Al transitar de Ciudades invisibles a los paisajes celestes (skyscapes), Marianna Gioka desplaza su investigación desde el ruido estructural de lo urbano hacia un territorio más inestable: el de la percepción interior. No se trata de un cambio de motivo, sino de foco. La ciudad, antes entendida como entramado de fuerzas visibles, se diluye para dar paso a un paisaje mental donde el tiempo, el sonido y el color funcionan como restos de experiencia, como huellas de algo que ya no puede representarse de forma directa.
La obra de Gioka articula una comprensión no lineal del tiempo y el espacio. Sus dibujos abstractos, de raíz arquitectónica, operan como cartografías inestables: líneas que no describen, sino que insinúan trayectos, vibraciones, desplazamientos internos. Sobre ellas, la pintura se construye por capas, superponiendo óleo e intervenciones en tinta china, como si cada gesto dejara un sedimento emocional. Ya sea en formatos íntimos o en composiciones de gran escala, sus superficies densas no buscan una imagen final, sino un estado: un equilibrio precario entre control y deriva, entre forma y disolución.
En Ciudades invisibles, serie inspirada en la novela de Italo Calvino, Gioka abordaba la ciudad como un organismo que oculta más de lo que muestra. Los paisajes urbanos, atravesados por arquitecturas extrañas y casi mágicas, funcionaban como telón de fondo de una actividad humana apenas visible. No era la ciudad lo que interesaba, sino aquello que la habita: los movimientos, los afectos, la ansiedad latente de sus habitantes. Ese interés por lo que permanece oculto se mantiene en su trabajo posterior, aunque ahora el espacio ya no es urbano, sino mental.
Es en este punto donde sus skyscapes adquieren una profundidad particular. Inspirándose en la tradición de la pintura de cielos —desde la observación empírica de Constable hasta la teatralidad romántica de Delacroix—, Gioka entiende el cielo no como paisaje natural, sino como campo simbólico. Un lugar donde la luz, las nubes y el color actúan como metáforas de la actividad cerebral y sensorial. Aquí puede leerse un eco lejano de los fondos de Jean-Honoré Fragonard, donde el paisaje no era un mero acompañamiento de la escena, sino un estado emocional que contaminaba la acción. En Gioka, ese fondo se emancipa definitivamente: ya no sostiene la figura, la sustituye.
Sus cielos no describen fenómenos atmosféricos, sino procesos mentales. Funcionan como espacios de proyección donde se cruzan calma, ansiedad y excitación; donde lo visible se convierte en traducción imperfecta de lo que ocurre en el interior. Las pinceladas expresivas, los flujos de líneas y las gamas cromáticas contenidas pero tensas generan una sensación de magnetismo que anula las coordenadas habituales. El espectador no se enfrenta a un paisaje, sino que entra en él.
La pintura de Marianna Gioka no propone una imagen del mundo, sino una experiencia de la mente. Sus obras operan como topografías sensibles donde tiempo y espacio dejan de ser categorías estables y pasan a comportarse como estados fluctuantes. En ese tránsito, la artista no busca representar el subconsciente, sino hacerlo visible como atmósfera. Una pintura que no ilustra, sino que piensa; que no explica, sino que mantiene abierto el misterio de aquello que nos atraviesa.













![Alán Carrasco, Хронотоп [Cronotopo] (detalle), 2026. Cortesía de ADN Galeria](http://media.meer.com/attachments/0b179a83f92b7677cf097d4dcfffe1c967607800/store/fill/330/330/e49afba1343df40a6500dd7a1c45272d48a22f0a135e4998133a78f0bf3b/Alan-Carrasco-Khronotop-Cronotopo-detalle-2026-Cortesia-de-ADN-Galeria.jpg)


