La obra del Chiqui García (1979) puede leerse como una respuesta silenciosa —pero firme— a uno de los dilemas centrales del arte contemporáneo: ¿cómo producir sentido en un mundo acelerado sin recurrir al espectáculo ni a la abstracción vacía? Y en este punto, el artista se inscribe de manera natural en la genealogía de aquellas corrientes que, desde la segunda mitad del siglo XX, devolvieron a la materia un estatuto activo.

Como en el arte povera, aquí la elección de materiales responde a la ética de la economía formal. La cerámica, la madera recuperada, la piedra extraída de contextos mineros son territorios cargados de tiempo y memoria. Sin embargo, a diferencia de los gestos más confrontacionales de esa tradición, la tensión dramática entre naturaleza y sistema cede a una relación de continuidad porque la materia se hace interlocutora.

Su trabajo también dialoga con la idea del arte como experiencia expandida, formulada desde Joseph Beuys hasta desarrollos posteriores del pensamiento relacional, porque la experiencia se produce desde la atención. De esa manera sus obras exigen un tiempo específico. El de la observación lenta, el rodeo y la cercanía corporal. El cuerpo del espectador es convocado como presencia.

Esta dimensión corporal conecta su práctica con esa comprensión fenomenológica del arte cuando el sentido emerge en la relación entre forma, espacio y percepción. El cuerpo humano, aunque raramente representado, está siempre implicado. Las piezas se mueven con el viento, se ensamblan y se desmontan según esa variable activa que es el tiempo.

Frente a la hegemonía de lo digital y lo inmaterial, García insiste en la mano. Richard Sennett escribió que la artesanía es una inteligencia que se construye en la práctica y los cientos de piezas moldeadas por García, una a una con mínimas variaciones, encarnan esa idea. La imperfección no será, entonces, resistencia simbólica sino condición de lo vivo. Como en la naturaleza, donde nada es idéntico y todo pertenece al mismo sistema.

Y aquí será preciso también señalar su relación particular con la belleza. Lejos del impacto inmediato o de la seducción formal, la suya está ligada al equilibrio y al bienestar. Cercana a la tradición platónica, pero reformulada desde una sensibilidad contemporánea que no trata de un ideal abstracto sino de una experiencia concreta que se produce en el encuentro con la obra.

Ya Adorno decía que la verdadera obra no se acomoda al mundo tal como es, que conserva en su forma la posibilidad de otro ritmo. La de García opera precisamente en ese registro: no denuncia, no explica, no acelera. Desde sus orígenes en la mendocina Malargüe hasta Lima, desde Zúrich hasta Madrid, la práctica del artista se despliega sin estridencias manteniendo una rara coherencia en el sistema del arte contemporáneo.

De esta manera, en un campo saturado de discursos, su perfil bajo sigue proponiendo algo más difícil y necesario: una experiencia donde la materia piensa, el tiempo se deja moldear y el arte vuelve a ser aquel lugar habitable.

(Texto por Czar Gutiérrez)