En 2017, durante una larga conversación en mi casa en Mendoza sobre arte y arte contemporáneo, Facu me mencionó que había estado asistiendo a un taller literario. Era un espacio para despejarse, intercambiar textos y escribir un poco.
En el taller participaba un hombre de unos cuarenta y tantos años, abogado y alguien que escribía por gusto. Hacía semanas que no iba y nadie sabía nada de él. Coincidió que, por esos días, se había lanzado la convocatoria del Premio de Literatura Príncipe de Asturias, un certamen que abarca varias categorías, entre ellas, una de relato corto o algo similar.
La siguiente clase, luego de conocerse a los ganadores del premio, el tema de conversación fue que este hombre, el abogado de unos cuarenta y tantos años, había ganado en la categoría de relato corto.
No recuerdo si Facu me dijo su nombre, pero llamémoslo A, por abogado o por Asturias. A había ganado uno de los concursos literarios más prestigiosos. Alguien que tenía a la escritura como un hobby, que escribía en un taller de literatura en Mendoza por simple diversión, había sido galardonado en la categoría de relato corto. “Es sorprendente –me dijo Facu–, pero cuando leímos el cuento, te juro, Juan, era increíble, maravilloso”.
El relato contaba la historia de un trabajador que, al volver de la fábrica a su hogar, recorría una calle angosta flanqueada por casitas de varios pisos, como en un pueblito europeo.
Cada día, al pasar frente a la misma casa, un niño desde el balcón del segundo piso le apuntaba con los dedos, simulando disparar. El trabajador continuaba caminando sin detenerse, mientras el niño le “disparaba” hasta que doblaba y desaparecía en la esquina. Y así, día tras día.
Un día, el trabajador volvía de la fábrica, como siempre, y vio al niño nuevamente en el balcón, apuntándole como de costumbre. Pero esta vez, decidió unirse al juego: levantó su mano, formó una pistola imaginaria con los dedos y le disparó de vuelta al niño.
En ese momento, el niño cayó bruscamente del balcón, estrellándose contra el empedrado de la calle, quedando inmóvil. El trabajador se quedó paralizado un instante en shock pensando que había ocurrido.
Corrió desesperadamente hacia el niño para socorrerlo. Lo tomó en sus brazos, pero ya era tarde. Pidió ayuda a gritos, mientras intentaba, en vano, mantenerlo con vida.
En medio de la confusión, el trabajador le preguntó al niño: “¿Qué pasó? ¿Cómo pudo suceder esto? ¡Si solo era un juego!”. Y el niño, mirándolo a los ojos, le respondió antes de morir: “Es que yo no tiraba a matar”.
“Guau”, exclamé, “ese relato es hermoso”. Ahora entendía por qué había ganado el Premio Príncipe de Asturias. Era un cuento precioso.
A recibió el premio y nunca más se supo de él. Tiempo después de la premiación, los organizadores del Príncipe de Asturias recibieron un correo que cambiaría todo. El mensaje denunciaba que el relato ganador no era original de A, sino que pertenecía a un escritor anónimo mendocino de principios del siglo XX. ¡Conmoción en el comité organizador! Inmediatamente se inició una investigación. Si resultaba ser un plagio, le quitarían el premio, y posiblemente enfrentaría acciones legales.
Citaron a A para explicarle la situación. Cuando le dijeron que su relato no era original y que había sido acusado de plagio, A los miró a los ojos y respondió: “Nunca he leído ese cuento, no sabía nada de él. Ese relato yo lo soñé". Ante esta afirmación, el comité decidió no retirarle el premio.
De esta pregunta parte la decisión del título: Contemporáneo, Arte. Porque cada vez que conté esta historia lo primero que me preguntaron fue: ¿Es verdad? Un aspecto importante del arte contemporáneo es que no busca La verdad, más bien es la diversidad, pienso, su característica fundamental. El texto, con su título a modo de definición de diccionario, atraviesa varias capas de la contemporaneidad: la autenticidad, las subtramas de una historia, el boca en boca (o sea las interpretaciones y comunicaciones de un “hecho”), por supuesto la verdad, y dos extremos de una práctica artística: por un lado el taller literario como hobby y por otro el prestigioso Premio del Príncipe de Asturias. Por último, la problemática de los concursos como instancia clave y extraña de participación.















