrica y ella sonreía, con esa sonrisa tranquila que siempre tenía cuando sabía que yo la estaba mirando.
Cuando María falleció en mis brazos, abrazados en la cama, dejó a un adulto de setenta y dos años, canoso, con la barba recortada, que iba siempre vistiendo trajes, de un metro setenta y cinco centímetros de estatura, de ojos verdes como las hojas del eucalipto, ochenta y dos kilos, y el corazón en la mano, partido.
Partido como una copa de cristal que se cae al suelo y estalla en pedazos.
Cuando María estaba en mi vida me gustaba sonreír, hacer chistes, contar historias. En el tocadiscos siempre estaba puesto el vinilo de Los Beatles. Me gustaba mucho la música y bailar. Moverme al compás de la guitarra y de sus caderas. A veces bailábamos en la cocina mientras se terminaba de calentar la comida, y siempre nos reíamos porque ninguno de los dos sabía realmente bailar bien.
Día a día mi vida se fue apagando. Como una vela que queda prendida y, al derretirse la cera, se va consumiendo, y el hilo —aquello que mantiene la llama encendida— también.
Mi barba comenzó a crecer. ¿Cuánto? Cincuenta centímetros.
Los trajes quedaron guardados en el ropero y las polillas se los fueron comiendo. Las botellas de vino se fueron acumulando debajo de la mesa y a los costados de los sillones.
Hubo noches que cerraba la ventana para llorar. Porque incluso la risa de los niños podía doler cuando uno ya no tiene con quién compartir la propia.
La cirrosis avanzó hasta el punto tal que una mañana me encontraron tirado en el patio de la casa. Estaba boca abajo. Llevaba la misma ropa puesta hacía cinco días. Las hormigas estaban por todo mi cuerpo.
Mis ciento seis kilos estaban descansando encima de la planta de orégano.
Todas las plantas del patio estaban verdes y los árboles florecidos. Faltaban dos días para la primavera. La primavera siempre llega, incluso cuando uno ya no está para verla.
Quería hacerme un sanguche de tomate y queso. Salí al patio a buscar el orégano. Era algo simple, algo que María hacía siempre: cortar un poco de orégano fresco y tirarlo encima del tomate.
Los vecinos recién se mudaban a la casa del lado. El padre salió a buscar la pelota blanca y verde que su hijo mayor había tirado en mi patio, y me encontró.
Dicen que se quedó quieto unos segundos antes de llamar a la ambulancia, como si no terminara de entender lo que estaba viendo.
Después llamó a la ambulancia y a la policía, quienes se encargaron de todo.
Menuda bienvenida para mis vecinos, que aún estaban desempacando las cosas de las cajas y tenían un niño recién nacido.
—¡Salta alto!, que si no la atrapas la pelota caerá al patio de la casa abandonada del lado —le dice el padre, y la arroja.
La pelota cayó en mi patio otra vez.
Parado frente a la ventana los veo correr. Uno tiene cinco, el otro diez, y el mayor acaba de cumplir sus quince años.
Una sonrisa aparece en mi cara. Una lágrima corre por mi mejilla.
A veces me quedo mirando cómo corren detrás de la pelota durante largos minutos. Como si el mismo tiempo que para ellos avanzara rápido, para mí hubiera decidido quedarse quieto.
Todavía me sigo preguntando cómo crecieron tan rápido, si parece que ayer se mudaron.















