Era una noche tormentosa, gélida y atestada de nubes grises. Fujita cumplió con sus trabajos on-line, se restregó los ojos de obediente ashigaru corporativo y cerró la notebook. Luego se acercó al amplio ventanal de su monoambiente para observar los relámpagos que cruzaban el cielo como las venas henchidas de un monstruo apabullante. Desde esa altura, Osaka parecía interminable, un océano de cemento y neón flexible que imploraba la lluvia para aliviarse del agobiante calor.
Mientras se drogaba con los destellos, bebía té con la misma introspección de sus antepasados. En el recogimiento de un ritual que ni el paso de los años ni la evolución tecnológica habían podido derrumbar.
Era un hombre de mediana edad y con su modestia heredada llamaba muy poco la atención. En la templanza de sus horas y abrigado en su soledad, había creado vínculos sofisticados con sus compañeros artificiales. Llevaba una estable vida virtual de espacios reducidos en la intensa realidad japonesa.
Fujita brindaba a su mascota robot Aibo una atención enfermiza, especialmente porque era corta la duración de su batería y la complaciente inteligencia artificial con la que Sony había dotado al perrito era para disfrutar, mientras estuviera a todas luces.
En sus 56 años no se había dado el lujo de tener hijos, aunque él aseguraba que la japonesa promedio le esquivaba y aborrecía. Para decir que estaba lejos de ser un misántropo o un ermitaño moderno, mantenía una relación virtual amigable con una mujer de Nueva Zelanda. Ya hacía dos años que conversaban mirándose en cámara y, en algún momento, se prometieron encontrarse. No obstante, Fujita se sentía muy feliz con su mascota robot, con sus ojitos animados, su perenne alegría y esa patita extendida con la que lo recibía al regreso de las compras. Aibo solía mover su graciosa cola y cuando se lo observaba a cierta distancia, mientras se rascaba su blanquinegra oreja, distaba poco de un perro real. La señora Ishikawa, una anciana educada de los apartamentos superiores, le regaló al perro robot un hueso de plástico que desprendía colores fulgurantes según cómo se moviese, con el que la mascota interactuaba en una danza dorada y púrpura iluminando el pequeño recinto de su apocado amo.
Por sobre todas las cosas, el maduro ejecutivo japonés sentía una atracción particular hacia su muñeca sexual de TPE. Vivía una verdadera devoción a su articulada concubina.
Era una piper doll realista, de tersa blancura y delicados rasgos, con largos cabellos azabache, que había adquirido a través de Alibaba. Tenía una mirada dramática, boca carmesí pequeña y dedos finos y suaves, que él solía posar sobre su mejilla cuando dormían.
Fujita había concebido el más variado guardarropa para ella, sin embargo, su atención era más fetichista que sexual. Por las mañanas solía dedicarle tiempo al cepillado del pelo y a vestirla con lentitud ritual y buen gusto. A veces, las pocas que no trabajaba, concurrían a un bar que aceptaba de buen agrado a señores con sus muñecas de silicona, ya que esa era una tendencia en auge, y cada trago, que siempre se servía por dos, dejaba buena ganancia. Entonces, alcohol y charla mediante, escuchaban música y hasta se atrevían a un baile romántico. Algún que otro caballero, a la pasada, los miraba y asentía con su cabeza en gesto de aprobación. Si la compañera de Fujita tuviese alma, se sentiría muy agraciada. Por cierto, su nombre es Amaya y significa lluvia nocturna.
Estaba encapotada la tarde que Fujita, exultante de emoción, recibió el envío de Alibaba. Hacia la noche, una fina y delicada lluvia, como los insufribles cabellos de una diosa mitológica, cayó por horas. Por ello surgió el nombre para su amada compañera de material elastómero termoplástico.
–¿Qué se siente trabajar entre tantos hombres, en un mundo dominado por los hombres? –Pregunta textual de un periodista, durante el auge en la carrera espacial.
–En realidad es dominado por las computadoras y por la maquinaria. –Responde con una leve sonrisa y tono seguro la ingeniera.
(Fragmento de un reportaje a Poppy Northcutt, ingeniera en la NASA de la misión Apolo)
Entramos en una era donde la interacción de los humanos y la robótica pasa de ser un entretenimiento a ser esencial, donde fuertes lazos laborales y sociales comenzarán a hacerse más presentes en las próximas décadas.
¿Por qué una persona decide relacionarse afectivamente con un muñeco realista o un robot? ¿Acaso enfrentamos una decadencia de las relaciones humanas y la solución es la compañía sintética, que se amoldará a nuestras necesidades sin traernos demasiados problemas? Tanto en lo social, como en lo laboral y hasta en lo sexual, estos movimientos comenzaron a notarse. Humanoides con servomecanismos e inteligencia artificial se han colado en nuestras vidas en un aluvión irresistible.
La sociedad cambia, evoluciona y toma senderos imprevistos, en ocasiones. Un tácito ejemplo son los japoneses, que en algunas conductas parecen haber evolucionado distinto al universo que rodea y aprieta a su isla. Interpretar estas conductas y sus implicaciones ayuda a conocer el mundo en que vivimos y su devenir.
Durante el año 2017, en España, se inauguró el primer prostíbulo de muñecas hiperrealistas de silicona llamado Lumidoll. En aquel momento las voluptuosas sex doll ofrecían sus servicios a ciento veinte euros la hora, con las medidas de higiene correspondientes. Esto trajo repercusiones desde lo legal y laboral.
Conxa Borrel, presidente de la asociación de profesionales del sexo, opinaba así sobre la cuestión: “Las sex doll no van a sustituirnos, cumplen su función como fantasía, pero no amenazan nuestra profesión. Japón nos lleva tres vidas de ventaja a la hora de cumplir fantasías”.
En diciembre del 2019 una noticia sorprendió por su rareza, un matrimonio pendía de un hilo por una actualización de software. Un año atrás, Akihiko Kondo se casaba, previo desembolso de dieciocho mil dólares, con su asistente virtual Hatsune Miku. Este hombre, quien había sido rechazado por las mujeres por su alto consumo de animé, decidió dedicarle su amor y compromiso a un holograma.
Miku es un holograma de largos cabellos blancos azulados y de unos cuarenta centímetros de altura, contenido en un recipiente a modo de frasco. Su modelo de fabricación es GTBX-1, asistente virtual. Puede controlar dispositivos conectados a través de internet, brindar recordatorios y activar alarmas.
¿Quién sabe hasta dónde alcanzaría un ingenio así con las actualizaciones de software, si es que la compañía las dispone? ¿Cuán prósperos se vuelvan los matrimonios de ese tenor?
La realidad nos sacudió un año después con Samantha, la creación del nanotecnólogo Sergei Santos. Una muñeca erótica dotada de inteligencia artificial y armazón articulado que puede comunicarse y hasta decir que no, si es tratada de manera abusiva. Su software en modo ficticio respondía a los estímulos adecuados de los humanos, llegando a “apagarse” si era maltratada.
El robot con la altura y las formas de una mujer exuberante, fabricado en TPE, gracias a su algoritmo inteligente podía relacionarse emocionalmente, desde sentirse aburrida hasta experimentar un orgasmo, gracias a los sensores estratégicamente ubicados en su cuerpo.
Aquello desató una verdadera puja por la compañía que lograse crear la muñeca o el muñeco más inteligente y realista, para complacer la creciente demanda del mercado. En este nuevo comportamiento humano la máquina comienza a cercar a la soledad, las personas interactúan con sus compañeros robóticos con mayor asiduidad. Tanto con los que pueden cumplir una función sexual, como los que no. Las novedades nos sorprenden cada año y no alcanzarían treinta páginas para llegar a describirlas.
En el 2025 aparece Aria, un robot humanoide con inteligencia artificial basada en el modelo de lenguaje ChatGPT 4. La compañía Realbotix la presenta como una solución a la soledad. Aunque la máquina posee un rostro realista y bello y un cuerpo bien dotado, sus creadores insisten en que ha sido creada para la interacción social. Además de ser personalizada a gusto del consumidor, Aria tiene la capacidad de recordar conversaciones e interacciones previas, de esta manera se acerca emocionalmente a su dueño. La versión físicamente más completa de este robot de compañía asciende a los doscientos mil dólares y promete que con el tiempo y la demanda bajará de precio.
Por último, para que se comprenda el impacto de estas tecnologías en nuestras vidas, cabe citar el experimento social realizado por el cineasta Jimmy Mehiel. En una astuta movida de marketing, se le abrió una cuenta en la aplicación de citas Tinder, a la muñeca de inteligencia artificial Harmony.
"Hola, soy una robot sexualmente capaz, anatómicamente correcta, con la IA más avanzada disponible.” Así se presentaba a Harmony y, por increíble que parezca, en solo dos horas recibió noventa y dos solicitudes de cita.
Una de las preguntas es: ¿Esta tendencia que comenzó con fuerza en Japón y avanzó por Europa y el mundo, se volverá tan común que precisará de leyes para regularla? Ante una posible decadencia de los vínculos humanos, quizás hemos decidido sitiar a la soledad con robots.
Amaya, la muñeca de TPE, lucía sensual en ropa interior de encaje bajo la tenue luz de la habitación, con los relámpagos refulgentes que resaltaban sus curvas.
El maduro japonés se acercó a ella con dos copas de whisky escocés, la televisión murmuraba. Habían mirado el capítulo cuatro de la popular serie de terror Folklore, rodada en Tailandia. Luego, la besó en su tersa mejilla sintiendo el delicioso aroma con que él la perfumaba y contempló su belleza sintética. Sus ojos verdes siempre estaban entornados, aunque esa leve lejanía acentuaba aún más su exótica forma.
Finalmente, sabiendo que ella no se sentía animada esa noche, postergó su deseo sexual, la arropó con ternura y durmieron juntos, como la perfecta pareja que eran.















