Siempre estaciono el auto en el mismo lugar, en ese espacio de pasto entre la vereda y la calle, al frente. Es mi rutina diaria desde hace ocho meses. Para salir del auto, primero saco el pie derecho, luego el izquierdo. Desde afuera, lo único que se ve como fachada es la cerca de madera de un metro ochenta y el gran cerezo. Ese cerezo que, en septiembre, llena de flores la calle también.

A la izquierda de la entrada de los autos hay un pequeño buzón de madera agarrado a la esquina de la cerca de madera por dos tornillos pasantes; el número treinta y cuatro —en color plateado— marca el camino para llegar a la puerta de entrada. A la derecha se encuentra la cerca de nuestra vecina: Elizabeth.

Camino por el sendero y es de noche, aunque sean las seis de la tarde. Es invierno y hace frío. Hago —una vez más— el mismo recorrido que un día caminé con miedo, convencida de que alguien se escondía en el patio trasero para hacerme daño. Recuerdo ese día como si fuese ahora. Sentí el terror en mis venas. Pensé que alguien podría hacerme daño. Recordé, ese día, cuánto odiaba la oscuridad.

Parada en la puerta del cerco que delimita los doscientos metros cuadrados del terreno, mirando en dirección hacia el este, encuentro a la izquierda la casita del árbol bajo el cerezo —en el patio del frente—, y a la derecha la construcción a la que hace un tiempo llamo hogar.

La casita en la que Gigi y Ellie han jugado incontables veces, en la que crecieron, en la que se escondieron cuando también tenían miedo. Donde jugaban a ser mamás, con sus muñecas. Como jugábamos con mi prima María, hace más de veinte años atrás, en la casa de nuestras tías abuelas.

La casa desde la calle no se ve. Sus múltiples techos a dos aguas interconectados parecen sacados de una postal, o de una pintura. El revestimiento de madera está pintado de gris oscuro. Las aberturas, de color marfil. La primera ventana que se ve, la misma que queda opuesta a la casa del árbol, es la de mi habitacion. Da al vestidor. Vestidor en el que cuelga el saco rojo que compré en la primavera de dos mil quince con mi primer sueldo, en la peatonal de Córdoba. El mismo con el que recibí mi título universitario en dos mil dieciocho. El que es de un color rojo que me recuerda a mi abuela paterna.

Cuántas veces jugamos a las cartas con mi abuela. Mientras ella perdía su memoria, y vagamente recordaba a los miembros de la familia —y hasta su propia historia—, mientras yo estremecía por dentro con el más profundo dolor que se siente al saber que una persona que amaste tal vez un día ya no esté, o no te recuerde, ella cerraba con menos diez juntando tres nueves y haciendo una escalera de cuatro cartas con la baraja española.

Camino en la dirección sur y subo tres escalones. La puerta de entrada es de madera oscura. Al lado, un vitral deja pasar la luz. Adentro, a la derecha, está la estantería donde dejamos los zapatos. Cuántos besos y abrazos de bienvenida —y de despedida— se han dado bajo ese umbral.

De frente, está ese cuadro que retrata un atardecer en la playa, y la puerta de la oficina. Cuadro que pinté en largas noches solitarias mientras escuchaba las aventuras de Phileas Fogg y Juan Passpartout. Mientras yo pintaba ellos le daban la vuelta al mundo en ochenta días. A la izquierda de la entrada están las puertas que conducen a los dormitorios. A la derecha, el pasillo que lleva al baño y al sector donde la magia sucede.

Dentro de la oficina descansan en una repisa mis cuadernos, cuadernos repletos de palabras que narran las historias de mi vida. En estas cuatro paredes, muchas veces sentí que necesitaba tranquilidad. Otras, que no era suficiente. Y otras tantas, simplemente escribí para entender mejor mis procesos, escribí para sentir.

Al final del pasillo, las puertas corredizas se abren al comedor. Tiene seis sillas, que más de una vez albergaron a una multitud. En el sector donde la magia ocurre, aunque haya muchas personas distribuidas alrededor de la mesa, hablando al mismo tiempo muchas veces, hablando hasta en diferentes idiomas, se escucha el idioma universal del amor.

Me pongo el delantal rojo que me regaló en el dos mil veintitrés una tía abuela a la cual le gustaba tanto como a mí cocinar. Mientras revuelvo aromas que me teletransportan a mi tierra patria, veo a mis amigos más allá del pasaplatos, sentados en la mesa, hablando sobre anécdotas increíbles de viajes y cagándose de risa. Desconocidos recién conocidos comparten un espacio-tiempo que parece surrealista. Cuánto calor toma el hogar cuando la mesa está puesta y todos sentados. Cuando se comparte la intimidad del ritual sagrado de la nutrición.

En cada rincón, plantas. Al lado de una que cae por la estantería donde están el güiro de Instituto y nuestros equipos de mate, está la pared que da al living.

La mesa ratona, entre el sillón y el televisor, ha sido testigo de las peleas campales más efusivas en los campeonatos de UNO de medianoche —y en espanglish—, de las cuales este barrio tranquilo en Oceanía puede tener registro.

En una esquina del living yace el mueble que, sin lugar a duda, tiene la mayor cantidad de historias para contar: el piano. Me gusta imaginar a la bisabuela de Greg tocando sus teclas en Canadá. Me gusta pensar que fue tocado por generaciones, que las partituras que reposan dentro del taburete pronto podrán volverse melodía. Como tantas personas que han pasado por esta casa, ese instrumento musical de cuerda percutida y teclado tiene muchos kilómetros recorridos.

Si me doy vuelta y abro el gran ventanal, veo el patio de atrás. Patio donde una noche con amigos armamos la mesa, tomamos algo y contamos los mejores recuerdos de nuestras infancias bajo las estrellas.

Llegando al final del recorrido, he de exponer y revelar —en este sencillo acto— lo que más me gusta de esta casa, de este lugar que llamo hogar. Entre la pared en la que está el piano y la monstera que me regaló una gran amiga, cuelga un tendal de hilos con fotos que hablan por sí solas. Pedacitos de historia —esta historia, nuestra historia, su historia— en una imagen que no necesita descripción.