Si le preguntamos a la inteligencia artificial o a cualquier motor de búsqueda de internet si el ateísmo puede considerarse una religión, encontraremos cosas como estas, de la IA de Google:
El ateísmo no es una religión, sino la ausencia de creencia o la negación de la existencia de deidades. Se fundamenta en la razón, el escepticismo científico y la falta de evidencia empírica para mantener la fe en entes sobrenaturales. Aunque no adoran deidades, algunos ateos basan su cosmovisión en el humanismo, la ética o la ciencia.
Aspectos clave sobre la "postura" atea
Fundamentos: se basa en la evidencia empírica, el escepticismo científico y la negación de dogmas.
No es dogmático: al no tener libros sagrados ni sacerdotes, carece de las estructuras propias de una religión organizada.
Enfoque humano: muchos ateos sustituyen la figura divina por la valoración del ser humano, la moralidad, la compasión y el racionalismo. Diversidad: Existe variedad, desde el ateísmo pasivo (sin creencia) hasta el activo o militante que cuestiona activamente la religión.
Argumentos: suelen basarse en el problema del mal, en la falta de pruebas y el rechazo de conceptos infalsables.
Aunque no es una religión, a veces se discute si el ateísmo militante (nuevos ateos) actúa con convicciones firmes, similares a una postura religiosa en su rechazo a la fe.
El ateísmo está presente en China, Noruega, Japón, República Checa, Francia, Estados Unidos, Australia e Islandia, con porcentajes muy elevados. En España, la suma de no creyentes y ateos es del 27,5%…
Ahora, lo anterior, dicho en términos menos técnicos, se resume en que los ateos niegan la existencia de cualquier deidad o ser sobrenatural, denegando las definiciones específicas de Dios propuestas por las religiones. Se enfocan en la falta de pruebas empíricas de las entidades. No necesariamente niegan un concepto abstracto de "poder supremo", sino la creencia en un dios teísta personal y ordenador.
Rechazo de conceptos religiosos: niegan a los dioses específicos descritos por las religiones, tales como el dios teísta, creador o personal.
Falta de evidencia: muchos ateos se basan en que no se ha probado la existencia de deidades, lo que les lleva a no admitir la verdad o existencia de un Dios.
Ateísmo como ausencia de creencia: en un sentido más amplio, el ateísmo se define como la mera ausencia de creencia en la existencia de cualquier deidad, en lugar de una negación activa.
Foco en el ser humano: al negar la existencia de un ser superior, el ateísmo a menudo se centra en el ser humano y la realidad empírica.
La existencia del "ateísmo puro" es un tema, filosófico y teológicamente, debatido. Se puede definir como la ausencia total de creencia en cualquier deidad o entidad sobrenatural.
Mientras el “ateísmo explícito” niega la existencia de Dios de forma consciente, el ateísmo implícito simplemente carece de dicha creencia sin rechazo previo.
Perspectivas principales
Desde la definición: sí existe como ateísmo implícito o débil (falta de fe) o fuerte/positivo (afirmación de que Dios no existe). Es una postura respecto a la creencia en la deidad, no una ideología con dogmas.
Desde la filosofía y la teología: algunos autores argumentan que el ateísmo puro no existe, sosteniendo que el ser humano busca trascendencia y, al negar a Dios, a menudo se adoran "ídolos" o se confía en otras cosas, convirtiendo el ateísmo en un sistema de creencias o incluso una "religión de sí mismo”.
Ateísmo pragmático: muchos ateos simplemente ignoran la cuestión divina, enfocándose en un mundo material y actuando sin motivación religiosa.
En conclusión, el ateísmo, como postura de no creencia, existe y es común, pero la idea de una falta absoluta de confianza o creencia (ateísmo "puro" en sentido teológico) es cuestionada por quienes ven en todo ser humano una necesidad de buscar sentido o trascendencia.
Esto nos lleva a las sociedades primitivas en donde surge el deseo de religación, de acercamiento hacia aquello que consideraban superior, regente o creador. Normalmente no era solo un dios, sino muchos, que regían, creaban o simplemente asociaban con los fenómenos naturales (como los truenos, las lluvias, los vientos y olas del mar), ciclos vitales (fertilidad, cosecha), astros (sol, luna, estrellas). Et cetera. Todo ello requería un tótem, un objeto físico que sintetizara las cualidades del dios: un tótem para cada dios.
Por ello, desde las sociedades más primitivas, existe la construcción de objetos de madera, barro, cerámica, piedra (et caetera) por lo que, desde una perspectiva sociológica, antropológica y de crítica cultural, tanto la ciencia como el dinero (por ejemplo) pueden llegar a funcionar como tótems en la sociedad moderna. Aunque la definición tradicional de "tótem" se refiere a un objeto natural o animal venerado por una tribu como símbolo protector o de identidad (definición de la RAE), el concepto se ha extendido para analizar cómo las sociedades modernas sacralizan ciertos conceptos.
El dinero como tótem (sacralización del intercambio) conlleva un valor simbólico y de culto: el dinero no es solo un medio de intercambio (su función racional), sino un "símbolo sagrado" en la sociología moral del dinero. La sociedad moderna le otorga una confianza ciega, convirtiéndolo en un fin en sí mismo, en lugar de un simple instrumento, pues conlleva identidad y cohesión. Similar a los tótems tradicionales, el dinero une a los miembros de la sociedad moderna, permitiendo identificar grupos, alianzas y jerarquías sociales. Incluso ha llevado a una creencia automatizada; el valor se atribuye colectivamente, ocultando su construcción social.
La ciencia como tótem (cientificismo) implica una autoridad suprema: cuando la ciencia se convierte en "cientificismo" (la creencia de que la ciencia es la única fuente de la verdad), funciona como un tótem que proporciona certezas, respuestas y protección ante la incertidumbre, similar a un tótem protector. Luego, al igual que las religiones, la ciencia (o más bien, la fe ciega en ella) a menudo se separa de lo profano para volverse un objeto de veneración incuestionable en ciertos contextos, marcando la identidad del "racionalista moderno”. Los expertos y el conocimiento científico actúan como el tótem que organiza la visión del mundo moderno, guiando las políticas y la moral.
Claude Lévi-Strauss argumentó que el mundo moderno es tan "totémico" como las sociedades primitivas. La distinción entre "nosotros" (racionales) y "ellos" (primitivos) en sí misma es una construcción totémica, según la cual adoramos la racionalidad.
Émile Durkheim definió el totemismo como la separación entre lo sagrado y lo profano. Cuando el dinero o la ciencia son sacralizados, se elevan de la rutina al convertirse en símbolos sagrados.
En conclusión, la ciencia y el dinero operan como tótems modernos porque son objetos de fe colectiva, símbolos de identidad social y entidades a las que se les atribuye una "autoridad protectora" para organizar la realidad material y social.
Y ahora, como en la novela La vuelta de tuerca, vamos a darle otra vuelta a la tuerca usando las mismas armas de los ateos. Apenas plantearemos los argumentos, pues desarrollarlos implicaría extenderse más allá de los límites de este corto atisbo.
Comencemos con la ciencia. Se dice que la matemática es el lenguaje de la ciencia, es maravillosa, para la mayoría de los mortales es una fortaleza sin resquicios…, pero para los matemáticos, no tanto. Kurt Gödel planteó lo que se conoce como el Teorema de la incompletitud. Se nos va de las manos, así que solo diremos que habla de que la matemática tiene lagunas, no es absolutamente consistente. Este esbozo nos basta para poner suficientes dudas sobre el dios de la ciencia de los ateos; no es infalible. Se crea y desarrolla de acuerdo al avance del ser humano.
No obstante, el argumento más elegante contra la inexistencia de un Creador lo da uno de los mayores científicos de nuestro tiempo, Roger Penrose, físico y ganador del Nobel, que no adopta una postura teísta tradicional, pero reconoce la posibilidad de una "mente" o inteligencia subyacente que estructura el universo. De hecho, tiene que haberla de acuerdo con la física, señala.
Y ahora regresemos al muy antiguo problema del mal o paradoja de Epicuro:
¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no puede? Entonces no es omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde, entonces, surge el mal? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? Entonces, ¿por qué llamarlo Dios?
Esto, que suena elegantísimo, parte de varias premisas falsas. Primera: separa a Dios del mal, es decir, que hay algo además de Dios y es malo. Esto nos llevaría a ¿quién creó el mal, si no lo creó Dios mismo, pues se ve dominado por él?
Para aclarar más lo planteado por Epicuro, nos valeremos de una versión más popular que se cuenta en los corrillos estudiantiles de la enseñanza media: ¿Puede Dios crear una piedra tan grande que no pueda alzarla? Si la crea, no es todopoderoso, pies no la pudo alzar, si la alza, entonces tampoco, porque no la pudo crear.
La solución radica en que esta paradoja está creada con trampa. En ella, Dios está gobernado por la gravedad, pues debe vencerla para alzar la piedra. Es decir, que, como también creo la gravedad, creó algo superior a sí mismo, que es una imposibilidad. Todo el juego es que tanto aquí como con Epicuro, nos basamos únicamente en el mundo físico, en las limitaciones humanas, y con ellas no podemos crear un Creador. Es absurdo. Y esto le da la razón en una cosa a los ateos: el Creador no puede ser antropomórfico, no puede tener atributos humanos.
El antropomorfismo de la divinidad es problemático en el cristianismo, pues es comparable con un Tótem, por un lado, y por otro con algo que supera las posibilidades de la ciencia: nos referimos a su representante de Dios en la tierra (Jesucristo). El mismo Penrose dice que Jesucristo es imposible desde todo punto de vista físico, por eso para hacerlo posible el cristianismo acude al milagro de que un ser omnipotente embaraza a una mujer y el espíritu se vuelve carne, sea lo que sea que eso signifique. Es decir, que una entidad incorpórea se aparea con una corpórea (o la insemina mágicamente, no lo sabemos), y de esta unión resulta que, en la mitología griega, sería un semidiós…
No queremos criticar al cristianismo, solo mostrar uno de los puntos más críticos de los ateos para no creer. Sin embargo, para el judaísmo, donde el Creador no se puede siquiera nombrar, pues sería nombrar lo inaprehensible, todo tiene que ver con el deseo humano de conocer a su Creador, esforzándose en adquirir sus cualidades. No define qué es el Creador, solo acepta que existe, siguiendo la premisa de que todo lo creado debe tener un Creador. Y del judaísmo, nos llega una sabiduría muy antigua que es la cábala, que habla del Creador completamente de otra forma que la filosofía o la ciencia, que reconoce que no es metodológicamente medible. De Epicuro nos podemos plantear lo siguiente: si aceptamos que sí hay un Creador, ¿qué cosa es el mal o el bien? ¿Qué tiene que ver con el Creador?
La cábala explica la Torá con otras herramientas muy distintas a las habituales del mundo físico: no trata de explicar el holograma que llamamos realidad o universo, sino que enseña a interactuar de la mejor forma con la creación, y de esta forma, con el Creador, siguiendo la premisa de que el Creador y lo creado son una y la misma cosa. En Deuteronomio: no hay nada más, aparte de Él —el Creador—. Muchos científicos, como Stephen William Hawking, colaborador de Penrose, afirman que el famoso Big Bang no es el inicio de todo, el punto de partida de nuestro universo (nuestra realidad), pero que hubo algo antes, aunque no sepamos qué es, aunque hay muchas teorías al respecto. La cábala no se ocupa de explicar el mundo material, de hecho, afirma que el mundo material no es real, sino un holograma, coincidiendo con muchas posturas de la física cuántica.
No nos extenderemos por los motivos de marras, nos centraremos en la relación del ser humano con su deseo de religación, de regresar al Creador. Los sabios de la Torá nos enseñan que el Creador es amor infinito, y al crear el mal, nos da la oportunidad de ser libres, nos da libre albedrío. El mal no es otra cosa que separarse de las cualidades del Creador, no ser como Él. Pero esto nos brinda la oportunidad de elegir ser como Él, que es un gran regalo. Pensemos que todo está bien, perfecto. Estaríamos fusionados al creador como un bebé en el vientre de su madre, pero al separarnos, somos como el bebé que viene al mundo y puede así conocer a su madre y aprender a ser como ella, a replicar su amor de madre. Dicen los cabalistas: es mayor el deseo de la madre de amamantar a su bebé que el del bebé de amamantarse. Es decir, el bebé aún está en una categoría inferior a la madre. Así, enseña la cábala, es la situación del ser humano con el Creador, y esa distancia es inconmensurable.
Muchas veces, a la gente los argumentos explicados de esta manera no le resultan intelectualmente satisfactorios, y esto se debe al ego humano, que pretende saberlo todo, controlarlo todo. Pero basta la ciencia para ver nuestra pequeñez: ni siquiera podemos viajar a la próxima galaxia, que es solo una pequeña parte del universo, pero pretendemos saber la esencia del Creador y controlarlo, analizarlo científicamente. Un niño no está interesado en saber cuánto mide su madre, su grupo sanguíneo, su densidad ósea…, su relación es emocional, quiere sentir a su madre, penetrar en su ser, y lo logra riendo con ella, aprendiendo de ella, amándola… Los aspectos científicos son superficiales en comparación; no dicen cómo realmente es la madre o qué es ser madre.
Asimismo, la cábala persigue eso en relación con el Creador, sin milagros, sin relaciones imposibles para la ciencia.
Hemos traído la cábala a colación para presentar otra perspectiva que nos muestra cuán falaz es decir que no hay un Creador. El mayor problema de los descreídos parece ser no que haya un Creador del todo, para expresarlo en lenguaje humano, sino que sea antropomórfico, y en eso admitimos que tienen toda la razón. En la cábala misma las limitaciones del lenguaje llevan a veces a situaciones extrañas, pero hay que entender de qué se trata adaptando el lenguaje a nuestro tiempo y convenciones sociales.
No sabemos qué es el Creador, pero sí podemos aproximarnos a Él adquiriendo sus atributos, como el amor absoluto. No es que vayamos a llegar, sino que el deseo de llegar nos conectará más con lo que significa la creación, la vida, la existencia. Esa es la “misión” de la cábala: conectar al ser humano con lo más esencial: el Creador. Y las religiones tienen asimismo su lugar, pues, por más que algunas estén llenas de defectos humanos, sirven para estudiar el asunto. Hay muchos caminos, algunos más largos que otros, pero confiemos en que la humanidad llegue a unirse en un solo propósito, el de querer superarse, en vez de dividirse y crear caos y destrucción. Usemos para bien nuestro libre albedrío.















