Un tren pasa a toda velocidad. La vida transcurre de manera diferente en este lugar. Las cosas están atestadas en todos los rincones de la casa. Los enchufes son contados, las puertas no existen y las ventanas carecen de cristal. Veo a mi alrededor una cama inmensa que no corresponde a las condiciones del resto de la casa.
Los símbolos de otras patrias están colgados en todas partes. Sería imposible poner una decoración más en las paredes o meter otro objeto en las cajas que se han quedado en la infancia de su dueña. De los lados de la cama cuelgan innumerables sacos, salidas de cama, pantalones, todos en tonos pastel. Una delicada cortina pretende separar el dormitorio del caos exterior.
Hay tantos objetos que asemejan al barroco: gafas por doquier, ropa en muchas cajas, zapatos, mochilas, maletas. Todos los instrumentos necesarios para escapar. Una pequeña bestia negra camina peligrosamente por la cornisa del segundo piso, brama y corretea. No tiene permiso de habitar los otros espacios, pero ejerce su presencia desde la parte superior.
Tras varias horas en un autobús que recorrió llanuras y colinas, llegamos a un pueblo cuyo nombre desconocía. A pesar del frío, emprendimos una larga caminata bajo la lluvia para encontrar un extraño brebaje que no era sopa ni ceviche. Consistía en un caldo picante de maíz con mariscos, una combinación que preferí no probar. Al terminar, tomamos un bus y llegamos a una avenida.
Camino detrás de mis anfitrionas, sin saber dónde estoy. Tras unos pasos en la oscuridad, llego a una dimensión paralela a través de un pasillo estrecho con casas coloridas. Ingreso a la morada detrás de una puerta que parece ser la única del hogar, y que se abre desde el hueco del vidrio en la ventana. La casa del frente podría formar parte de la misma sala por su cercanía.
Avanzo por un único pasillo y me encuentro con el cuarto, la cocina, el patio, el baño. Las divisiones no existen aquí. La piedra de lavar cumple doble función de lavabo de platos, con jabón de ropa y un detergente extraño formado a partir de limones rancios. La toalla de cuerpo ejerce la función de cortina. Cada uno de los elementos cumple una actividad distinta a la esperada. Las goteras ayudan a humedecer la vajilla que luego se tiende en un balde.
No hay más sitio para las cosas, solamente el piso puede fungir el propósito ya que no hay un solo rincón libre de ropa y el viento que ingresa por el marco sin ventana mece cada una de las prendas colgadas. Jamás he visto un lugar como este.
A la mañana siguiente me preparo para recorrer la zona. Me dirijo hacia una laguna para la cual es necesario cruzar una gran avenida por la que no pasan vehículos. Camino mientras paseo a la pequeña bestia que habita en la cornisa. La caminata es breve pero agotadora. Al llegar, diviso una laguna de aguas mágicas y cristalinas con una tonalidad turquesa. Los patos nadan alrededor de ella pero escapan de una sección en la que la tierra hierve desde sus entrañas. El agua forma remolinos que buscan crear una tormenta pero no logran salir del agua.
De regreso a la morada siento el agotamiento de la excursión, no logro mantenerme en pie. Hay algo en este lugar que no encaja. El frío arremete contra mis pies y no tengo más ropa abrigada que usar. Me prestan capas de lana para protegerme de la intemperie y continúo el camino hacia una nueva área.
Tomo el autobús y llego a una ciudad de bruma y neblina. Asciendo a una cúpula para observarla, pero la lluvia me arrasa. Debo protegerme del frío con un poncho de agua para poder recorrer las calles empedradas. Sigo el camino de la neblina y llego a un palacio. En su interior encierra magníficos jardines y una gran jaula con un tigre siberiano que asecha. Nunca había visto uno de tan cerca y la reja no es lo suficientemente alta si decide saltar. Somos dos personas y la naturaleza a una pequeña reja de distancia. El tigre se pasea con una suntuosidad sorprendente, mueve cada una de sus rayas en cadencia. Sus patas son enormes y enseña sus colmillos en un acto de sueño o de destreza. Lo observo atónita por varios segundos, hasta que mi instinto de preservación me dice que me vaya.
Es un sendero infinito que acompaña el cauce del río y lo llena de animales para la contemplación humana. Salgo de ahí y llego un nuevo paraje. No puedo creer lo que estoy viendo. Esas montañas en medio de la neblina me llevan de vuelta a mi infancia y una estatua de un grillo le brinda un tono musical al entorno. Veo las tarimas de cristal que vuelan encima de mi cabeza. El aire fresco llena mis pulmones para darme un respiro de la metrópoli.
Recorro sus senderos y recuerdo las canciones que me cantaba mi mamá. Es un viaje de vuelta a la infancia que profundizaré unas horas después en otro lugar. Este paraje parece estar rodeado de mansiones y castillos, es un misterio cobijado por su halo de neblina. La fortaleza encierra varios museos que cuentan la historia de sus fundadores, así como una colección bizarra de piezas que pertenecerían a un museo de Hollywood o a una mansión abandonada. Sus pasillos inmensos detienen el frío del exterior, pero al salir, volveré a sumergirme en la niebla del lugar.
Así transcurre mi estadía en un pueblo mágico y misterioso.















